Alfredo Pinoargote

Constituyentes

Lentamente como si nada, sin el alboroto de  una asamblea constituyente ni de una consulta popular específica, la república de papel  está transitando de un sistema de presidencialismo  reforzado a uno semiparlamentario moteado de  presidencialismo, de un régimen autocrático a uno  de soberanía parlamentaria.
 
Las recientes elecciones seccionales con 80 mil  candidatos y multiplicidad de movimientos regionales, autoproclamados triunfadores exhibiendo  como trofeo unas decenas de alcaldías compartidas, es una señal discreta pero luminosa de que  la república regresa a tiempos de las guerras de  independencia, donde los cabildos fungieron de  constituyentes de la naciente república que, con el  nombre de una línea geográfica imaginaria, devino  en estado unitario con dos países hermanos, uno  de costa y otro de sierra.
 
Es decidor que la primera fuerza electoral de  la república está presidida por el líder de la mayor  circunscripción electoral, que se perfila como el  mejor opcionado a la presidencia aunque no ejerza  liderazgo en el otro país donde sus constituyentes  echarán a última hora los dados del triunfo. Reflejo  fiel de esta realidad es la nueva mayoría en la asamblea donde están todos juntos pero no revueltos.
 
Esta mágica realidad la permite el funcionamiento armónico de las mayorías móviles,  facilitado por la extinción de esa especie de los  monos aulladores del Guayas cuyos últimos exponentes fueron el felino y el loco que odia. Que  ante el primer asomo de desavenencia armaban  tal relajo con destempladas observaciones, sobre  camisetazos y el hombre del maletín, que el pastel  se desarmaba. Ahora no, la madurez imperante  con el último intemperante en el exilio voluntario  permite el refinamiento parlamentario de acordar  desacuerdos para que cada uno salve la cara. Así  es como ahora de nuevo los proyectos de ley se  votan por partes, lo que permite aprobar el proyecto completo por tajadas donde cada una tiene  una mayoría diferente, y en control político hay  espacio para el lujo de que el gobierno bloquee  formando consenso con el único bloque de oposición, algo de locos porque facilita el portento de  que los aliados se disfracen de opositores.
 
Esta coreografía de la simulación se basa en los  constituyentes originales de la república de papel,  los mismos de la partidocracia, de los gritos de independencia, los caciques provinciales jefes de los  gobiernos autónomos y gerentes propietarios de los  movimientos regionales representados en la asamblea brindando estabilidad y gobernabilidad. De allí  que resulta inoficioso reformas constitucionales o  consultas populares, pues la prioridad es poner al  servicio de los nuevos dueños del país las mismas  reglas que utilizó el dictador. Los cambios que alientan son dirigidos a fortalecer la soberanía parlamentaria como, por ejemplo, integrar las funciones  electoral, judicial y de control funcionando con las  mismas normas, e igual el Ejecutivo para repartir  mejor el presupuesto que aprueba la asamblea.
 

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