Verdades diminutas: dos alcaldes y una mesa
La cooperación política no se decreta, se entrena. Tiene fecha, silla y reglas, o es discurso. Ecuador va a comprobar si está en forma para ello entre el 29 de noviembre y el 14 de mayo, porque el primer día elegimos alcaldes y prefectos, el segundo toman posesión, y en el medio año que separa una fecha de la otra cae lo que los técnicos esperan como lo peor de El Niño.
El Consejo Nacional Electoral adelantó la votación por la lluvia, dejó la posesión donde la ley la tenía, y los tribunales confirmaron ambas cosas. Después el debate tomó otro rumbo, unos a discutir la legalidad del cambio, otros la opacidad del informe que lo motivó, y así quedó sin mirar lo que a mí me hace pensar en todo lo demás. Quien gobierna la emergencia está claro. Lo que cambia a mitad del tramo es su interlocutor local, un alcalde que termina y otro que espera.
Hablar de cooperación entre adversarios suena a romanticismo, y la versión romántica existe. Me la encuentro a menudo en diagnósticos y textos de liderazgo, "el próximo salto de la humanidad será descubrir que cooperar es mejor que competir". No la contradigo, le añado un matiz. Cooperar es poder trabajar con quien, terminada la coyuntura que los juntó, va a seguir compitiendo contigo. Y la tentación contraria, resolver sin adversario, también tiene sus devotos.
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Cooperar en política es un oficio. Nadie nace sabiéndolo, nadie lo conserva sin practicarlo, y nadie lo practica sin un lugar donde hacerlo. Arend Lijphart pasó medio siglo estudiando sociedades partidas en bloques que no se hablaban, Holanda, Bélgica, Suiza, Austria, y lo que encontró en todas fueron talleres, cuotas, vetos mutuos, asientos garantizados, reglas que obligaban a repartir y a decidir a quienes seguían detestándose. Donde apareció la concordia, fue un efecto tardío de la mesa. Nunca su condición.
Nuestro taller para El Niño existe, y conviene decirlo antes de señalar lo que le falta. Con la alerta roja se activaron comités en cada provincia y cantón, un decreto alineó a nueve ministerios bajo una sola rectoría, hay presupuesto, y la secretaria de Gestión de Riesgos describió el reparto con una precisión que agradezco, el Estado "articulando con alcaldes, prefectos y sobre todo supervisando", porque "la primera respuesta es desde lo local". Es un diseño vertical y es completo. En ninguno de los trece artículos de la resolución, ni en lo que he podido leer del plan nacional, se contempla que a mitad del camino cambie quien da esa primera respuesta, y menos que el que llega y el que se va sean rivales. Para eso existe otro instrumento, la guía con que los municipios ordenan sus relevos, que deja el acuerdo entre saliente y entrante en "altamente recomendable". Y lo recomendable, en política, es lo que no ocurre.
Guayaquil va a vivir esos meses en su versión más exigente. Al 30 de noviembre la ciudad más expuesta al fenómeno llegará con un alcalde con licencia, una alcaldesa encargada y quien resulte elegido, tres personas con un título sobre la misma ciudad y un solo calendario que no dice cómo se reparten la lluvia. Ninguno de los tres tiene la culpa. Un sistema que manda desde arriba funciona con quien ocupe el cargo, y por eso nunca necesitó practicar lo que ahora hace falta, que dos rivales se sienten juntos sin dejar de serlo.
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Y sentarlos no depende solo de que alguien los convoque, depende de que el público no castigue a quien lo hace, y a ese público ya le tomaron la temperatura. Duro es el suelo donde habría que poner la mesa conjunta, y hay una medida de cuánto. Desde 2012 se mide la polarización afectiva, rechazar a quien vota distinto sin discrepar más en ideas, y la tomó por primera vez un equipo de Stanford con un termómetro de sentimientos. En Quito un estudio entre 758 adultos encontró que quienes más consumían memes políticos discrepaban menos y rechazaban más. Es correlación y no prueba causa, pero describe el terreno. Cuando llega la inundación ese rechazo se suspende por unas semanas, sin curarse, y también eso tiene cifra.
En York, Inglaterra, un equipo de psicólogos siguió a los vecinos de la inundación de 2015. A los dos meses, gente que no se hablaba compartía generadores. A los quince, el vínculo se había deshecho, y la razón fue la desigualdad antes que el olvido, quién recibió ayuda y quién no. Valencia muestra el resto, víctimas que siguen juntas dos años después de su riada, y dos administraciones de partidos enfrentados que tardaron dieciséis meses en sentarse de manera formal. Tiene fecha de caducidad la solidaridad que nace del agua, y la fija quien reparte.
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Describir la mesa que falta no es difícil. Permanente, desde la proclamación hasta la posesión. Con un asiento en el comité cantonal para quien haya sido elegido, con voz y sin voto hasta mayo. Con un acta de entrega de la emergencia, qué obras abiertas, qué albergues, qué dinero, y no solo de la administración. Convocada por un tercero, porque entre dos que compiten el lugar lo pone quien no compite con ninguno. Mi intuición, y no tengo cómo probarla, es que otros campos de la vida pública están más disponibles para esto que la política, porque los partidos son campos de guerra y la urgencia los encuentra en guerra. Por eso esta mesa no va a nacer sola. Hay que ponerla.
Votamos el 29 de noviembre. Al día siguiente empieza lo que ninguna papeleta pregunta. Decretada ya está la coordinación. A la cooperación, la que ocurre entre quienes van a seguir compitiendo cuando baje el agua, le falta un lugar auténtico donde sentarse. Con el agua al cuello el ciudadano ya la practicó con su vecino. Falta que la practique el sistema. Juntos, y no revueltos, sería el diseño.