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Misterios de alto vuelo: uso de los aviones presidenciales

*REPORTAJE PUBLICADO EL 17 DE AGOSTO DE 2018 EN LA EDICIÓN IMPRESA DE REVISTA VISTAZO
 
El domingo 23 de agosto de 2009 al entonces flamante avión presidencial, Legacy 600, le cayó un rayo en vuelo nocturno sobre la selva amazónica. A bordo no iba el “pasajero 01”, Rafael Correa, sino el canciller Fander Falconí. Tras el susto, la nave continuó con su viaje a Brasil donde entró a reparación, abandonando al viajero.
 
En 2013, la Secretaría Nacional de Planificación proyectó la compra de un nuevo avión, un Falcon de fabricación francesa, modelo 7X. Cinco años después de recorrer medio mundo, esta nave es la segunda de uso presidencial más moderna de América Latina, solo superada en aviónica por el Dreamliner del mexicano Enrique Peña Nieto. 
 
En 2018 la Contraloría ha anunciado una investigación del uso de ambos aviones VIP que opera la FAE. Se sabrá cuántos vuelos hicieron, qué destinos tuvieron, quiénes fueron los pasajeros (cuando los hubo) y qué cargas llevaron a bordo… Según el asambleísta César  Rohon, “parecían un taxi”.
 
Detrás del hangar
 
Cuando el presidente Correa llegó al poder en 2007 tenía un viejo avión británico marca Avro que fue incorporado por José María Velasco Ibarra en 1970 y un jet Sabreliner que llevaba dos décadas en servicio. Ambos presentaban constantes bajas por mantenimiento y  ninguno de ellos era suficientemente confiable para salir del país.
 
Para los vuelos internacionales se contrataban aviones de Tame con capacidades de entre 95 y 160 pasajeros. La aerolínea local debía suspender vuelos domésticos porque uno o dos aviones estaban “prestados a la Presidencia”. Solo en 2008 el Presidente hizo 25 vuelos internacionales, más de dos cada mes, en naves de Tame.
 
En ese escenario llegó el Legacy 600,  una versión VIP del Embraer 135. En  realidad, en aquellos meses de 2009, el  Estado adquirió dos aviones similares.  Uno con configuración ejecutiva, con sofá  cama, teléfono satelital, microondas, bluray  y pantallas LCD de 17 pulgadas; y el  otro en versión comercial con capacidad  para 35 pasajeros, para Petroecuador.
 
Cuando el Legacy estaba parado por  alguna circunstancia, la petrolera estatal  se quedaba virtualmente a pie. Aún hoy  ambos aviones comparten un hangar  electrónicamente vigilado en Tababela.
 
Para operarlos estuvo en principio el “Escuadrón presidencial” dependiente de un Ala de Transporte de la Fuerza Aérea. La tranquilidad del Escuadrón se vio alterada en julio de 2010 cuando por decreto ejecutivo, aeronaves y personal pasaron a depender de la Presidencia de la República.
 
Fue cuando se creó el Servicio de  Protección Presidencial a cuyo patrimonio  se integró esa dependencia. El  experimento duró tres años. En 2013 se  entendió que las operaciones aéreas debían  por su naturaleza regresar a la FAE.
 
Desde 2009 ya se reportaba que el  Legacy no solo era usado por el Primer  Mandatario. En abril de 2009 despegó  de Quito sin pasajeros con rumbo a Venezuela.  Regresó al mediodía con funcionarios  de ese país que debían asistir  a la inauguración de la “Ruta de Sucre”  en Quito. Dos días después se realizó el
vuelo inverso. La nave despegó con los  venezolanos y regresó vacía.
 
Cosa parecida sucedió un 24 de  Mayo cuando a la ceremonia conmemorativa  de la Batalla del Pichincha fue  invitado el presidente venezolano Hugo  Chávez. Cuando el Mandatario llamó  a comunicar que no asistiría porque su  avión sufrió un desperfecto, el Legacy  dijo presente y lo fue a ver en lo que llaman  un “vuelo no programado”.
 
Llega el Falcon
 
Un estudio de la Fuerza Aérea determinó  que se debía adquirir un avión  con mejores prestaciones técnicas. Se  decidieron por el francés Falcon 7X,  fabricado por Dassault, la  misma industria que en  los años 80 nos vendió los  supersónicos Mirage. De  hecho el 7X opera con un  sistema digital de control  de vuelo que fue inicialmente  desarrollado para  los aviones de guerra.
 
El ambicioso proyecto  implicó no solo los casi 49  millones que costó el avión. Con la  capacitación de las tripulaciones y un  pool de repuestos la factura subió a  55 millones. Para el mantenimiento  correctivo y preventivo se firmó otro  contrato, vigente hasta 2021, denominado  FalconCare, que cuesta unos  35 mil dólares mensuales. Capacitados  para volar ese avión hay seis pilotos y  15 técnicos, todos militares activos.  Auxiliares de vuelo de Tame fueron  habilitadas para los aviones  presidenciales. Toda  persona adicional que se  incorpora debe firmar  una declaración de confidencialidad,  so pena de  fuertes sanciones.
 
 
Un avión similar al  Falcon 7X fue adquirido  en Francia por el gobierno  de Nicolas Sarkozy. A  los parisinos les pareció tan espectacular  la aeronave que la bautizaron como  “Carla One” en alusión a una de sus  asiduas pasajeras, la exprimera dama  Carla Bruni. La hora de vuelo de este  avión está calculada en 4.708 dólares.
 
En estos aviones, no siempre vuela  el Presidente. Aunque la operación  está considerada de reservada, algunas  pistas pueden ser encontradas en los  sitios webs de varios organismos oficiales.  Una de ellas es una estadística  publicada en 2012 que da cuenta que el  pasajero más frecuente es el Canciller  con la tercera parte de los desplazamientos  internacionales que realizan  las aeronaves. Le sigue el Presidente  con un 28 por ciento de las movilizaciones,  luego el Vicepresidente con  menos del 20 por ciento y un restante  18 por ciento para otros funcionarios  de la administración pública.
 
Desde que llegó, hace ya casi cinco años, el promedio mensual de horas voladas por el Falcon es de 38 con un pico de 109 horas en noviembre de 2016, mes que coincidió con el inicio de la última campaña presidencial.
 
Otra característica de los aviones  presidenciales es que no siempre van  llenos. Cada uno tiene capacidad para  14 pasajeros pero, por lo general viajan  de dos a cuatro funcionarios. En vuelos  intercontinentales y de ser necesario,  va a bordo otra tripulación conformada  hasta por cinco personas. Por  ejemplo, en septiembre de 2016, el  canciller Ricardo Patiño y dos asistentes  volaron 11 horas hasta Argelia a  una reunión de la OPEP. En febrero de  2017, vísperas de las elecciones presidenciales,  el canciller Guillaume Long  viajó a Caracas, La Habana y Nueva  York con un asesor. En Venezuela se  reunió con migrantes,  habló para Telesur y visitó  a su homólogo. En  Cuba asistió a la Feria  del Libro y cenó en Cancillería.  En EE.UU. visitó
varios consulados y se  reunió con migrantes.
 
Un año después la  canciller María Fernanda  Espinosa hizo múltiples  viajes oficiales dentro y fuera del continente  en fechas que coincidieron con su candidatura  a un alto cargo en Naciones Unidas.
 
 
Las empresas que ofrecen servicios  de rastreo de vuelos a nivel mundial  poco aportan a la hora de seguir a cualquiera  de las aeronaves presidenciales  a través de las nubes. Esto sucede  porque al no considerárselos aviones  comerciales, sino más bien militares, la  información permanece oculta. Sin embarg o, esporádicamente han  podido ser detectados, sobre  todo el avión Legacy. Entre el  17 y el 29 de marzo de 2017,  dos meses antes del fin del  gobierno anterior, apareció  volando a día seguido, ida y  vuelta, entre Ecuador y los  estados de Florida y Tennessee,  en los Estados Unidos.
 
Días antes, el periodista  Emilio Palacio pidió a los internautas  que ingresaran a Internet y confirmaran  qué vuelos reportan esos días  los aviones. Eran visibles vuelos entre  Ecuador y el Medio Oriente del avión  Legacy. La revelación alimentó suspicacias  sobre usos no adecuados de la flota  presidencial.
 
¿Gastos exagerados?
 
Apenas la Contraloría anunció un  examen a los vuelos de los aviones  presidenciales, el expresidente Correa  proclamó: “¡Qué bueno! Así podrán  confirmar cuántas horas al día trabajábamos  por la Patria, y cómo hasta la  comida a bordo la preparaban en Carondelet  o llevábamos en tarrinas para  ahorrar algo de dinero”.
 
Ante la afirmación, el asambleísta  de CREO, Fabricio Villamar, reveló que  “las tarrinas” eran bastantes caras. Un  documento del Grupo de Transporte  Aéreo Especial, difundido por el legislador,  da cuenta de que durante un  viaje de la canciller María Fernanda  Espinosa entre Ecuador y Guatemala,  en diciembre de 2017, por el servicio  de “catering” se habrían gastado 1.483  dólares. En ese vuelo de no más de cuatro  horas debe haberse desperdiciado  mucha comida. Una regla sanitaria de  aviación obliga a que lo que no se consume  en un vuelo debe ser desechado.
 
El mismo asambleísta hizo visible  que preparar comida en Carondelet  y llevar en tarrinas no era lo normal.  En el presupuesto anual de uso de los aviones hay 448 mil dólares dedicados solo a “alimentos y bebidas” en vuelo.  Y no son los únicos gastos. Mantener  limpias las aeronaves, incluyendo  las alfombras y los apliques de madera  del decorado cuesta 30 mil dólares  anuales. Dotar de uniformes a pilotos,  azafatas y más personal costó 15 mil  dólares. Instalar cámaras de vigilancia  controladas de manera remota en el  hangar, demandó otros 27 mil dólares.
 
En 2016 la Contraloría hizo un primer  examen a las cuentas del Grupo  de Transporte Aéreo Especial y emitió  algunas observaciones. Se advirtió que  en varias contrataciones, a la hora de  escoger un proveedor, no se usó el portal  de Compras Públicas. 
 
La explicación de la FAE fue que los  militares no estaban capacitados para  operar ese portal y que el decreto que  creó al grupo les da “prioridad sobre  cualquier otro proceso para alcanzar  agilidad, flexibilidad y operatividad  que les permita cumplir con las especialísimas  actividades que ejecutan”.
 
Otra de las observaciones fue sobre  una compra de combustible y lubricantes  para helicópteros. Se hizo en mayo  de 2014 cuando el helicóptero asignado  a la Presidencia ya se había estrellado  en Huigra tres meses antes. Los casi  20 mil dólares en combustibles y lubricantes  se quedaron en las bodegas de la  FAE. La Contraloría objetó el hecho de  que no se haya tomado alguna medida  para su devolución o utilización en otra  dependencia militar.
 
También sin seguir los procesos de  contratación se pagó por el servicio de  comunicación satelital para dos aviones,  un helicóptero y varios equipos  portátiles. Entre enero de 2013 y diciembre  de 2015 se habrían consumido  más de 370 mil dólares por estos rubros.  Eso no fue todo, hubo contratos  complementarios por 364 mil dólares  más “sin observar que los gastos afectarían  el presupuesto anual de 2015”.
 
La Contraloría General terminó observando  también un contrato complementario  para la inspección del Legacy.  Según los auditores, se hicieron  modificaciones y se incluyeron nuevos  rubros, todo por 399 mil dólares.
 
Un análisis más profundo a las operaciones  de los dos aviones que sirven  al Poder Ejecutivo, está en marcha.  Según el asambleísta César Rohon, el  Contralor habría ofrecido formar una  comisión de expertos en aviación para  que supervisen el trabajo de control.

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