Esteban Santos

Las claves geopolíticas del Mundial 2026

“El fútbol es la cosa más importante entre las cosas menos importantes”. La célebre frase atribuida a Arrigo Sacchi resume bien una verdad incómoda: aunque el deporte no decide guerras ni firma tratados, pocas actividades humanas reflejan tan claramente las tensiones, aspiraciones y contradicciones de la política internacional como una Copa del Mundo de la FIFA.

A pocos días del inicio del Mundial de 2026, vale la pena recordar que esta cita planetaria nunca ha sido ajena a la geopolítica. Por el contrario, desde sus primeras ediciones, el torneo ha servido como escenario de disputa simbólica entre gobiernos, ideologías y proyectos nacionales.

Uno de los ejemplos más citados es el Mundial de Argentina 1978. Mientras millones de espectadores celebraban los goles de Mario Kempes y el primer título albiceleste, el país sudamericano vivía bajo la dictadura militar de Jorge Rafael Videla. El régimen comprendió rápidamente el potencial político del torneo y utilizó el éxito deportivo como una herramienta para proyectar una imagen de normalidad ante la comunidad internacional, mientras las denuncias por desapariciones forzadas y violaciones de derechos humanos crecían dentro y fuera del país.

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Algo similar ocurrió en España 1982. Aunque Francisco Franco había fallecido años antes, el campeonato fue parte de un largo proceso mediante el cual España buscó consolidar una nueva imagen internacional, dejando atrás décadas de aislamiento político. Los grandes eventos deportivos suelen funcionar como vitrinas globales donde los Estados intentan redefinir la manera en que son percibidos por el mundo.

Décadas después, el Mundial de Qatar 2022 llevó este fenómeno a una nueva escala. El pequeño emirato invirtió miles de millones de dólares en infraestructura, estadios y conectividad para albergar la competición. Para muchos analistas, se trató del ejemplo más visible de lo que hoy se conoce como sportwashing: el uso del deporte como instrumento de poder blando para fortalecer la reputación internacional de un Estado y proyectar estabilidad, modernidad e influencia. Sin embargo, la organización del torneo también reabrió debates sobre las condiciones laborales de los trabajadores migrantes, las libertades civiles y la situación de los derechos de las mujeres y de las minorías sexuales en el país anfitrión.

El Mundial de 2026 tampoco escapará a estas dinámicas. Será la edición más grande de la historia, con 48 selecciones nacionales, y la primera organizada conjuntamente por tres países: Estados Unidos, México y Canadá. Paradójicamente, la mayor fiesta deportiva del planeta se celebrará en medio de tensiones diplomáticas y comerciales entre los propios anfitriones. Las disputas arancelarias, los debates sobre migración y las diferencias políticas que han marcado las relaciones de Washington con sus vecinos en los últimos años demuestran que incluso la cooperación deportiva más ambiciosa puede desarrollarse en contextos de desacuerdo político.

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La geopolítica también estará presente dentro de la cancha. A la selección de Irán por ejemplo, Trump les negó quedarse en suelo norteamericano, deberán ir a México y viajar de ahí a sus partidos. Del mismo modo, posibles enfrentamientos entre selecciones cuyos países mantienen disputas diplomáticas o rivalidades históricas añadirán inevitablemente una dimensión política a la competencia.

No sería la primera vez. Basta recordar el llamado “Partido de la Guerra Fría” entre Estados Unidos e Irán en Francia 1998, la carga política de los encuentros entre Serbia y Suiza por la cuestión kosovar o las tensiones recurrentes entre países vecinos cuyos desacuerdos trascienden largamente el ámbito deportivo.

Y sin embargo, el Mundial sigue siendo mucho más que un reflejo de las divisiones internacionales. También es uno de los pocos espacios capaces de reunir simultáneamente a miles de millones de personas alrededor de una misma emoción. Durante noventa minutos, las fronteras parecen difuminarse y las diferencias ideológicas quedan suspendidas ante la universalidad del deporte.

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Quizás esa sea la gran paradoja de los mundiales: son profundamente políticos precisamente porque son profundamente humanos. Los Estados intentan utilizarlos para proyectar poder, construir prestigio o fortalecer narrativas nacionales; pero al mismo tiempo, millones de personas los viven como una celebración compartida que trasciende idiomas, religiones e ideologías.

En un mundo marcado por guerras, polarización y crecientes rivalidades geopolíticas, el Mundial de 2026 volverá a recordarnos que el deporte puede ser simultáneamente competencia y encuentro, identidad y convivencia, política y esperanza.

Finalmente, el Mundial seguirá siendo político porque refleja a las sociedades que lo disputan; pero seguirá siendo indispensable porque nos recuerda, cada cuatro años, todo aquello que todavía como humanos somos capaces de compartir.

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