Luis Boloña

La mudanza

Quedan tres cajas de cartón que guardan parte de lo que fue. Las paredes desnudas, el brillo del piso antes oculto y el espacio solo lleno de aire, me transportan al día en que llegué. Esta casa se convirtió en refugió después de marcharme del lugar que fue mi hogar. Hace seis años llegué con mi ropa y una cafetera, golpeado por un divorcio, pero, sobre todo, por no entender cómo sería dormir bajo un techo diferente al de mis hijos.

Una mudanza es un nuevo comienzo y no sabía cómo empezar. ¿Cómo les explico que papá ya no vivirá en casa? ¿Qué debo hacer para no convertirme en un papá a control remoto? Eran dudas que el caos en mi cabeza no me dejaba resolver.

El día de mi primera visita a la que fue mi casa, empezaron a revelarse las respuestas que no había logrado encontrar. Ya en el carro, listo para despedirme de mis hijos, Santiago, de tres años, apareció cargando su mochila de Paw Patrol y con una sonrisa anunció “me voy contigo, papi”; Luisana, dos años mayor, continuó diciendo “voy a empacar mis cosas, no me dejen” y a mí, aún con el miedo de llevarlos a un lugar lleno de nada, me quedó claro que no podía ni quería ser solo un horario de visita en sus vidas. Llegamos a casa, a esta sala solo ocupada por el reflejo de la luz en el piso.

LEA: La puerta está abierta

Un lugar sin vida que después de unos minutos comenzó a latir: Luisana y yo, al ritmo de “Mi niña bonita”, bailamos recorriendo ese espacio vacío, mientras la música bajaba de tres parlantes empotrados en el techo pero parecía hacerlo desde el cielo, mientras un par de lágrimas lo hacían por mis mejillas. Mis hijos me habían dado la respuesta que necesitaba. Esa fue una de las tantas veces que bailamos en nuestra nueva pista de baile que con el paso de los días se convirtió también en cancha de fútbol, bosque para acampar, escenario artístico y todo lo que la imaginación iba descubriendo.

“Este será su cuarto” les dije al finalizar aquella noche, “ustedes tendrán dos casas y vivirán un día en casa de mamá y otro día en casa de papá”, y mis flamantes nómadas sonrieron aún sin comprender del todo lo que aquello significaba.

A esta casa llegué derrotado y me voy de pie. Llegué vacío y me voy lleno. En seis años la casa cambió y yo cambié. Esta casa se llenó de muebles, cuadros, aromas y libros, yo me llené de comienzos, de descubrimientos y de recuerdos. En esta casa mis hijos conocieron otra forma de ser familia. En esta casa lloré y me levanté. En esta casa fui feliz y volví a creer. En esta casa hice el amor como nunca lo había hecho. En esta casa aprendí más acerca del querer.

LEA: Amor condicional

De esta casa sale una persona diferente a la que llegó. ¿Es coincidencia que me mude de esta casa cuando acaba de terminar ese amor de pareja que también la habitó? Quizás mudarse no sea solo una cuestión logística, sino también de identidad y se vuelve necesario cuando los recuerdos se han apropiado de los rincones.

Estuvimos juntos casi seis años, ella jamás se mudó a esta casa, pero la dejó llena de sí. Parecen seres inertes pero las paredes retumban ecos de sonidos, destilan aromas y sus pilares son la memoria que duele recordar.

El cambio sucede en el momento oportuno para el adiós. Un cuarto ya no bastó para mis nómadas que crecieron, ahora cada uno necesita su espacio. La casa nos quedó pequeña e invadida, es necesario partir. Hoy nos vamos a un nuevo lugar que desde ya huele a familia, pues esta vez no empezamos de cero.

LEA: Hablemos de los sueños

Hemos empacado lo que aún nos pertenece y dejado atrás lo que ya no. Un nuevo inicio nos espera. Los cuartos, la sala, la cocina, el comedor, el estudio, están ya ocupados, solo faltan estas tres cajas de cartón, que siguen acá, guardando parte de lo que fue, y nosotros tres, los que le vamos dar vida a ese nuevo hogar.

Más leídas
 
Lo más reciente