Alfredo Pinoargote

Aborígenes

Los pueblos aborígenes son  los dueños del suelo, como  dice el himno nacional, antes de la creación del estado  por los criollos descendientes de españoles. Tal vez por eso el presidente  de la Conaie se confunde, y cuando  en la asamblea le preguntan si cerró  las llaves de exportación petrolera,  responde que es amazónico y que el  crudo estuvo ahí guardadito desconociendo el delito cometido según  las leyes del estado criollo. Con una  respuesta que puede parecer tan cínica o pueril habló el subconciente  de un sentimiento profundo. Los indígenas se creen dueños del territorio que ocupa el estado criollo. Este  derecho ancestral les fue reconocido  simbólicamente por el presidente  Rodrigo Borja, descendiente directo  de los conquistadores españoles y  del papa español Alejandro VI, Rodrigo Borgia, que legitimó la propiedad de los territorios conquistados,  cuando a raíz del levantamiento del  Inti Raymi por cumplirse 500 años de la conquista les dio escrituras de  propiedad sobre un millón 115 mil  hectáreas de territorio y se declaró  plurinacional al estado ecuatoriano.
 
Ese es un sentimiento que sale  del alma atizado por Ongs internacionales de izquierda y por la injusticia social prevaleciente que los  criollos practican por costumbre.  Pero en el estado plurinacional los  recursos del subsuelo son estatales  y es un delito apropiarse de ellos.  De ese mismo estado plurinacional  que reconocen interpretando el descontento de todos porque tienen el  coraje que no tienen los criollos de  salir a las calles a protestar por sus  derechos y ejercer la resistencia a la  opresión que la actual constitución  consagra. Cuando esta ecuación se  desequilibra las movilizaciones indígenas pierden la fuerza y la legitimidad que han aprovechado poderosos  sectores que practican el golpismo.
 
El poder político alcanzado por  las organizaciones indígenas tuvo  un largo apagón con la dictadura  más larga de la historia que pisoteó  a la república dejando sus huellas.  Esa dictadur  loscriminalizó como  terroristas, los dividió y debilitó  comprando dirigentes corruptos,  y los ultrajó. Pero la vegetación del  entorno cambió con un gobierno  que los descriminalizó, volvieron  a florecer los derechos humanos y  también les aplicó el pendejómetro de un diálogo interminable que  hizo soñar a algunos iluminados  en que las cosas van porque van. Y  vino la eliminación del subsidio a  los combustibles que finalmente no  fue porque se unieron el hambre  con la necesidad. El billete del grupo  delictivo que se apoderó del Estado y  la lujuria de poder de quienes saben  que se toman la capital con calle de  honor de los indios uniformados,  que les regalaron el poder cuarto de  hora por rechazar una dolarización  que ya dura 20 años.
 
Estas experiencias de una montaña rusa de violentas subidas y  bajadas mareó a sus dirigentes y  pellizcaron la impopularidad con  un vandalismo reprochable, pero al  menos cumplieron lo que ofrecían  como pretexto, mantener el subsidio a los combustibles. Se acabó el  cuarto de hora. 

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