Exposición en el Museo Nahim Isaías archiva las tensiones de Guayaquil desde el retorno a la democracia
El recorrido con entrada libre permanecera abierto hasta febrero de 2027 en el museo con visitas guiadas y conversatorios, de martes a sábados.
El recorrido comienza con tres películas dispuestas sobre una mesa: ‘Memorias del subdesarrollo’, ‘Prometeo deportado’ y ‘La muerte de Jaime Roldós’. Las producciones se encuentran alrededor de una idea: una sociedad también puede definirse por su incapacidad para relacionar un acontecimiento con otro. Esa premisa funciona como la puerta de entrada a ‘Rebelde, marginal y revoltoso: entre la metáfora y el panfleto’, la exposición curada por el artista y diseñador gráfico Oswaldo Terreros en el Museo Nahim Isaías.
A partir de allí, avanzar exige mirar hacia atrás. La primera sala recibe al visitante con una pared iluminada en la que las imágenes parecen competir por recuperar su lugar en la memoria. Llegan como flashes de una vida lejana... pero no tanto.
Aparecen portadas de Vistazo, fotografías periodísticas, anuncios publicitarios, personajes de televisión, protestas, crímenes, campañas electorales, migraciones y titulares que alguna vez intentaron explicar el país.
La exposición permanecerá abierta hasta febrero de 2027 con visitas guiadas y conversatorios, de martes a sábado, de 09h00 a 17h00, con entrada libre.
Lea también: Guayacine, el club de Guayaquil que busca crear un espacio para los amantes del séptimo arte
¿Qué se puede ver en la exposición fotográfica?
La composición reúne más de 1.500 imágenes seleccionadas de un archivo inicial de alrededor de 5.000. Buena parte procede de Vistazo gracias al Archivo Histórico del Guayas. También destacabn publicaciones de otros medios locales.
La sucesión comienza en 1978 con el asesinato de Abdón Calderón Muñoz, atraviesa el retorno a la democracia y alcanza los hechos del 30 de septiembre de 2010. Sin embargo, no existe una línea de tiempo que permita observar los acontecimientos desde una distancia segura. Todo sucede al mismo tiempo.
En una misma superficie conviven el feriado bancario, la violencia en las calles, los cambios políticos, la televisión, los avances tecnológicos y las imágenes que formaron parte de la vida cotidiana. Una fotografía tomada por José Jiménez, conocido como Chivolo, durante la crisis financiera de 1999, adquiere otra dimensión: fue realizada en las calles Aguirre y Pichincha, la misma esquina donde ahora se levanta el museo.
Portadas de Vistazo como una línea del tiempo
Las portadas de Vistazo funcionan como marcas de tiempo. Terreros creció leyéndolas durante la década de 1990, cuando la revista también mostraba la llegada de nuevas tecnologías y reproducía campañas de Benetton que utilizaban el fotoperiodismo para hablar de conflictos sociales.
Su permanencia permite reconocer aquello que se transformó, pero también los silencios, los temas que regresan y las preguntas que el país todavía no resuelve. La relación con Vistazo no se limita a la presencia de sus portadas en la sala. La revista funciona como una columna vertebral documental de la exposición.
Lea también: “Insidious 6: La Noche Del Demonio” llega a los cines de Ecuador con una nueva amenaza sobrenatural
Al incorporar ese archivo periodístico, Terreros pone en diálogo la mirada editorial de una publicación de circulación masiva con las respuestas más personales, críticas o marginales del arte y la contracultura. Así, Vistazo deja de ser únicamente una fuente histórica y se convierte en parte activa de la discusión sobre cómo Guayaquil fue representada y cómo aprendió a mirarse.
El impacto convertido en arte
Después de presentar los acontecimientos, la exposición conduce hacia aquello que hicieron los artistas con ellos. La Sala Crónica registra el impacto, las siguientes, Tracalada de herméticxs y Durmiendo con el enemigo, muestran cómo ese golpe permaneció en la sensibilidad de una época.
Lea también: Cultura Profética, Gondwana y Quique Neira se unen por primera vez en Ecuador para una noche de reggae
El montaje fue concebido como una retícula atravesada por imágenes que no siempre parecen compatibles. Pinturas, caricaturas, instalaciones, fotografías y fragmentos de prensa forman asociaciones que no buscan establecer relaciones definitivas. Terreros coloca las piezas cerca para que la mirada encuentre una tercera lectura que surge cuando una obra realizada años después parece responder a una noticia anterior.
La muestra explora cómo hechos y personajes de la historia guayaquileña permanecen en la memoria colectiva y reaparecen en el arte, como ocurre con la obra La colegiala horrible, de Roberto Noboa, vinculada por el curador a un caso de violencia estudiantil de los años noventa.
Más de cien piezas forman este mapa. Muchas obras pertenecen a las colecciones personales de otros creadores. Un artista guardó el trabajo de un colega; alguien conservó una revista; otra persona protegió durante años una camiseta, un afiche o un casete sin saber que algún día entraría a un museo.