¿Quién lleva el timón del internet? Necesitamos un nuevo horizonte digital

Gabriel Brito

En los últimos años hemos sido testigos de las victorias más significativas de la sociedad contra las Big Tech. Lo que empezó como sanciones por violar acuerdos de competencia justa y monopolios se ha convertido en intentos más concretos por mitigar los efectos nocivos que los algoritmos están generando a nivel personal y social.

Lea también: El acuerdo de Meta presiona a YouTube y TikTok para reforzar la protección de los menores de edad

La semana pasada, las cortes de Estados Unidos volvieron a ser el epicentro de la lucha que vienen liderando gobiernos y organismos de control contra Meta. El juicio ya había comenzado en una corte federal de Oakland, California. Una coalición de fiscales generales acusaba al gigante tecnológico de diseñar Facebook e Instagram para fomentar el uso compulsivo entre menores de edad. Cuatro días después del inicio, Meta puso fin al juicio mediante un acuerdo aprobado por la jueza: pagará hasta USD 18.000 millones durante la próxima década y deberá modificar, en cuestión de meses, algunos de los componentes de diseño considerados más dañinos. Pese a esto la empresa no admitió responsabilidad por la crisis de salud mental que experimenta la juventud alrededor del mundo.

Sumado a los juicios que se vienen ganando en Estados Unidos y a los avances regulatorios en Europa, este acuerdo ya no parece un precedente aislado, sino parte de una tendencia. La resistencia de las plataformas sociales se debilita conforme se acumula evidencia sobre los daños que sus sistemas pueden producir en los usuarios.

Parecería ser que la sociedad está despertando del trance—mediado por memes y bailes virales—en el que ha vivido durante ya más de dos décadas, cuando Mark Zuckerberg, Jack Dorsey y otros prodigios de la informática comenzaron a convertir el internet en un ecosistema social donde cualquier usuario con un dispositivo e internet podía acceder a un nuevo mundo. Inicialmente las redes sociales se concibieron como un edén; un paraíso supraterrenal sin límites, donde las barreras físicas que nos han atado desde que ganamos consciencia dejarían de existir.

Lea también: El territorio digital: Un punto ciego en la legislación ecuatoriana

Bajo esta promesa, el ecosistema digital terminó por convertirse en una nueva dimensión de la experiencia humana hasta el punto que, en el presente, la mayor parte de los habitantes del planeta tienen una vida digital. De acuerdo al último estudio de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) el 74% de la población mundial se conecta a internet con frecuencia—cifra que ha venido creciendo dramáticamente desde el lanzamiento de la World Wide Web en 1991. Parecería que todos estamos en el mismo bote pero no sabemos dónde nos están llevando aquellos que están a cargo del timón.

Esto hace que los gobiernos se vean en la obligación de velar por el bienestar de sus ciudadanos en estos espacios, que aunque intangibles, son tan reales como sus efectos en la sociedad. Adicciones, un declive en la salud mental global, polarización, violaciones a la privacidad son tan solo un puñado de los estragos que nos ha traído la resaca del frenesí informático que ha vivido esta generación.

La promesa utópica de Sillicon Valley se convirtió en una distopía que ha dado innumerables ideas para la creación de películas de terror e interminables temporadas de Black Mirror. Los héroes informáticos son ahora enemigos públicos que, paradójicamente, han llevado el timón del progreso tecnológico sin mayor resistencia.

En la década de los sesenta, el filósofo Marshall McLuhan ya había predicho un escenario donde la prevalencia de los medios de comunicación masivos, y su capacidad de absorbernos cada vez más, daría lugar a una realidad donde los cambios sociales sería cada vez más frecuentes, caóticos e impredecibles. A este nuevo mundo lo llamó la ‘aldea global’ que, aunque suene como un escenario prometedor, es en realidad un presagio de tiempos difíciles. Una realidad para la cuál nuestra estructura social ni composición cerebral estaban preparadas.

Lea también: Del crimen organizado al crimen optimizado: Cómo estas organizaciones están usando la IA para acrecentar su dominio

El resultado es claro: vivimos en una era donde el tiempo que ocupamos absorbiendo píxeles a través de pantallas es más alto del que nos gustaría admitir. El usuario no tiene la capacidad de llevar el timón de su propio uso de la tecnología. Los algoritmos hiper personalizados doblegan con facilidad la fuerza de voluntad del ciudadano común. Es aquí donde la intervención de los Estados es vital para mantener a sus habitantes seguros mientras navegan la web.

Para que el cambio sea posible necesitamos aprovechar el momento histórico y prepararnos para responsabilizar a las plataformas por el daño que también están causando en la ciudadanía ecuatoriana. Esto no será sencillo. Para tener éxito debemos fomentar instituciones que generen investigación rigurosa que arroje datos precisos y contundentes para pelear en la corte con fundamentos contundentes donde el poder de cabildeo de las Big Tech no tenga lugar.

Es imperativa una legislación clara, coherente y libre de contradicciones o vacíos legales que puedan entorpecer los procesos o volver imposible exigir el cumplimiento de futuros acuerdos. También necesitamos organismos del Estado con la capacidad técnica y política para sentarse con las plataformas y generar soluciones para un problema que es tan humano como técnico.