¿Alcanzó Guayaquil la inmunidad de rebaño?

viernes, 17 julio 2020 - 03:00
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Tras unos catastróficos días entre marzo y abril, en junio el incremento de infectados por COVID-19 en Guayaquil fue de apenas dos por ciento. En los mismos niveles bajó la mortalidad. ¿Mejoró el tratamiento? ¿Finalmente hay inmunidad de rebaño?

Varios médicos guayaquileños creen que en la ciudad ya se produjo la llamada inmunidad de rebaño. Esta pudo alcanzarse con porcentajes de contagiados bastante más bajos de lo que los epidemiólogos predicen. La norma dice que para que la inmunidad colectiva ocurra, debe contagiarse al menos un 70 por ciento de la población.

La municipalidad de Guayaquil hizo pruebas rápidas masivas que revelaron que al menos un 30 por ciento de la población ya estuvo expuesta al virus que produce la COVID-19.

Un estudio de la Universidad de Especialidades Espíritu Santo de Guayaquil, dirigido por el doctor Óscar del Brutto, con apoyo extranjero, estaría por confirmar que en el caso del SARS-CoV-2, el porcentaje mínimo para detener el avance del virus, sería menor al 50 por ciento.

En mayo se produjo también un descenso vertiginoso del ritmo de contagios. En junio, el incremento de casos positivos, según las cifras oficiales, fue de apenas un dos por ciento. En paralelo, el número de fallecidos también bajó.

La inmunidad de rebaño puede producirse a través de la vacuna, que en este caso aún no están disponibles, y a través de la infección natural. Esta última se puede alcanzar cuando un número suficiente de personas en la población se ha recuperado de una enfermedad y ha desarrollado anticuerpos contra una futura infección. Aunque aún no está claro si la infección con el coronavirus hace que las personas sean inmunes a una futura infección.

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El doctor José Vergara Centeno, especialista en medicina crítica y terapia intensiva, relata que el hospital del Guasmo estaba desbordado y que no había espacio para ingresar pacientes que necesitaban estar en terapia intensiva. “No teníamos camas, llegó un momento en que teníamos pacientes ventilados, en el piso... En Guayaquil el virus llegó nuevo y agarró por sorpresa a toda la población”.

Vergara dirige la terapia intensiva del hospital del Guasmo y coordina esa área en el hospital Luis Vernaza. Como tal tomó decisiones respecto a la implementación de diferentes métodos terapéuticos. Es quizá uno de los médicos ecuatorianos con más experiencia en la lucha contra este coronavirus. Él mismo debió entrar a terapia intensiva tras resultar contagiado.

No se podía diagnosticar
El primer inconveniente que enfrentaron los médicos fue la dificultad de hacer diagnósticos. La capacidad del único laboratorio que hacía la pruebas PCR era mínima.

Recuerda el doctor Vergara que en el primer esquema de protocolo estaba escrito: no usar corticoides, exceptuando condiciones extremadamente graves. “Eso fue la primera semana, luego apareció un trabajo francés donde probaron la azitromicina, que es un antibiótico que no tiene efectos antivirales y que por muchos años se usó en el tratamiento de neumonías. El estudio estaba limitado a 40 pacientes a los que les dieron una combinación de hidroxicloroquina y azitromicina. La azitromicina fue incorporada a nuestro protocolo. A la tercera o cuarta semana de evolución de la pandemia, veíamos realmente que no habían grandes cambios”.

“Para la quinta semana empiezan a aparecer los primeros trabajos del uso de corticoides. Es una herramienta de muy amplio rango. Históricamente, el corticoides, para los médicos, es una especie de salvavidas. Cuando uno ve que su paciente está mal, está muriendo, creemos que el corticoides podría ser algo bueno”.

“Empezamos a usar corticoides como manotazos de ahogado y realmente el cambio en Guayaquil fue notable. Y le digo en Guayaquil ya que tengo contacto con todos los hospitales porque muchos médicos han sido mis alumnos de posgrado de medicina crítica. La comunicación entre nosotros es muy buena”.

“Recientemente salió un estudio de Oxford, Inglaterra, donde testearon uno de los tantos corticoides que administramos aquí y observaron que su uso se asoció con mejor pronóstico de mortalidad y menor tiempo de recuperación versus los pacientes que no recibieron el corticoide”.

Un trabajo científico similar es difícil hacerlo en Ecuador, dice Vergara. “Todo lo que se quiera escribir aquí de COVID-19 debe primero tener autorización del Ministerio de Salud en Quito”, añade.

“No hay cultura de investigación”
El neurólogo cuencano Arturo Carpio Rodas forma parte de un equipo de médicos investigadores desde 1986. Además de su alma máter, la Universidad de Cuenca, en su grupo se incluyen la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad de Columbia. Han publicado más de 40 estudios.

¿Por qué es escasa la investigación en el Ecuador?
Primero se necesita mística para investigar. Segundo se requiere financiamiento y tercero se necesita infraestructura. En nuestro país es difícil conseguir recursos. Lo que se hace, se hace más bien con re- cursos internacionales.

¿Qué se debe hacer ahora sobre el COVID-19 en el país?
Como no hay la cultura de investigación, poco o nada le importa al médico residente hacer una autopsia. Mientras en el extranjero en este rato con el coronavirus se están haciendo muchísimas autopsias, en nuestro país no se hace nada. Hemos visto que aquí más bien se pierden los cadáveres.

Sus investigaciones buscan un mejor diagnóstico para la cisticercosis, ¿encuentra alguna relación con el COVID-19?
Las dos enfermedades pueden atacar al cerebro. Ambas despiertan nuestro intelecto para preguntarnos por qué ocurre esto y para buscar, a través de la investigación científica de calidad, una salida para defender a la especie humana.

 

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