El presente y el futuro del agua en el país

miércoles, 15 septiembre 2021 - 17:49
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    La Pachamama del Ecuador es una tierra bendecida. En nuestro territorio habitan más de 23.000 especies de plantas y animales, lo cual representa alrededor de un 6% de todas las especies en el planeta, convirtiendo a este pedacito de naturaleza en uno de los sitios más ricos en biodiversidad. Como si esto no fuese suficiente, contamos con la mayor cantidad de ríos por unidad de área a nivel global, los cuales están localizados en 2 grandes vertientes, nombradas en función de su desembocadura final: La vertiente amazónica con 7 cuencas hidrográficas y la del océano pacífico con 72.

    En este espacio de muchísima abundancia, la enorme mayoría en los grupos del poder económico y político vive ciego a la riqueza natural, existiendo en una total desconexión con su entorno natural, permitiendo así que el daño ambiental que estamos generando cada día tenga la demencial capacidad de arrasar con todo lo que nos rodea. Si necesitamos pruebas sobre esto, podemos reflexionar acerca de la perturbada relación que tenemos con los ríos del Ecuador.

    En la actualidad, casi el 90% de la población depende del agua que cruza en los ríos que desembocan hacia el océano. A pesar de ello, nos hemos dedicado a la destrucción de dichas cuencas fluviales en todo su recorrido. Desde que nacen en los páramos, destruimos estos ecosistemas para reemplazarlos por monocultivos, los cuales requieren una cantidad abismalmente mayor de agua, reduciendo el caudal inicial. Según estudios sobre este tema, en el país ya casi no existen páramos sin signos de afectación humana, siendo este un proceso prácticamente incontrolable.

    El caudal reducido baja hacia las ciudades, en donde alrededor del 13% de la demanda total hídrica del país es usada en los hogares, sin ningún tipo de cuidado y proyección a futuro. Lo que los pobladores devuelven a los ríos son sus desechos, convirtiéndolos en las cloacas de las ciudades. Esa es la depresiva realidad; menos del 10% de los Municipios tratan sus aguas servidas, y los pocos que lo hacen, no lo realizan en su totalidad.

    En el camino hacia sus desembocaduras, un 7% de los requerimientos de este recurso se usan por las industrias, quienes en gran parte devuelven aguas contaminadas con componentes nocivos, como el mercurio, en el caso de la minería.

    Finalmente, alrededor del 80% del requerimiento del “líquido vital” termina usándose para la agricultura y la acuacultura, actividad dentro de la cual destaca la producción del banano y camarón respectivamente. En resumen, el agua extremadamente contaminada es la que se usa para cosechar una importantísima cantidad de los alimentos que consumimos. Esta es, estimado lector, en resumidas cuentas, la absurda realidad del país con una de sus mayores riquezas.

    El poder político y económico debe abrir los ojos y entender que, sino lideran un cambio radical de nuestra visión como país, vamos a continuar en la ceguera destruyendo también los ríos de la vertiente amazónica, acabando así con las principales fuentes de agua dulce del país. La destrucción no solo se limita a nuestra riqueza hídrica, también se puede extender hacia el exterminio de nuestra biodiversidad. El Ecuador tiene la nefasta posibilidad de terminar convirtiéndose en el país que lo tenía todo, pero se quedó sin nada, incluso sin agua para beber.

    El cambio también depende de nosotros. Somos la primera generación con la suficiente información para entender el problema y por ende luchar por evitar que acabemos con todo. Así mismo, somos quienes debemos generar el cambio, de lo contrario dejaremos a nuestros hijos sin nada.

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