¿Guayaquil bajo el agua en 2050? Expertos dan sus recetas para salvar a la ciudad del cambio climático y el caos urbano
El colectivo Guayaquil Bicentenario presenta las claves para evitar el colapso ambiental y estructural.
“Probablemente, en 2050 Guayaquil estará bajo el agua... a no ser que”. El título de la ponencia que el ingeniero Jacinto Rivero presentó en Uruguay, en 2010, no era una metáfora. Doce años después y con nuevas evidencias, expuso en Brasil su trabajo “Inundaciones de Guayaquil de cara al cambio climático”.
Uno de sus fundamentos es un informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, publicado en agosto de 2021, que ubica al Puerto Principal entre las ciudades del mundo más expuestas a la elevación del nivel del mar. “A pesar de los esfuerzos, no se ha logrado establecer una clara conciencia de que la ciudad se encuentra en peligro inminente”, advierte Rivero. La relación de Guayaquil con el agua, la que hizo posible su desarrollo como puerto y como astillero, es hoy una amenaza.
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El legado de Pancho Huerta: 43 propuestas para pensar la ciudad del futuro
Esta discusión, junto con otros temas como vivienda, conectividad, movilidad y vulnerabilidad sísmica, comenzó a articularse en 2018. Entonces, el recordado “Pancho” Huerta Montalvo reunió a ingenieros, arquitectos, ambientalistas, educadores y empresarios. La pregunta era sencilla, pero la respuesta muy compleja: ¿qué ciudad se dejará a las próximas generaciones?
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Francisco Huerta murió en 2022 sin ver terminado el libro que impulsó. El colectivo, bautizado Guayaquil Bicentenario, sobrevivió y produjo una obra que para algunos es como su testamento: “Guayaquil frente al futuro. Ciudad Región, 2035-2050”. De aquellas reuniones surgieron 43 propuestas. Juntas plantean una sola interrogante: si la ciudad actual no es sostenible, ¿cómo debería construirse la que viene?
Obras de ingeniería para contener el mar: ¿Un mega dique en el Golfo?
Quizás la propuesta más radical es la del ingeniero José González Ugarte y consiste en ponerle una barrera al mar. Su proyecto de represamiento en Punta de Piedra, 32 kilómetros aguas abajo, plantea contener mediante diques y compuertas cerca de 800 millones de metros cúbicos de agua salada que cada marea empuja hacia la ciudad.
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Él pensó en un dique de 1,8 kilómetros de longitud, 200 compuertas automáticas y una esclusa para el tráfico fluvial. González calcula que una creciente como las que se producen cada 20 años podría atravesar el reservorio sin desbordarlo. Como precedentes menciona los diques holandeses que permitieron recuperar terrenos al mar, la barrera del Támesis en Londres y el sistema de compuertas que opera en Venecia desde 2021.
Reforestación y mareas de cinco metros: El riesgo latente del fenómeno de El Niño
Rivero recuerda que Guayaquil se asienta en una cuenca de 35.000 kilómetros cuadrados y que durante los fenómenos de El Niño puede arrastrar 20 millones de metros cúbicos de sedimentos. A eso se suman futuras mareas de hasta cinco metros en el estero Salado y un nivel del mar que, según previsiones, podría aumentar hasta 70 centímetros a finales de siglo.
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Su plan integral comienza con la reforestación urgente de la cuenca y el confinamiento del islote El Palmar, que continúa creciendo frente a la ciudad. Advierte que si no se actúa ahora, Guayaquil podría enfrentar un desastre similar al provocado por el huracán Katrina en Nueva Orleans, en 2005. Ese fenómeno dejó unos 1.400 muertos y pérdidas comparables con todo el PIB del Ecuador.
El manglar como escudo natural contra las inundaciones
Sin embargo, ninguna obra de contención resolverá por sí sola el problema. Esa es la convicción de Wendy Chávez y Federico Koelle, de la Fundación Cerro Verde, quienes llevan 25 años trabajando con comunidades ancestrales del Golfo de Guayaquil. Ambos sostienen que la ciudad no puede vivir en guerra contra su estuario.
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Reivindican al manglar como la primera línea de defensa natural, pues este absorbe carbono, amortigua el oleaje, retiene sedimentos y sostiene una productividad pesquera que es hasta 25 veces mayor que la de un arrozal.
Desde 2018, Cerro Verde impulsa la declaratoria del golfo como reserva de biosfera de la Unesco. También exige atención para 32 comunidades que todavía carecen de agua potable y recolección regular de basura. Su planteamiento lleva una condición básica: antes de decidir cómo controlar el estuario, las autoridades necesitan conocer qué ocurre dentro de él.
Crecimiento urbano desbordado: “Guayaquil ya no cabe en Guayaquil”
Otro desafío es territorial. El ingeniero Miguel Macías Rivas calculó que Guayaquil necesita incorporar 674 hectáreas cada año para absorber el crecimiento poblacional actual. Buena parte de esa expansión, advierte, avanza sobre suelos cuya consistencia no ha sido suficientemente estudiada. Su diagnóstico es que la ciudad confunde táctica con estrategia: interviene tarde, cuando la invasión ya es un hecho consumado.
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Para los sectores aledaños a la vía Perimetral propone construir edificaciones de varias plantas. Según sus cálculos, 47.000 habitantes que hoy ocupan más de 400 manzanas podrían vivir en 34, con mejores servicios y mayor disponibilidad de espacios públicos.
Macías complementa esa propuesta con la reforestación de maderas duras. Estima que cada 100.000 hectáreas sembradas podrían generar 30.000 empleos directos y reducir, desde su origen, parte de la migración rural hacia Guayaquil.
Y mientras Macías Rivas busca contener y ordenar el crecimiento dentro de la ciudad, el arquitecto Napoleón Ycaza propone administrar una expansión que ya desbordó sus límites. Su tesis es: “Guayaquil ya no cabe en Guayaquil”. Según sus proyecciones, el anillo metropolitano superará los cinco millones de habitantes en 2035, mientras la región ampliada se aproximará a nueve millones en 2050.
Transporte público e hidrovías: Las alternativas para conectar el Gran Guayaquil
Las dos propuestas actúan sobre un mismo problema. Macías plantea cómo aprovechar mejor cada hectárea urbana; Ycaza, cómo ordenar el territorio que ya lo desbordó. Y estas realidades llevan también a hablar de movilidad.
Ottón Lara Pincay, presidente de la Cámara de la Construcción de Guayaquil, cree en la necesidad de un sistema articulado. Su aspiración es contar con “un transporte masivo interconectado que invite a dejar el carro en casa y utilizar el sistema de la ciudad”. A él se suma el arquitecto Héctor Hugo Ullauri, quien habla de movilidad multimodal sostenible. Para alcanzarla, advierte, no basta con definir rutas de buses: se necesita planificar de manera conjunta la infraestructura urbana, el transporte público y los puntos de transferencia.
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Aquí vuelve a aparecer el río. El ingeniero Rafael Espinoza considera indispensable recuperar el transporte fluvial masivo mediante embarcaciones livianas, con capacidad para unos 200 pasajeros, que conecten Guayaquil, Durán, Daule y Samborondón con las islas Santay y Puná. La propuesta no pretende sustituir las carreteras, sino ampliar las alternativas de movilidad. En una ciudad rodeada de agua, el río podría dejar de ser una barrera y recuperar su antigua condición de vía de comunicación.
Edificaciones resilientes y riesgo sísmico: Construir sobre suelos blandos
Pero no basta con decidir hacia dónde crecer o cómo movilizarse. También es necesario preguntarse sobre qué suelos se construye. Ottón Lara denomina “construcción resiliente” a la capacidad de las edificaciones para resistir y recuperarse ante eventos extremos. “Un sismo en sí no es el verdadero problema, sino la vulnerabilidad: qué tan vulnerables son nuestras estructuras. Es contra eso que debemos prepararnos”, afirma.
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La realidad es que Guayaquil combina sectores asentados sobre roca dura con amplias extensiones de suelos blandos. “Los suelos más duros, como la roca, tienen la capacidad de atenuar las ondas sísmicas. En cambio, los suelos blandos pueden amplificarlas. Ese es un problema grave y evidente en Guayaquil”, explica.
Desde 2017 rige la Norma Ecuatoriana de la Construcción, que establece parámetros para el diseño sismorresistente. Sin embargo, “existen numerosas construcciones antiguas, levantadas bajo normas anteriores y con los conocimientos disponibles en esa época”, señala Lara. A ellas se suma una cantidad indeterminada de construcciones informales que no cuentan con estudios técnicos ni controles suficientes. Construir más viviendas sin estudiar el suelo, controlar las estructuras y garantizar servicios adecuados solo trasladaría el riesgo hacia nuevos sectores.
Una visión integral para evitar el colapso
En general, las 43 propuestas abarcan ingeniería, medioambiente, movilidad, vivienda, educación, seguridad y desarrollo social. No coinciden en una obra específica, sino en la necesidad de abandonar la planificación fragmentada.
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Coinciden en que, más allá de otro puente o proyecto aislado, Guayaquil necesita una autoridad capaz de mirar la cuenca y la región metropolitana como un todo, conectar las propuestas y sostenerlas más allá de cada periodo político.