Arrogancia colosal

jueves, 23 abril 2015 - 12:54
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    La resistencia a la crítica y la ceguera suelen ser características de egos sobredimensionados, lo que magnifica las consecuencias de sus errores.

    En 1914, en la víspera de la ofensiva alemana a Francia, el káiser Guillermo aseguró a las tropas: “Estarán de regreso antes de que las hojas hayan caído de los árboles”. Este sentimiento se extendía a otros altos militares, quienes alistaron sus trajes militares de otoño seguros del retorno triunfal. Esta arrogancia colosal generó horrores colosales. La guerra duró cuatro años, dejó a Alemania derrotada y con siete millones de bajas en el frente.

    En 1959, Fidel Castro Ruz cuando derrocó a Fulgencio Batista prometió una Cuba próspera e independiente. Cincuenta y seis años después ni Cuba logró su independencia y peor la prosperidad. La isla parece una estampa donde se congeló el tiempo. Entre 1964 y 1990 fue un apéndice de los soviéticos, que le dieron un subsidio anual de entre 3,5 y 4,5 mil millones de dólares. Como sus exportaciones de azúcar no compensaban la ayuda económica, mandó soldados al África a luchar en guerras ajenas. Solo en Angola hubo 36 mil soldados cubanos. Al derrumbarse el imperio soviético pasó a depender de un “hermano latinoamericano”, Venezuela, que le facilitó en petróleo unos 10 mil millones de dólares al año. Ofreció a cambio de médicos y maestros. Con ese país al borde de la bancarrota, Cuba se abre al mercado de su antiguo enemigo Estados Unidos, para atraer inversión y generar empleo.

    Ningún mal es mayor para un país que la arrogancia de un líder. La resistencia a la crítica y la ceguera suelen ser características de esos egos sobredimensionados, lo que magnifica las consecuencias de sus errores. En el caso de los alemanes, la trágica factura fueron dos guerras mundiales. En el de Cuba, en cambio, el anclaje en el subdesarrollo.

    No obstante, nadie suele aprender en cabeza ajena. En la Cumbre de las Américas hubo evidencia de esto. El presidente venezolano Nicolás Maduro justificó los presos políticos y responsabilizó a venezolanos opositores y a Estados Unidos por su fracaso. Ninguna mea culpa por el desastre económico dejado por su antecesor y profundizado por su ineptitud. El presidente Rafael Correa, entre otros, lo apoyó y además siguió con su desgastada muletilla de responsabilizar por todo a la prensa: “Creo que todos coincidimos que una buena prensa es vital para una buena democracia, pero también debemos coincidir en que una mala prensa es mortal para esa democracia y la prensa latinoamericana es mala, muy mala”.

    El presidente Obama fue lúcido en sus respuestas: “Quizás el presidente Correa tenga más criterio que yo en la distinción entre la prensa buena y la mala, hay medios malos y me critican, pero sigue hablando esta prensa en Estados Unidos porque yo no confío en un sistema en que el que una sola persona hace esa determinación”. Finalmente dijo: “Nosotros podemos pasar mucho tiempo hablando de agravios y de injusticias pasadas y supongo también que es posible utilizar a los EE.UU. como una gran excusa... Sin embargo, eso no es lo que va a resolver problemas”.

    Este debate trae a la memoria una frase de uno de los más grandes líderes del siglo XX, Mijail Gorvachev: “Algunas veces es difícil aceptar y reconocer los errores de uno, pero uno debe hacerlo. Fui culpable de mi exceso de confianza y arrogancia y fui castigado por eso”. Bien les vendrían a los arrogantes de América Latina escuchar el consejo.

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