Santiago Roldós

Viaje al fondo del mar

En 1997, las dos primeras preguntas del referéndum  convocado por Fabián Alarcón, relativas  a legitimar su inconstitucional ascenso al  poder, tras derrocar a Abdalá Bucaram, obtuvieron  en promedio el 58 por ciento de aprobación.
 
En 2006, las tres preguntas articuladas por Alfredo  Palacio, a los pocos meses del derrocamiento de  su compañero de fórmula Lucio Gutiérrez, fueron  aprobadas con más del 64 por ciento del electorado.
 
En 2007, la única pregunta planteada por Rafael  Correa para cerrar al Congreso, convocar una  Constituyente y enterrar a la llamada partidocracia  de Lucio, Palacio, Alarcón, Abdalá, etc., ganó  con más del 80 por ciento.
 
En 2018, las siete preguntas de Lenín Moreno,  dirigidas a enterrar el legado y la posibilidad del  regreso de su exlíder y correligionario Correa, han  obtenido en promedio más de un 70 por ciento.
 
Más que al típico péndulo de los vaivenes  ideológicos de los pueblos, el Ecuador electoral de  estos 20 años se parece a la serie de los 60 “Viaje  al fondo del mar”, cuya tripulación, cada vez que  enfrentaba una crisis, daba tumbos de un extremo  a otro del submarino nuclear.
 
Por debajo de la impresión de los cambios, la  gran constante de todo este tiempo ha sido decirle  SÍ siete, 15, 20 veces al poder, sobre todo si ese SÍ  implicaba enterrar, negar o limitar al régimen o al  líder inmediatamente anterior.
 
Es en ese sentido contradictorio en el que  encuentro una línea de continuidad que, lejos de  desmontar la estructura de nuestro patriarcado,  lo que hace es afianzarla.
 
Los ideales y procedimientos de Alianza PAIS  siempre han sido cercanos a los del mexicano PRI:  la reducción de la sociedad a frentes de cooptación;  el empoderamiento de una clase tecno burocrática  coludida con clases empresariales establecidas y  emergentes; la promoción mercadotécnica de un  patriotismo de postín; el exterminio y secuestro  de la democracia al interior de un partido-Estado,  auto identificado como la Nación entera; etc.
 
Una piedra angular de ese proyecto de cooptación  y empoderamiento fue, en el PRI, la institución  de la sucesión presidencial, el obligado cambio de  cacique para poder afianzar el cacicazgo, entendido  como reparto de las diversas familias en pugna.
 
Por supuesto que el PRI lo hizo desde su fundación  de manera más ordenada y profesional  que Alianza PAÍS. Pero igual a los 70 años acabaron  dando tumbos y dándose balazos entre sí.
 
La otra piedra angular para la cristalización  de un proyecto de control del poder de este tipo,  que concibe no aferrarse a un líder más de lo que  la democracia formal aconseja, es el dinero sucio:  el PRI, y por lo visto también Alianza PAIS –y el  PP en España–, son partidos que funcionan como  verdaderas asociaciones criminales, administradoras  de las demás mafias.
 
Por eso me parece que la democracia ecuatoriana,  en los próximos años, se va a deliberar  menos en la Asamblea Nacional y más en las  guerras del narco en nuestro territorio, cuyas  primeras escaramuzas ya estamos experimentando.  Eso, como en el México post priista de  hoy, también será parte del legado, entre comillas,  “revolucionario”.

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