A una hora del noroccidente de Quito queda Yunguilla. Esta comunidad campesina, que podría pasar desapercibida a los ojos de quienes van por la carretera a Mindo, es un paraíso de conservación y turismo sostenible escondido en la parroquia Calacalí.
Sus tierras albergan un ecosistema de bosque nublado único, porque están en medio de la Reserva Geobotánica Pululahua (el primer parque nacional creado en Ecuador), y el Bosque Protector de la Cuenca Alta del Río Guayllabamba. Es decir, que están rodeados de grandes montañas, valles con extensa vegetación y con clima frío todo el año.
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Y es que al estar a más de 2.000 metros sobre el nivel del mar hace que sus habitantes aprecien el sol mucho más que cualquier otra persona, porque aparece muy poco tiempo durante el día.
Su ubicación privilegiada hace que sea un lugar rico para producir frutas, tubérculos, hortalizas y vegetales como el maíz, la zanahoria blanca o la beterava. Además, forma parte del Corredor Ecológico del Oso de Anteojos (Tremarctos ornatus) que está en peligro de extinción, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.
Pero el encanto de Yunguilla va más allá de sus características ecológicas: su atractivo descansa en su estilo de vida que promueve la igualdad de género, la preservación del ambiente, el crecimiento económico y la solidaridad comunitaria.
De hecho, estos valores lo posicionaron como uno de los ganadores del premio “ToDo Award” de 2024 en Alemania, que reconoce a los proyectos de turismo que involucran a las poblaciones locales y son socialmente responsables. Y, en este 2026, fue reconocido en los Dutch Travel Blog Awards como uno de los mejores destinos de viajes sostenibles.
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En este Día Mundial de la Tierra, Vistazo conmemora este paraíso turístico que transformó su economía y desde hace más de 20 años vive en armonía con la naturaleza.
Era 1973 y en Ecuador se aprobó la Reforma Agraria que se venía debatiendo desde hace algunos años. Esta serie de medidas buscaba modificarla estructura de la propiedad y la producción de los terrenos.
Yunguilla no fue ajeno a ese cambio. “Ayudó a que los campesinos tuviéramos acceso a la tierra”, cuenta Germán Collaguazo, coordinador Técnico de Proyectos de la Corporación Yunguilla.
Con esas nuevas ordenanzas empezó la destrucción. La comunidad se dedicaba a la agricultura y ganadería, pero con el acceso a las tierras que otorgó esta nueva reforma, empezaron a extraer los recursos del bosque para producir carbón.
Los registros muestran que en Yunguilla se taló entre 100 y 200 hectáreas cada año, por más de una década. Hoy, su territorio tiene cerca de 5.000 hectáreas y por la explotación del pasado, perdieron más del 50 por ciento del bosque.
Un año clave para el cambio fue 1995. Dieciocho hombres (incluido el papá de Germán) fueron catalogados como “locos”, porque iniciaron -con el apoyo del gobierno suizo y la Fundación Maquipucuna- un proyecto agroforestal para el manejo de los recursos naturales.
No fue fácil. La comunidad no entendía por qué las mismas personas que talaban el bosque querían sembrar árboles para reforestar. Luego vino un reto mucho más grande: parar con la explotación forestal implicaba dejar de ganar dinero, así que necesitaban una alternativa económica.
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En aquella época, las mujeres se limitaban a las labores del hogar: cocina, cuidado de los niños y limpieza. Quienes estaban al frente de la reforestación y se capacitaban, eran los hombres.
Pero en 1996, las mujeres de Yunguilla se cansaron de estos roles. Ese año se organizaron y aprendieron a hacer mermeladas en base a frutas locales que cosechaban como la mora, frutilla, chigualcán y uvilla. La elaboración de estas mermeladas fue el inicio del empoderamiento femenino que cambió por completo la participación de las mujeres hasta la actualidad.
A finales de los años 90, en Ecuador inició una crisis política y económica que estuvo marcada por el proceso de dolarización. Los indicadores de pobreza y desempleo eran muy altos y cerca de un millón de personas abandonaron el país entre 1998 y 2003, según datos de Naciones Unidas.
Yunguilla no fue la excepción. Una gran cantidad de jóvenes migraron a las grandes ciudades en busca de mejores oportunidades, porque creían que la única alternativa al graduarse de bachiller era la herencia del hacha y del machete. Es decir, talar los bosques para producir madera y carbón.
Los jóvenes que sobraron de esta ola migratoria querían un futuro diferente y continuar con el cambio que empezaron sus padres, así que emprendieron un proyecto de ecoturismo.
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En 1998, adecuaron las casas para dar servicios de alojamiento y alimentación. Hasta el día de hoy, Yunguilla no tiene ni hoteles, ni hostales. Si alguien desea quedarse, vivirá toda la experiencia completa de convivencia.
"Nunca nos vamos a olvidar de los primeros turistas que vinieron, porque eran de otros continentes y se quedaron maravillados con nuestra naturaleza. Eso nos ayudó a revalorizar lo nuestro”, cuentan en los recorridos turísticos que actualmente realizan.
Mientras los hombres se enfocaban en potenciar el turismo y recuperar la cobertura forestal, las mujeres aprendían sobre agricultura y huertos orgánicos. Poco después, sus conocimientos fueron claves porque en el año 2000 dejaron de recibir ayuda internacional y se creó la Corporación Microempresarial Yunguilla.
Las mujeres alquilaron una casa para continuar con la producción de mermeladas y luego adquirieron la finca comunitaria, que hoy es el corazón de la comunidad. Con sus propios fondos construyeron una pequeña fábrica para expandir sus operaciones y capitalizaron mucho más que los hombres.
Esto no es algo menor. Pichincha es la quinta provincia con más casos de femicidios por la creciente violencia contra la mujer, según datos del 2025 recabados por CEPAM.
Incluso, según la propia comunidad, el porcentaje más alto de estos sucesos ocurre en la Reserva de Biósfera del Chocó Andino donde justamente se encuentra Yunguilla y otras comunidades indígenas y campesinas.
Las mermeladas no fueron los únicos productos que diversificaron los ingresos de la comunidad. Yunguilla también cuenta con una fábrica de lácteos.
Ellos producen dos tipos de queso (fresco y prensado) y yogur de mora, frutilla, uvilla y chigualcán. ¿Por qué son importantes estas fábricas? Funcionan como plazas de empleo, porque solo reciben productos y pueden trabajar personas de la comunidad.
Las frutas para las mermeladas y los yogures, por ejemplo, son comprados a distintas familias locales que tienen sus propios huertos orgánicos.
La leche, en cambio, es otorgada por las personas que se dedican a la ganadería y salen a ordeñar a las vacas. El queso es el único producto que se distribuye afuera, en Quito.
“Cuando la gente migró en la dolarización, todos se fueron por la rama de la panadería. Ellos son nuestros únicos proveedores en la ciudad y les dejamos queso para venta al público, como materia prima para sus panes”, comenta una de las trabajadoras de la fábrica a un grupo de visitantes.
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Es decir, que si alguien quiere yogur, mermelada o incluso otros productos locales como artesanías y snacks debe visitar la tiendita comunitaria.
En Yunguilla solo tienen un punto de venta abastecido con todo lo necesario, porque no era rentable tener varios quioscos en un pueblo tan pequeñito, y las ganancias son divididas entre los administradores.
Generar recursos económicos no es la única preocupación. La ganadería, por ejemplo, también representa un desafío ambiental. Por eso, realizaron un estudio para determinar cuántas vacas puede soportarla tierra sin degradarse e implementaron técnicas de silvopastoreo. ¿Qué es? El terreno se divide en cuadrantes con ayuda de árboles frutales y nativos. Y, el ganado va rotando cada 15 días para permitir que el pasto se regenere.
Esa no es la única labor ambiental. Los habitantes siguieron con el plan inicial de restauración ecológica asistida con especies nativas y como dejaron de talar, el bosque se recuperó solo. Además, crearon un área técnica de proyectos para conseguir apoyo y recursos para programas puntuales.
Gracias a esta gestión, en 2013 los declararon como una reserva comunitaria con el nombre de “Área de Conservación y Uso Sustentable Yunguilla”.
A pesar de este reconocimiento, ninguna persona de la comunidad recibe una compensación económica ni están en el programa del Ministerio del Ambiente que entrega incentivos económicos a quienes se comprometen con la protección del bosque.
Pero su legado no está exento de amenazas. Las tierras de Yunguilla esconden metales preciosos como el oro y aunque en 2023, el “sí” ganó en la consulta popular para prohibir la minería artesanal de pequeña, mediana y a gran escala en el Chocó Andino; las actividades continúan en poblaciones cercanas. Aunque en la comunidad no se realizan extracciones, permanecen alertas.
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Alcanzar la sostenibilidad no es fácil, pero el trabajo de Yunguilla muestra que no es imposible. Con la ganadería erradicaron la pobreza, con las fábricas de producción aseguraron la prosperidad para todos (especialmente de las mujeres) y al paralizar la explotación se convirtieron en los guardianes del bosque nublado.