Luis Boloña

Ya no le temo al infierno

El infierno me aterró. ¿Cómo podía ser posible ese lugar tan cruel y definitivo? Aquel día, siendo muy niño, comenzó mi travesía para ganarme un pasaje a la plenitud del cielo.

Quizás gracias a mi cara de pánico, también me contaron que, si al final de mis días no llegaba a la calificación que permite la entrada al paraíso, existía una especie de aula temporal para un curso de recuperación llamado purgatorio: un dolor con propósito purificador que te garantiza el posterior acceso a ese lugar de paz.

Recuerdo estar sintiendo cierto alivio cuando alguien comentó acerca de un estado sin plenitud, ni condena. Una especie de suspensión sin horizonte, algo sin identidad y ambiguo, donde no estás dentro, ni tampoco fuera, llamado limbo. El ardor del infierno que instaló el miedo en mi mente, la decepción por una posible prisión temporal a pesar de una vida de esfuerzo, o quizás mi poca experiencia dada mi corta edad, no me permitieron comprender los alcances de ese otro lugar.

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Los años han pasado y sin poder reafirmar o negar estas teorías -pues menos mal que nunca he estado muerto- creo que no hace falta morir para transitar por estos estados. Muy vivo he conocido de cielos, de infiernos, de purgatorios, pero nada, nada, me ha sacudido tanto como transitar aquellos limbos que años atrás no logré entender.

La espera del resultado de un examen médico decisivo, el intento de convencer a alguien que ya decidió no entender, el tiempo que dura el desenlace de un diagnóstico fatídico, el silencio después de una discusión importante, el abrazo y el rechazo de una misma persona a momento seguido, una relación laboral tambaleante, el “tenemos que hablar” que nunca llega, el último día antes de renunciar, la explicación merecida que no te dan, el tiempo antes de un “sí” o un “no” capaz de alterar el destino. Ese lugar entre lo que fue y lo que aún no empieza, entre lo que pudo ser y nunca será, entre lo que es y lo que no, ese lugar llamado limbo me resulta mucho más aterrador que cualquier infierno.

Prefiero lo definitivo del infierno a esa espera que desgasta y es más cruel que un dolor cerrado. Esa espera indefinida es el peor de los castigos, pues es incapaz de comprometerse: es esa esperanza como arma de doble filo que no es la misma con que sin promesa. El limbo es ese lugar de esperanza sin garantía.

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En el infierno no hay esperanza y eso estabiliza. En el limbo, no sabes si asciendes, si caes, o si permaneces, y permanecer sin dirección, dando vueltas y vueltas, y más vueltas sobre un mismo lugar, es una condena a vivir varias muertes.

Quizás por eso también encontramos alivio en el dolor: cuando una larga agonía llega a su fin, al finalmente recibir un “no” que ansiábamos que fuera un “sí”, cuando sabemos que dimos lo posible y a pesar de eso no se logró, cuando finaliza la incertidumbre y acaba el tambaleo, cuando cerramos la puerta, botamos la llave y damos un siguiente paso, hay un suspiro que duele pero reconforta.

He aprendido a tolerar el dolor con sentido, más no a la ambigüedad sin desenlace: necesito dirección más que alivio.

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Hoy, prefiero cerrar la puerta de todo limbo que pueda evitar, y aspiro a tener el coraje para enfrentar aquellos que no dependan de mí.

¿Cómo es posible que exista un lugar peor que el infierno?

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