Fue la última orden religiosa en llegar a las tierras ecuatoriales durante la colonia. La orden jesuita fue creada en 1540 por San Ignacio de Loyola, “A la mayor gloria de Dios”, según su lema de fundación. Los primeros jesuitas arribaron a lo que hoy es Quito en 1586; venían del Perú, con una gramática kichwa bajo el brazo. Tendrían que pasar cinco siglos para que la orden jesuita tuviera a uno de los suyos como Papa.
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Fue Francisco, pionero en muchos sentidos: el primer Papa moderno de un país no europeo, el primero de América Latina.
Cuando el argentino Jorge Bergoglio adoptó el nombre de San Francisco de Asís dejó en claro su compromiso con los pobres. Cuando emitió la encíclica Laudato Sí, ratificó su preocupación por el planeta y la crisis climática.
Para muchos, con estas actuaciones, Francisco honraba el legado de su orden religiosa.
Desde los primeros gestos de su pontificado, como viajar en bus con los cardenales, pagar su propia cuenta de hotel y alojarse en la casa de huéspedes del Vaticano, Francisco evitó la pompa y formalidad y adoptó un estilo sencillo y humilde, característico de las órdenes religiosas, cuyos miembros hacen votos de pobreza, castidad y obediencia.
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“Nunca perdió de vista sus raíces jesuitas”. No en vano, los primeros jesuitas llegaron, en pobreza absoluta, con la misión de abrir escuelas.
“Los jesuitas llegaron a estas tierras después de otras órdenes religiosas. Los franciscanos, mercedarios, agustinos y dominicos ya se habían establecido. Solo pasaron 46 años entre la creación de la orden y su llegada a Ecuador, pero a diferencia de otras congregaciones ellos buscaron entender el contexto al cual llegaban y eso empieza por descifrar su gramática”, explica Ricardo Gutiérrez, director de la Biblioteca Ecuatoriana Aurelio Espinosa Pólit.
Casi cinco siglos más tarde, la Compañía de Jesús ha dejado un legado educativo y cultural imborrable en Ecuador.
A 12 kilómetros al norte de Quito, en Cotocollao, una casa centenaria atestigua silenciosamente el aporte de los jesuitas a la historia del país. Acoge al Centro Cultural Biblioteca Ecuatoriana Aurelio Espinosa Pólit, un espacio abierto al público de martes a sábado, de 08h00 a 17h00.
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“La biblioteca es el lugar donde habita la memoria, al ser el espacio que custodia los libros y documentos históricos, eso pone en evidencia la tradición jesuita de permitir a través del conocimiento el contacto con la cultura, la propia forma de identificarse y estar en el mundo. Es un lugar donde la gente puede conocerse a sí misma, esto nos propone la comunidad jesuita desde hace siglos, y esa visión fue actualizada durante el papado de Francisco”, explica Ricardo Gutiérrez.
La historia empieza en 1928, cuando un joven sacerdote, Aurelio Espinosa Pólit, volvía al país con su familia después de casi 30 años de destierro. Su padre, Rafael Aurelio Espinosa, sufrió la persecución del régimen liberal, por lo que la familia dejó Ecuador en 1898.
De los ocho hijos que tuvo la familia Espinosa Pólit, los cinco hombres se consagraron como jesuitas; dos mujeres fueron monjas de clausura y otra fue laica consagrada.
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Según autores, Aurelio Espinosa ingresó a la Compañía de Jesús cuando tenía 17 años, en Granada, España. Su padre, en cambio, “llevó la vida del desterrado, fijos los ojos siempre en la patria lejana, para la que estaba educando a su familia”, escribió más tarde Espinosa Pólit al evocar la historia de su familia. El padre murió en el destierro.
Al volver al país, Aurelio Espinosa Pólit –que tenía por entonces unos 34 años, ya que había nacido en 1894- se propuso fundar una gran biblioteca ecuatoriana. La semilla de este ambicioso proyecto la había sembrado su padre.
“Conservar el alma de la patria”, era su lema. Se propuso reunir la colección más completa de autores ecuatorianos en un espacio del edificio donde desde 1929 funcionaba el colegio San Ignacio de Loyola, en Cotocollao.
El apoyo de su madre le permitió incrementar la colección bibliográfica. Espinosa Pólit, quien había estudiado un año en Cambdrige, tenía pasión por los clásicos y se convirtió en traductor de Dante Alighieri, Shakespare, Sófocles, Horacio y, sobre todo, Virgilio, apunta Pablo Rosero en un artículo especializado. Recién en 2021, dos investigadores descubrieron que Espinosa Pólit había hallado 16 versos inéditos de “La Divina Comedia”.
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Profundizó en la obra de Publio Virgilio Marón, quien vivió antes de Cristo. La producción intelectual del padre Aurelio Espinosa Pólit se apagó en 1961, con su muerte.
Hoy la colección que atesora el Centro Cultural abarca más de medio millón de ejemplares y reúne 27 fondos especiales. Además, la más completa hemeroteca del país; el museo de arte e historia; el archivo cartográfico y el archivo de documentos históricos.
El texto original de la Constitución de 1830, redactado en Riobamba; el manuscrito original con la letra del Himno Nacional se conservan en las salas.
La edificación tiene prácticamente el tamaño del Palacio de Carondelet. Acoge tres áreas: Biblioteca, Museo y Archivo Histórico. Se requiere una jornada completa para recorrer los espacios impregnados de historia.
Un legado innegable de la misión jesuita es la cartografía. Más de ocho mil mapas se atesoran en el centro cultural. Entre ellos, la interpretación de la selva amazónica que el misionero Samuel Fritz, nacido en Bohemia, lo que hoy es República Checa, en 1654. Llegó a Quito como misionero en 1684 y lo primero que hizo fue aprender la lengua nativa, explica un guía a Vistazo. En 1686 fue destinado para trabajar en el Alto Marañón. Convivió con indígenas amazónicos que pidieron protección contra esclavistas portugueses, eso le generó problemas y amenazas de ser detenido y trasladado a prisión en Portugal
Por los conflictos con las colonias portuguesas, la Real Audiencia le pidió un mapa de los ríos amazónicos. Viajó por el Amazonas hacia Belem du Para, y en el curso de esta misión lo detuvieron acusado de ser espía al servicio de la corona española. Los suyos son los primeros mapas que retrataron fielmente la región amazónica. Él murió entre 1725 y 1730. El más famoso fue publicado en Quito en 1707, y en él documento da cuenta de que tuvo el apoyo de otro cartógrafo, Juan de Narváez, también jesuita.
“La cartografía es una de las mayores contribuciones de los jesuitas”, explica el guía, mientras destaca la prolijidad y sus detalles. La réplica se encuentra en uno de los amplios salones del centro cultural.
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Juan Magnin, suizo, había llegado al colegio jesuita en Quito, hacia 1725. Se cree que vino por Cartagena y el río Magdalena, Popayán y Pasto. Esto se deduce de su crónica “La Primera Travesía de Colombia, 1725, por un misionero suizo”.
El plano más antiguo de Quito fue sin duda obra de un jesuita, explica el arquitecto e historiador Andrés Peñaherrera en una publicación especializada.
En ella relata que el documento, una copia de 37 x 27 centímetros, fue recibido por la Sociedad Ecuatoriana de Investigaciones Geográficas e Históricas, en 1991.
El donante, un estudioso suizo, también entregó la copia de un manuscrito firmado por Magnin y titulado “Breve Descripción de la Provincia de Quito y de sus Misiones de Sucumbíos y de Maynas”.
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El plano grafica 420 hectáreas de superficie. ¿Fue su autor el suizo Magnin? Se sabe que el jesuita suizo fue amigo del geodésico francés Carlos María de la Condamine, a quien le habría entregado una copia impresa del plano. El sabio Condamine pidió, en 1752, el ingreso de Magnin a la Academia de Ciencias de París como miembro, según relata Andrés Peñaherrera.
Este investigador advierte que el plano data sin duda de la segunda mitad del siglo XVII, cuando no existían ni el Carmen Bajo, ni la capilla del Rosario en la iglesia de Santo Domingo.
La caligrafía y los números son similares a aquellos que aparecen en los planos del cartógrafo Samuel Fritz, lo que lleva a preguntar si él fue el verdadero autor. En su conclusión, la autoría del plano debe atribuirse a jesuitas.
Esta orden trajo la primera imprenta al país. La Biblioteca Miguel de Cervantes rememora lo complicado de esta empresa: en 1741 el Consejo de Indias autorizó la instalación de la imprenta, pero ésta no llegó sino en 1754, a Guayaquil y a Ambato, donde la esperaba el jesuita José María Maugeri. El operador era también un hermano de la orden.
Entre 1755 y 1759 se hicieron 12 publicaciones, la mayoría de corte religioso. Para este último año la imprenta se trasladó a Quito.
En Quito se imprimió por primera vez la obra del padre Juan Bautista Aguirre. En la segunda mitad del siglo XVIII, esto es en 1767, la orden jesuita fue expulsada. Entre los desterrados se encontraba el padre Juan de Velasco: su controversial obra se encuentra custodiada en esta biblioteca. “Le cuestionaban por haber escrito en el exilio, es imposible que pudiera relatar con tanto detalle sin haber tenido material de consulta”, explica el guía.
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Tras la expulsión de los jesuitas, la riquísima colección que atesoraban pasó a manos de la Biblioteca Nacional. El primer bibliotecario fue Eugenio Espejo. En la colección había varios incunables, como se conoce a los libros impresos antes de 1501. La actual biblioteca nacional Eugenio Espejo custodia estas rarezas.
La orden fue restituida en 1850. En 1852, en el gobierno de José María Urbina fueron nuevamente expulsados de Ecuador.
Las huellas de estos episodios, representadas en cuadros de la época, se conservan en las salas del museo.
Un presidente les permitió regresar al país. Fue García Moreno, a quien el museo dedica un ala especial. Pero eso es materia de otra historia.
El Papa Francisco tuvo un cariño muy especial por la Virgen Dolorosa del Colegio, según explicó el arzobispo de Guayaquil, Luis Cabrera.
Según el arzobispo Cabrera, Francisco llevaba una estampa de la Virgen en su breviario y rezaba diariamente por Ecuador.
Francisco fue nombrado Papa en 2013. En 2015 visitó Ecuador. Luego de una enfermedad él falleció el 21 de abril de 2025. Un día antes se había celebrado la fiesta de la Dolorosa.