La mayoría de las personas no se quedan donde están porque estén cómodos. Se quedan porque ya aprendieron a sobrevivir ahí, ya conocen el terreno, saben qué esperar, o porque desarrollaron las herramientas para aguantarlo.
Y eso, para el cerebro, es suficiente.
No es felicidad. Es familiaridad.
Y muchas veces, las confundimos.
Hay trabajos que no entusiasman, pero pagan.
Relaciones que no nutren, pero acompañan.
Rutinas que no inspiran, pero funcionan. Y sin darnos cuenta, empezamos a adaptarnos, a ajustar expectativas, a bajar la vara, a negociar con nosotros mismos.
LEA: Sigue a Vistazo en Google News y recibe todas las noticias al instante
“Podría ser peor”
“No está tan mal”
“Al menos tengo esto”
“Así es la vida”
No es resignación abierta. Es algo más sutil. Es normalizar lo que pesa.
La zona de confort se parece más a un sofá viejo que a un lugar cómodo. Ya no sostiene bien. No es especialmente agradable. Pero sabes exactamente en qué rincón sentarte para que no te incomode ni te hundas.
No te sorprende.
No te impulsa.
No te exige.
Te sostiene... lo justo.
Y eso, para muchas personas, es suficiente para quedarse.
No porque estén bien.
Sino porque ya se acostumbraron a no estar mal.
El problema no es quedarse. El problema es no preguntarse por qué. Porque muchas veces no seguimos donde estamos por elección, sino por inercia. Y la inercia, cuando se disfraza de estabilidad, es muy persuasiva.
No duele lo suficiente como para irte.
No entusiasma lo suficiente como para quedarte.
Y en ese punto medio, se nos va el tiempo.
Aquí no se trata de empujar cambios drásticos ni de romantizar el salto al vacío. Se trata de algo más simple y más incómodo: darte cuenta. Darte cuenta de en qué área dices “estoy bien” cuando en realidad estás neutral.
De qué situación toleras hoy que antes te habría incomodado. De qué parte de tu vida se sostiene más por costumbre que por deseo.No para juzgarte: para entenderte.
Desde la psicología, esto tiene explicación. Daniel Kahneman, (Kahneman, D. (2011). Thinking, Fast and Slow), describió el sesgo del statu quo: nuestra tendencia natural a mantener las cosas como están, simplemente porque cambiarlas implica incertidumbre.
Para el cerebro, lo conocido se traduce en seguridad, aunque no sea ideal, aunque no sea satisfactorio, aunque no sea coherente con lo que queremos. El cerebro está diseñado para protegernos, no para realizarnos, y muchas veces, confunde protección con permanencia.
LEA: Así puedes seguir las principales noticias de Vistazo gratis en tu celular
No es falta de valentía.
Es biología.
La zona de confort no siempre es cómoda.
A veces es simplemente conocida.
Predecible.
Manejable.
Y eso la vuelve peligrosa, no por lo que es, sino por lo que deja de ser: un lugar que te expande.
No todo lo que se mantiene en tu vida es porque te hace bien.
Muchas cosas se quedan simplemente porque ya están ahí.
Y a veces, antes de preguntarte qué cambiar, vale la pena preguntarte:
¿En qué rincón te sentaste... y cuándo dejaste de moverte?