María Teresa Villegas, de 57 años, se dedica a la cocina. Su casa está a orillas del río Babahoyo, dentro de lo que hoy se conoce como el barrio flotante.
En la ciudad quedan cerca de 30 viviendas sobre el agua y son estructuras que han resistido el paso del tiempo y el abandono. Vivir suspendidos sobre el río implica desafíos constantes: el calor se acumula bajo los techos de zinc, el nivel del agua sube en invierno y las estructuras de madera, desgastadas por los años, llegan a un punto crítico en el que parecen ceder.
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María Teresa vendía bollos para sobrevivir y caminaba largas distancias para entregarlos. Su esposo, en cambio, trabaja como repartidor. Recibe el pescado de las canoas que llegan de la faena y lo entrega a los mayoristas. Gana por comisión que pueden rondar entre los tres y cinco dólares. También arregla motores para llegar a fin de mes, porque el ingreso no es fijo.
La realidad de María Teresa cambió hace casi tres años. Su casa y su cocina son otras. Ella es parte de las ocho familias que recibieron rehabilitación de sus viviendas para continuar sobre el agua. En su caso, la cocina se amplió y se orientó hacia el exterior para funcionar como un pequeño restaurante.
Ese cambio alteró por completo su dinámica de ingresos. Ya no necesita salir a buscar clientes, ahora llegan a ella. “El cambio fue radical. Siento que esto ha venido de parte de Dios”, cuenta emocionada. Su historia no es aislada. Lo que ocurre en su vivienda forma parte de una transformación mayor en Babahoyo, donde la arquitectura ha comenzado a replantear su relación con el entorno, con la comunidad y con la sostenibilidad.
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Detrás de ese concepto está Natura Futura, un estudio fundado hace 11 años por el arquitecto José Gómez, que nació en un cuarto con una idea clara: llevar la arquitectura a quienes históricamente no ha llegado.
Regresar al origen
Las casas sobre el río no son nuevas. Forman parte de la memoria de la ciudad desde hace más de un siglo y medio. De hecho, durante años fueron vistas como un problema urbano, asociado a precariedad, contaminación y riesgo. De las más de 200 viviendas que existían, hoy quedan alrededor de 30 y muchas están en condiciones críticas.
La respuesta institucional ha sido el desplazamiento: trasladar a las familias a conjuntos habitacionales en tierra firme que, en varios casos, no lograron replicar sus dinámicas de vida ni sus redes económicas.
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Por eso, la propuesta de Natura Futura fue distinta desde el inicio: trabajar con lo local, reducir costos, involucrar a la comunidad y pensar en soluciones que respondan al contexto. Esa visión se ha consolidado en varios proyectos, pero encuentra una de sus expresiones más potentes en el barrio flotante de Babahoyo.
Hasta ahora, ocho viviendas han sido intervenidas con una inversión que supera los 120.000 dólares, en un proceso que no se limita a la construcción de casas, sino que también incluye un componente ambiental. Las viviendas flotan sobre tanques que evitan el contacto directo de la madera con el agua, para prolongar su vida útil y reducir la necesidad de mantenimiento constante. Se implementan baños secos que eliminan la descarga de desechos al río y los transforman en abono.
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Además, se instalan sistemas de captación y filtrado de agua mediante bombas con energía solar, que permiten cubrir necesidades básicas sin depender completamente de redes externas. A esto se suma el diseño bioclimático: ventilación cruzada y materiales locales como madera, bambú y caña, que mejoran la sensación térmica.
¿Cómo se financia? Con cooperación internacional. Todo inició en 2022, cuando el equipo de Natura Futura recibió 20.000 dólares para montar un pabellón en la Bienal de Sharjah para representar a Ecuador.
Así fue como el pabellón de Ecuador terminó siendo una exposición fotográfica de las primeras viviendas flotantes restauradas. A partir de esa iniciativa, lograron vincularse con un fondo de Copenhague que apostó por escalar el modelo, lo que permitió reunir entre 120.000 y 130.000 dólares en financiamiento progresivo.
Estos recursos se han destinado no solo a las casas, sino también a espacio público, infraestructura ambiental y nuevos equipamientos comunitarios.
Adaptado al territorio
El proyecto también valora saberes que suelen quedar fuera de los modelos convencionales de construcción. Natura Futura trabaja con mano de obra local y recupera oficios como la carpintería, la tejeduría o el trabajo con materiales naturales. Esta decisión no solo reduce el impacto ambiental, sino que mantiene activos conocimientos tradicionales que forman parte de la identidad del territorio.
El impacto de estas intervenciones también se ha hecho evidente en situaciones de riesgo. Durante las inundaciones, las casas flotantes han funcionado como refugio, resistiendo mejor que muchas viviendas en tierra firme. En ese contexto, lo que antes era visto como marginal, ahora funciona como una solución adaptada al entorno.
Pero los desafíos persisten. Las familias que habitan estas viviendas no cuentan con títulos de propiedad, lo que las mantiene en una situación de informalidad. El acceso a servicios básicos, como agua potable, sigue siendo limitado y depende de soluciones parciales. Por ello, una parte clave del trabajo actual se orienta a incidir en políticas públicas que permitan reconocer este modelo como parte formal de la ciudad.
Mientras ese proceso avanza, la vida cotidiana ya muestra cambios concretos. En la casa de María Teresa, los fines de semana hay movimiento constante: prepara bollos, tigrillo, cazuela y otros platos que atraen a clientes locales y turistas.
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Su historia sintetiza el alcance de esta propuesta. No se trata únicamente de mejorar una vivienda, sino de replantear la forma en que se entiende la arquitectura y su relación con la sostenibilidad.
En lugar de imponer soluciones externas, el proyecto parte del contexto, reconoce las dinámicas existentes y las potencia. En ese sentido, el barrio flotante de Babahoyo deja de ser un símbolo de precariedad para convertirse en un modelo posible, donde la arquitectura no solo construye espacios, sino que también sostiene economías, recupera identidades y ofrece respuestas concretas frentea los desafíos ambientales.