En Ecuador, un tercio de adultos mayores viven en pobreza y pobreza extrema, sin ingresos fijos ni pensiones. Y muchos de ellos, son abandonados, como Delia y María que tienen más de 70 años y quisieran volver a vivir un Día de la Madre.
Viste una chaqueta con flores, un pantalón gris y un sombrero de lana, esos que suelen tejer las abuelitas. Delia Parreño ya cumplió las siete décadas y no ha visto a sus nietos ni a sus hijos desde hace ocho meses. Desde que le detectaron cáncer de seno, la abandonaron a su suerte. Dice que solo “espera la muerte”, aunque también sueña con ver a alguno de sus familiares entrando por la puerta con los brazos abiertos. No pierde la esperanza.
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Delia es una de muchas abuelitas que pasa sus días en el Centro Gerontológico del Patronato San José, en Quito. Aquí, el Día de la Madre es una fecha que a veces prefieren ignorar por el impacto emocional que causa en ellas. Y es que muchas han llegado a este lugar tras ser abandonadas por sus propios familiares. Lo único que piden es una visita o una muestra de afecto.
Cada una tiene una historia. A algunas, sus hijos les dijeron que son un estorbo, a otras, simplemente las dejaron sin decir nada. Delia, por ejemplo, es originaria de Salcedo, provincia de Cotopaxi, llegó a la capital desde muy joven en busca de oportunidades. Durante toda su vida tuvo varios trabajos ocasionales, pero principalmente se dedicaba a lavar ropa.
Hacía de todo para sacar adelante a sus hijos, pero su destino cambió cuando le detectaron cáncer de seno. En los hospitales no quisieron operarle por su avanzada edad.
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Llegó a la residencia del Patronato San José hace ocho meses luego de que se reportara que la adulta mayor vivía en condiciones precarias en un pequeño cuarto de La Armenia, en el Valle de Los Chillos.
Ahora afirma sentirse mejor en el centro gerontológico, pero siempre está a la espera de algo: que alguno de sus tres hijos la visite. “Uno se casó y me dejó botanda, ni siquiera me viene a ver, el otro tiene epilepsia y la mujer anda recogiendo plásticos”, recuerda la abuela.
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Una situación similar vive María Livia Luna, quien quedó en silla de ruedas tras ser atropellada mientras vendía ropa en las calles de la capital. “Un señor se enamoró de mí, pero yo le dije que no, entonces se enojó y me tiró el carro”, recuerda.
Pese a su discapacidad, la adulta mayor seguía trabajando en las calles hasta que los agentes municipales la retiraron de su puesto y fue enviada a la residencia. Ahí lleva nueve años.
Diariamente, recibe terapia psicológica, ocupacional y física. Esta última es la más esperada por María porque anhela volver a caminar. Quiere seguir trabajando y regresar a su natal Pasto, en Colombia.
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Al ser consultada por sus hijas, las lágrimas empiezan a brotar por su rostro. Recuerda que los Días de la Madre eran jornadas llenas de felicidad y mariachis, “pero desde que me atropelló el carro ellas se hicieron un poco atrás”, narra la adulta mayor.
Según cifras del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), en Ecuador hay 1,5 millones de adultos mayores. De ese número, casi un tercio: 432.973 viven en pobreza y pobreza extrema. Esto quiere decir que no tienen ingresos fijos ni pensiones.
Muchos de ellos terminan en las calles en trabajos informales o pidiendo caridad. De hecho, el último reporte de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que el 44% de las personas adultas mayores en Ecuador enfrentan una situación de inseguridad económica.
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Esta problemática afecta de manera desproporcionada al género femenino: más del doble de mujeres (58,1%) carece de ingresos laborales o pensiones en comparación con los hombres (27,5%).
Los adultos mayores no solo deben sortear los embates económicos, sino también diferentes formas de abuso. En Quito, por ejemplo, el Consejo de Protección de Derechos del Distrito Metropolitano ha identificado que los abuelos sufren negligencia, violencia psicológica, abandono y abuso económico.
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El Centro Gerontológico Residencial del Patronato San José acoge a 104 abuelos con desarraigo familiar, es decir que no tienen parientes que se hagan cargo de ellos.
Agrega que existen casos más extremos en los que los abuelitos ni siquiera cuentan con una identificación, se desconoce sus nombres y procedencia, simplemente los dejaron en la calle.
“La población se ha beneficiado de ellos, los tenían como cuidadores, ama de llaves, personas que hacían los quehaceres domésticos y nunca se les dio una identificación”, narra Castillo.
Este centro acoge a 16 adultas mayores que son madres de familia. Sin embargo, no se suele festejar el Día de la Madre porque causa tristeza en las abuelitas, que empiezan a preguntar por sus hijos o hermanos. Esperan su llegada, pero pocas veces los visitan.
En Ecuador, el abandono de adultos mayores es un delito que se sanciona con pena privativa de libertad de uno a tres años y, en caso de que la persona llegue a fallecer por la falta de cuidados, la condena puede aumentar a 19 años.
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También existen bonos y un sistema de pensiones creado a través de la Ley del adulto mayor, aprobada en el 2019. Pese a todas estas iniciativas el abandono de abuelitos aún persiste. La residencia del Patronato está casi al límite y siguen llegando más habitantes.