Ella se está viendo al espejo y yo, como quien nada ve, la miro a ella. En sus manos tiene algo parecido a una cartuchera que guarda el peso de lo que esconde. Ella se está viendo al espejo y yo, como quien espera el desenlace de un momento que olvidó que llegaría, no dejo de verla.
Está parada frente a su reflejo, con el pelo húmedo, recién cepillado, y con el aura que te deja haberte duchado después de un día de playa. Pero algo es diferente en ella: por la mañana nos enterramos en la arena y nos perseguimos intentando impactarnos con pequeños proyectiles de playa. La cargué, me pidió que la cargara más, que no la soltara.
Aproveché mientras caminábamos rodeados de agua salada para sentir menos el peso de ese cuerpo crecido que alguna vez se acomodó entero entre mis brazos y para sentir menos el miedo de que pronto ya no quiera estar ahí. Ahora ha salido del baño y parece otra. Viste una blusa negra de mangas largas pegada a su cuerpo, un pantalón gris ancho, muy ancho, y unas crocs de plataformas que le prestan centímetros de más.
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Aunque su mirada sigue siendo dulce, amenaza al espejo con su belleza y con lo que vendrá. Sus manos empiezan a revelar el contrabando que esconde aquella cartuchera cómplice: como el conejo que aparece del sombrero de un mago, un rizador de pestañas aparece en sus manos.
Siento un frenazo en mi cuerpo como si hubiese estado a punto de impactar con algo invisible. ¿Un rizador? ¿Once años son suficientes? ¿Debo detener que aquello aplaste sus pestañas? ¿Le pregunto de dónde sacó eso? “Debe ser de aquel día que estuvo de compras con la mamá” ¿Me deberían haber avisado? Mi pensamiento ralentizado por mis dudas permite que la vida siga su curso. El rizador está ahí, entre el espejo y su rostro, llega a sus pestañas y las aplasta, y mientras las aplasta ella me mira, me mira con el ojo que no estorba y yo miro como quien nada ve. Hace lo mismo con su otra pestaña y mi ingenuidad me lleva a pensar que todo, por fin, ha acabado. “Ya nos tenemos que ir”, me animo a decir.
Pero ella sigue ahí, frente a mí, detrás del espejo, y ahora es un blush lo que posa en sus manos. ¿Polvo? ¿Qué se va a hacer? “Seguro no sabe hacerlo y quedará tan graciosa que se lo quitará”. Con un arte que yo desconocía, ella empieza a pasear por sus mejillas con suavidad. El polvo es tan sutil que se confunde con las huellas de sol y a mí me confunde su belleza. ¿Ya pasó? “Esto fue todo”. “Debo comprenderlo”. “Luisana, nos tenemos que ir”.
Pero no, esto no es todo, ella y yo, desde diferentes lugares, seguimos atrapados en su reflejo y en cómo empieza a construir aquel puente que la llevará de niña a mujer. Ahora está recorriendo sus labios y a su paso queda un brillo adicional. “Con esto termino, papi, pónmelo en las puntas y cepíllame”, me dice mientras me entrega una crema de peinar y yo sigo la consigna como hipnotizado. Está lista, estamos listos, ya nos podemos ir, pero su belleza me deslumbra y me preocupa. “Vamos, papi”. "Déjame verte, le digo” y ella se sonroja, baja su mirada y me abraza.
“Eres hermosa, mi amor”, “Te amo, papi”. ¿En qué momento dejó de caber acostada entre mis brazos? ¿En qué momento sus churos despeinados se transformaron en una melena dorada? ¿En qué momento cambió los marcadores por un suave labial para decorar sus labios? ¿En qué momento sus pasos dejaron de ser inestables y aprendió a caminar en plataformas? ¿En qué momento la inocencia de sus ojos empezó a mezclarse con misterio? El tiempo es un invitado silencioso.