A 3.200 metros sobre el nivel del mar se encuentra un pequeño taller artesanal en el corazón del páramo de Quisapincha, en la provincia de Tungurahua. Rodeadas de vegetación y con vista a seis emblemáticos volcanes del país -Chimborazo, Altar, Carihuairazo, Cotopaxi, Ilinizas y Tungurahua-, 10 mujeres tejen como una manera de aferrarse a su identidad cultural y sostenerla en el tiempo.
La inspiración nació del estilo de vida de María Manuela Chadan Chadan, de 82 años.Uno de los recuerdos más vívidos de su nieta Kinti Samay Quinatoa es verla tejer shigras de cabuya a mano. Este bolso tradicional andino es muy utilizado en comunidades rurales del país, sobre todo en zonas como Cotopaxi, Tungurahua, Bolívar y Chimborazo. Antes, de hecho, era el utensilio principal para transportar alimentos o cargar semillas para las labores agrícolas.
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Aunque este conocimiento fue heredado y traspasado en tres generaciones: María lo aprendió de su madre, se lo enseñó a su hija y ahora a su nieta; hay algo que se ignora de esa herencia y que Kinti quiso cambiar. “El mercado en el que vendía mi abuelita no le daba un pago justo. Ella se demoraba en tejer una shigra varios días.Pero con el dinero que recibía, su trabajo no era compensado en absoluto”, recuerda.
Ese problema fue el inicio de Kilaya, un proyecto de triple impacto que combina responsabilidad social, cuidado ambiental y la recuperación de los conocimientos ancestrales indígenas a través de la elaboración artesanal de prendas de ropa.
La naturaleza como aliada
Quisapincha queda a media hora de Ambato en carro. En esta parroquia rural habitan poco más de 11 mil habitantes y 10 por ciento de su población se dedica a la confección de prendas de vestir en cuero y otros artículos con este material, según registros de su GAD Parroquial.
Este arte es algo que traspasa generaciones. Todos los hijos de María -tíos de Kinti Samay- se dedican a la elaboración de botas, zapatos, accesorios en cuero y a la confección de textiles. Pero más allá del valor que Kinti le da a este trabajo, hay otra cosa que le roba el aliento todos los días: el páramo, que es parte de su identidad cultural y que se convirtió en la base de Kilaya.
En este proyecto, la naturaleza no solo inspira los diseños de las prendas, también participa directamente en su elaboración. Las hojas, raíces y cortezas de distintas plantas del páramo se transforman en pigmentos naturales que dan color a las telas.
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Esta práctica ancestral fue común en los Andes durante generaciones, cuando las comunidades usaban recursos del territorio para teñir sus fibras naturales. Con el paso del tiempo, esos conocimientos se perdieron frente a la expansión de los tintes sintéticos y la producción industrial.
Precisamente eso es lo que se intenta recuperar. Antes de presentar el proyecto, Kinti y el pequeño equipo que la acompaña dedicaron meses a experimentar con plantas del territorio. El proceso comenzó en 2024, cuando hacían testeos y experimentación para ver cómo reaccionaban distintos materiales frente a los pigmentos naturales.
Entre las especies que utilizan están el marco, el matico, el pumamaki, la chilca, el yagual y el romerillo, plantas que crecen de forma natural en las laderas del páramo. También la cochinilla, para lograr tonos fucsias y violetas, y raíces como la cúrcuma o el tocte para obtener colores más cálidos.
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El proceso no es inmediato. Primero purifican la tela, luego aplican un mordiente (generalmente alumbre), que permite que la fibra absorba el color. De allí preparan las plantas y las cocinan hasta extraer el pigmento; algunas telas se tiñen por cocción y otras se someten a vapor en una técnica conocida como ecoprint, donde las hojas dejan impresas sus formas.
Las plantas las recolectan de la zona. Algunas crecen cerca de las casas de la comunidad, en los cercos naturales que muchas familias mantienen alrededor de sus terrenos. Otras están más arriba, en quebradas o zonas del páramo a lasque las mujeres llegan a pie.
El conocimiento sobre dónde encontrar cada planta también forma parte de la memoria del territorio. Por eso, ninguna prenda queda exactamente igual a otra y el proceso completo, desde la preparación de la tela hasta el secado final, puede tardar alrededor de cinco días. A eso se suma el tiempo de confección o tejido.
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Las prendas elaboradas con lana de alpaca, por ejemplo, pueden tomar entre tres y seis días adicionales. Un chaleco tejido a mano suele requerir entre tres y cuatro días de trabajo. Un saco puede tardar hasta seis días.Pero el ritmo del trabajo no sigue horarios rígidos: muchas de las mujeres que forman parte de Kilaya también se dedican a la agricultura, cuidan animales o trabajan en sus propias chacras.
¿Por qué? La realidad está marcada por la falta de oportunidades y precariedad. Aunque el trabajo artesanal ha sido parte de la vida cotidiana de todas las generaciones de esa zona, rara vez reciben una remuneración justa. Por eso, el tejido se intercala con esas actividades diarias. Van al campo, regresan a casa, avanzan algunas puntadas y vuelven a salir. “Procuramos que sea un proceso lento”, dice Kinti.
Actualmente, 10 mujeres son parte de la cadena de producción de Kilaya, algunas se especializan en el tejido, otras en el bordado y en la confección. Todas reciben un pago por cada prenda terminada.
Los precios oscilan entre 65 y 300 dólares, según el tipo de prenda, la cantidad de material utilizado y el tiempo de elaboración. La pieza más accesible es una blusa de algodón acompañada de un textil andino. Enel extremo opuesto está un vestido que requiere aproximadamente tres metros de tela teñida a mano y un cuello tejido en lana de alpaca.
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Cada prenda pasa por varias manos antes de estar lista. Para cada momento, hay alguien: en el diseño del modelo, la recolección de las plantas, para preparar los tintes, cortar la tela, coser la prenda y añadir los tejidos o bordados finales. Todas estas tareas son realizadas por mujeres.
Para Kinti, esa trazabilidad es una parte esencial del proyecto. “Queremos que las personas sepan quién hizo su prenda”, enfatiza. “Porque detrás de cada pieza hay tiempo, hay conocimiento y hay una historia”.
Una historia que, en su caso, inició mucho antes de que existiera Kilaya. Empezó con una abuela tejiendo shigras bajo la sombra de un árbol. Con una niña observando en silencio cómo las manos convertían la fibra de cabuya en un bolso resistente.
Y con una duda que tardó años en resolverse. ¿Por qué un trabajo que requiere tantos días de dedicación vale tan poco en el mercado? Hoy, en el pequeño taller ubicado en el páramo de Quisapincha, cada prenda que sale de Kilaya intenta cambiar una realidad que a veces es invisible.