Honor de mi mamá y mis hermanas

viernes, 17 agosto 2018 - 09:19
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    Desde 1988 mis hermanas y yo hemos denunciado  públicamente la criminal manipulación  del mal llamado Partido Roldosista  Ecuatoriano contra la memoria de nuestra madre  y nuestro padre: Martha Bucaram Ortiz y Jaime  Roldós Aguilera. Y en esta tribuna, que mantengo  hace 20 años, en distintas etapas he problematizado  tanto la inconsecuencia singular de que un  partido estructuralmente corrupto, mafioso y derechista  llevase el nombre de una herencia política a  la que su accionar traicionaba todos los días, como  la irrupción de un loco/nazi que ama dentro de un  contexto propiciatorio y convenientemente machista,  cristiano y conservador.
     
    Hito crucial de la cruel historia que nos llevó a romper  completamente con toda la familia de nuestra madre  –dado el entendimiento, también de sus miembros  más inocentes, de la familia como un combo cercenador  de deliberaciones personales a favor de la sumisión  en torno al proyecto del líder varón de la manada–, en  el documental “La muerte de Jaime Roldós” (2013), además  de volver a señalar la sombra e impunidad en que  se mantienen los probables autores de los magnicidios  de nuestra madre, nuestro padre y su comitiva, creo  que logré tomar distancia, politizar y desmontar toda  esa tragedia familiar sin reproducir la violencia propia  de nuestra clase política y nuestra sociedad patriarcal.
     
    Curiosamente, para entonces la ignominia y  el secuestro de los anhelos populares ya había  cobrado nuevo rostro, en la también mal llamada  Revolución Ciudadana, y a mi hermana Martha  y a mí, en muchísima menor medida que a ella,  los corifeos del patriarca Rafael Correa llevan 12  años buscando hacernos trizas, por el crimen  de haber mantenido una postura crítica desde  la propia izquierda. Y una de las calumnias más  comunes con la que han intentado fracturar a mi  hermana desde la médula, con la contundencia de  un golpeador de mujeres convencido de la virtud  teologal de su proceder, ha sido sacar a pastorear  nuestro parentesco familiar con un sujeto al que  llevamos tres décadas denunciando, por decirlo  así, por su accionar pre-Correa.
     
    Más allá de la corrupción e ignorancia del correísmo,  convencido de que la Historia empieza con su  curuchupa líder, el problema del Ecuador no se consume  en nombres propios, ni en la genética, ni en  las sagas alucinadas de nuestra mediocre pequeña  burguesía ilustrada: tras la caída de Abdalá Bucaram  en 1997, círculos intelectuales quiteños cercanos a  la Democracia Popular y a la Izquierda Democrática  acuñaron el término “Los Bucaram”, para designar una  suerte de maldición sanguínea, sumamente cómoda y  conveniente, en tanto liberaba al resto de la clase política  corrupta –es decir: los amos, patrones y financistas  de esa intelectualidad– de ser medida con la misma  vara de obscenidad y locura del PRE.
     
    De vuelta a mi subjetividad: no siento deshonra  alguna por llevar el apellido de mi madre, una proto  feminista guayaquileña que me enseñó a buscar  la integridad propia en la defensa, preservación y  exigencia de la integridad de los demás. Y cuando  el otro día mi hijo me dijo que tal vez algún día  cambiaría el orden de sus apellidos, para poner por  delante el de su mamá, me pareció ejemplar. Sé que  mi madre y mi padre no fueron feministas en el  sentido en que mis hermanas y yo lo somos, pero  afortunadamente mi hijo y mi sobrina ya lo son de  una manera más potente y radical que yo. 

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