Hubo un tiempo en que el emprendimiento de Paula Idrovo horneaba, con suerte, 30 rollos de canela en la cocina de su casa. Algunas semanas no vendía nada. Otras, apenas lo suficiente para cubrir ingredientes. Hubo días en que pensó seriamente en cerrar.
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Pero hoy, a sus 24 años, lidera The Smart Roll, una marca con cinco cafeterías en Guayaquil, Samborondón y Quito, 45 colaboradores y un crecimiento sostenido que la posiciona como uno de los emprendimientos gastronómicos jóvenes más visibles de la ciudad, con productos de alta demanda y rotación.
The Smart Roll creció 700% en ventas, entre 2024 y 2025. El año pasado vendieron más de USD 1 millón y este año apuntan a crecer incluso con más cafeterías.
La idea surgió cuando Paula tenía 18 años, en su casa, como uno de los pasatiempos que empezaron durante la pandemia. La joven recién había salido del colegio y no contaba con un plan de negocios ni estrategia de mercado, tampoco experiencia en panadería.
“Nunca había hecho pan antes, pero los rolls salieron muy bien. Nadie entendía cómo había salido tan rico. En textura y sabor era muy bueno, aunque la presentación era horrible”, confiesa la emprendedora entre risas.
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Como dice el dicho: “La práctica hace al maestro” y al lograr un rollo de canela exquisito, llegó el punto de inflexión. “Mi familia me dijo: ¿Por qué no los vendes?”. Así empezó un proyecto que en sus primeros meses comercializó exclusivamente a conocidos, con entregas gestionadas vía WhatsApp y producción completamente artesanal.
Pero la pandemia dejó a sus padres sin empleo y por ese contexto convirtió el emprendimiento en una iniciativa familiar. “Mi mamá empezó a ayudarme. Ella ha estado conmigo desde el principio”, dice Paula, quien añade que hoy, su padre maneja el área financiera del negocio.
Durante los primeros años el crecimiento fue irregular. De hecho, hubo un episodio particularmente duro a inicios de 2023. Tras un reportaje televisivo que impulsó la demanda, recibieron un pedido de 90 roscas de Reyes que terminó en estafa.
“Trabajamos dos noches seguidas con mi mamá para cumplir. Lo logramos, pero al final resultaron ser estafadores. Nunca me pagaron. Fue durísimo, porque invertí todo lo que tenía”. El golpe fue tal que pensó en abandonar el proyecto, por primera vez.
La decisión de persistir llegó cuando se abrió la plaza Sports Garden, en Guayaquil. No obtuvieron un local tradicional, sino una isla de 10 m² debajo de una escalera. “Era eso o nada. Lo vi como una señal y me lancé”.
La inversión ascendió a aproximadamente USD 20.000, financiado con ahorros de su mamá y un préstamo bancario. Sin embargo, el flujo seguía siendo inestable. “Vendíamos poco. En un buen día, 50 rolls. Había días de cero ventas. Era mi mamá y yo, las dos contra el mundo”. En aquella ocasión volvió a surgir el deseo de cerrar, esta vez definitivo.
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Pero luego llegó el verdadero despegue. Un video espontáneo en redes sociales cambió el curso del negocio. El contenido superó las 100.000 visualizaciones en 24 horas. Ese fin de semana facturaron cerca de USD 300 en un solo día, el equivalente a dos semanas de ventas previas.
A partir de ese momento, la estrategia dejó de ser intuitiva y se volvió constante. La marca empezó a crear más contenido, más historias y por ende logró tener una mayor comunidad. Como resultado, necesitaron contratar más personal y abrir nuevos puntos, inclusive fuera de Guayaquil.
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