Rudy Cordero: La artista de Guayaquil que transforma chatarra en esculturas únicas
Lo que muchos consideran basura o chatarra, ella lo convierte en obras de arte con historia. Descubre su proceso creativo y cómo transforma tuercas, bujías y llantas en piezas únicas.
Primero aparecen las formas. Luego el movimiento. Finalmente nace un personaje. 'Es como armar un rompecabezas imaginario', dice mientras acomoda piezas en el suelo. Desde hace más de 10 años, Rudy transforma residuos automotrices en esculturas de fantasía: animales, divinidades, ángeles o criaturas que parecen salidas de un cuento. Cada obra es única y cada pieza metálica encuentra una segunda vida a través del reciclaje. Pero su historia comenzó mucho antes.
La niña que fabricaba sus propios juguetes
Rudy creció en el sur de Guayaquil y desde pequeña destacaba por su imaginación. Mientras otros niños jugaban con juguetes comprados, ella prefería crearlos. Recogía pedazos de cartón y cartulina para fabricar pequeñas casas con muebles que luego forraba con retazos de tela. Era la niña habilidosa del barrio, la que parecía tener magia en las manos. Un día acompañó a un primo que trabajaba como alfarero. Sin haber tocado el barro antes, moldeó una pequeña sirena. El primo la observó sorprendido. 'Eso es lo tuyo, ¿por qué nunca me lo habías contado?'.
Lea también: Tribunal falla a favor de Mireddys González en disputa por la millonaria fortuna que construyó junto a Daddy Yankee
Aun así, Rudy siguió un camino más convencional. Se graduó como diseñadora de interiores. Pero el impulso de crear nunca desapareció. A los 17 años comenzó a experimentar con objetos cotidianos que encontraba en casa —frascos, cucharas, tenedores— con los que armaba figuras de bailarines y robots. Sin embargo, algo seguía faltando. 'Me sentía limitada hasta que una profesora del colegio de Bellas Artes me enseñó a trabajar con materiales reciclados. Cuando hice mi primera obra supe que eso era lo mío'.
Un taller mecánico prestado: El cuartel creativo de Rudy Cordero
Hoy su estudio no es una galería ni un taller sofisticado. Es un pequeño espacio prestado por dos mecánicos en un taller automotriz del sur de la ciudad. Allí Rudy pasa largas horas martillando, soldando, limpiando grasa o aplicando barniz. No teme ensuciarse las manos. 'La gente me regala piezas. Yo no sé nada de carros, pero cada objeto me sugiere algo'.
Para ella, una tuerca puede convertirse en el ojo de un animal. Un rulimán en el rostro de una figura mitológica. Una zapata de disco en la corona de una divinidad. Pero cada obra requiere tiempo. 'El caballo de Troya y el león que hice me tomaron más de tres meses cada uno, trabajando desde las nueve de la mañana hasta la noche'. Y siempre hay una regla que respeta. 'Intento rescatar la historia de cada objeto. Si está oxidado, se queda oxidado. Reciclar no es maquillar. Es darle otra vida'.
El arte del reciclaje y la beca que la proyectará la mundo
La vida de Rudy no es fácil. Vive con su madre y su hermana gemela en un pequeño departamento cerca del Hospital Alcívar y es el principal sustento de su familia. Todos los días cruza la ciudad en bicicleta para llegar al taller donde trabaja durante horas. A veces no tiene dinero para un taxi y debe caminar cargando sus esculturas, que pueden ser pesadas y voluminosas. 'Aquí la gente no aprecia tanto el arte. No existe la costumbre de visitar galerías o visibilizar a los artistas'. Aun así, sigue creando.
El año pasado Rudy hizo su primera exposición individual en el Tenis Club de Guayaquil y las 14 piezas que propuso llamaron la atención de los socios que le hicieron pedidos personalizados. A los pocos días la artista guayaquileña se atrevió a acercarse al Presidente de la República y le habló de sus sueños de viajar y de estudiar Diseño de Moda. Daniel Noboa la escuchó y dos meses después recibía una beca para abrirse al mundo de la moda.
Rudy nunca descansa, siempre sueña. En la última década su trabajo ha empezado a ser reconocido. Obtuvo la Primera Mención de Honor en la Bienal Internacional de Escultura de Guayaquil con su obra ‘Mi esperanza’. Pero Rudy aún siente que está comenzando. 'Quisiera dedicar el cien por ciento de mi tiempo al arte', dice mientras vuelve a tomar el soldador. Las chispas saltan sobre el metal oxidado. La figura empieza a tomar forma. 'Porque la dedicación te hace mejor', dice. Y sonríe. 'Y yo ya no quiero tener límites'.