Santiago Roldós

Un Óscar para la Revolución Ciudadana (I)

Hace tiempo que la ética y la estética del espectáculo dominan dominan los hechos más minúsculos y trascendentes de la vida. La Revolución Ciudadana del Ecuador, escrita así con mayúsculas, es de hecho una marca registrada, elemento fundamental de la naturalización de sus atropellos. 
 
La creación de un derecho de propiedad exclusiva de sus imágenes, generadas en el marco del acontecer de las funciones públicas de sus dignatarios, es decir: en base a nuestros impuestos, no ha sido obstáculo para privatizar lo imprivatizable, incluso en las esferas y territorios virtuales de las transnacionales propietarias de las mal llamadas redes sociales.
 
Sin embargo, este capítulo objetivo –entre tantos otros, de la apropiación de los recursos y las funciones del Estado–, no debería restarnos asombro respecto a la eficacia de la Revolución como maquinaria de relatos y ficciones imponentes, conmovedoras y falaces.
 
Ciertamente, para quienes durante una década han plantado cara, crítica, resistencia y sufrido los embates de la violencia institucional, resulta particularmente duro asumir la derrota, también, en el campo de batalla de las emociones, los sentimientos y los discursos. ¿Supondría todo ello la acreditación tácita de una violenta complicidad de la mitad de nuestros compatriotas en los actos, muchas veces invisibilizados por su propio duopolio estatal/privado, de un gobierno siniestro? 
 
En todo caso, tal sensación de enfrentamiento y diferencias monolíticas irreductibles (la izquierda, las organizaciones indígenas, los frentes empresariales, e incluso las familias, parecen más bien estar partidas por dentro), se matiza y problematiza cuando advertimos que la eficacia sentimental de la Revolución reside en una estructura a la que muchos y muchas de sus críticas abrazan con amor y fervor “fuera de la política”. 
 
Digámoslo no en pocas palabras, sino en tan solo una: Hollywood. O para decirlo de manera más provocadora: el galimatías que tienen editores de periódicos o universitarios opositores estriba en abrazar, en su cotidiano, la misma forma de relatar de los –en ese terreno magistrales– hermanos Vinicio y Fernando Alvarado. 
 
Para mi primer maestro de dramaturgia, no hay cine más político que el de entretenimiento. De ahí que no me produzca la más mínima sorpresa, pero sí renueve mi asombro, un montaje visto en FB, con el famoso Vin Diesel, de la saga “The Fast and The Furious”, despidiéndose en romántica voz en off de un Rafael Correa entre prepotente y entrañable.
 
O bien, que la protagonista de la transmisión de mando no fuese la postergada y traicionada emancipación definitiva de nuestros pueblos –entrega- da nuestra soberanía a mineras chinas y empresas privadas nacionales cercanas al régimen–, sino una pegadiza y efectiva canción pop, destinada a convertirse en una especie de “Despacito” de la izquierda
romántica mundial. 
 
La tragicómica “Nunca te voy a olvidar” encarna un aspecto clave del relato populista –según Laclau–, forma óptima de la empresa igualitaria a nuestro alcance: la omnipotencia y omnisciencia de un líder que, equiparado a una deidad, no precisa siquiera ser nombrado. Pero precisamente en el peso de este supuesto Lord Voldemort de la bondad, es donde el relato, en pleno clímax, solo puede comenzar a declinar. (To be continued...) 
 
 

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