Un café con Guadalupe Llori

viernes, 27 agosto 2021 - 16:19
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    Al presidente Guillermo Lasso le conviene tomarse un café con Lucio Gutiérrez para que le cuente cómo es gobernar con Pachakutik y la Conaie en contra, a pesar de que las circunstancias históricas les obligaron a compartir el poder.

    En términos legislativos, desde 1979, no hay gobiernos que se parezcan más. Gutiérrez tenía solo seis diputados en un Congreso de 100 sillas y Lasso, 12 en un pleno de 137 asambleístas.

    Sociedad Patriótica se alejó de Pachakutik, su aliado electoral, ni bien arrancó la legislatura en enero de 2003. La falta de cohesión entre gutierristas y el movimiento indígena permitió que la oposición recalcitrante de entonces, liderada por Izquierda Democrática, el PSC y los democristianos, controlaran el Congreso y sus comisiones.

    La alianza obvia entre CREO y socialcristianos también se quemó en la puerta del horno, el pasado 14 de mayo, cuando el Presidente Lasso se apartó del acuerdo que incluía al correísmo bajo garantía de gobernabilidad.

    Gutiérrez no pudo tener al presidente legislativo de su preferencia mientras que Lasso santiguó la maniobra que puso a Guadalupe Llori al frente de la Asamblea con la ilusión de que los acuerdos nacionales brotarían con facilidad.

    El coronel sufría con cada proyecto enviado al Congreso, en donde el PSC (primera fuerza, entonces) le ayudó con sus votos en la Ley de Servicio Civil y Carrera Administrativa y en la de Aduanas. Pero cuando se trató de la consabida reforma tributaria, dicho partido ya no le apoyó y la soledad obligó a Gutiérrez a refugiarse en el PRE de Bucaram y en el PRIAN de Alvarito. El resto de esa historia forajida la sabemos de memoria.

    Lasso no ha querido dar un paso en falso, por eso su agenda de reformas va tan demorada, pues el voto de Pachakutik, rechazando el reingreso del Ecuador al CIADI (sistema de arbitraje internacional), fue una manera de medir el poco interés de ese bloque por construir una agenda pragmática que ayude al Gobierno.

    Es aquí donde Guadalupe Llori se vuelve esencial. Y así se cobije con la misma bandera de Salvador Quishpe, ella no puede jugar al radicalismo bobo ni a la consigna vacía. Hizo un compromiso con el país por la estabilidad política y el presidente Lasso confió en ella. Su alta investidura, por lo tanto, no solo le pertenece a Pachakutik, sino a millones de ecuatorianos que esperan las reformas necesarias para el crecimiento económico de sus familias y el fortalecimiento presupuestario de un Estado al que, paradójicamente, el movimiento indígena lo considera una chequera infinita.

    Si a Lasso le urge tomarse un café con Gutiérrez; Llori podría hacer lo mismo con Wilfrido Lucero y Carlos Vallejo (lástima que Raúl Baca haya muerto) para que le comenten cómo, sin ser del partido de Rodrigo Borja, Sixto Durán-Ballén u Osvaldo Hurtado, fueron factores de estabilidad y hábil manejo parlamentario en los primeros meses de esos gobiernos, siendo posible avanzar con las reformas estructurales sin tanto sobresalto popular.

    Llori ha perdido demasiado tiempo al frente de la Presidencia, viendo cómo cada día se le desordena el hemiciclo, mientras se enfrasca en disputas anodinas que lejos de blindarla como política, le anticipan un sonoro fracaso.

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