Su memoria es prodigiosa. Anabel Campos tiene 57 años y la voz firme. Recuerda que ese 6 de octubre de 2019, su hija Valeria la llamó desde España para contarle que volvería al Ecuador, con su esposo y su hijo, de entonces 5 años. “¿Cuándo llegan para esperarles en el aeropuerto?”, le preguntó Anabel, ansiosa por ver a su hija y nieto después de años de ausencia. Valeria no pudo definir con exactitud la fecha del retorno. No imaginaba que su hija serían una de las miles de víctimas de femicidio.
La madre pidió hablar con Paúl, el yerno, para saber detalles del vuelo. Él solo contestó que tenía preparada una sorpresa.
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El vuelo llegó hacia Guayaquil, al día siguiente. Al salir del aeropuerto, les esperaba una emboscada. Secuestraron a la familia. Al cuerpo de Valeria lo encontraron horas después, abandonado.
La tesis inicial fue la de secuestro con muerte. Pasarían años hasta que la justicia comprobara la realidad. La escena fue manipulada con meses de anticipación para simular un crimen luego de un secuestro. El autor intelectual fue el esposo de Valeria, según el proceso judicial. Fue un femicidio disfrazado de delincuencia común.
Anabel se reúne con Vistazo en una oficina de la Pontificia Universidad Católica, PUCE, donde ha exhibido su trabajo manual en ferias de emprendimiento. Elabora y vende velas aromáticas para mantener a su nieto que hoy tiene 11 años. Con esos recursos impulsa la fundación “Madres Coraje”.
Luce una camiseta oscura, con el nombre de la fundación. Debajo aparece la foto de su hija, Valeria, asesinada cuando tenía 24 años.
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“Madres Coraje surgió durante una reunión de madres de víctimas de femicidio, el 22 de octubre de 2022, en medio de una marcha por la no violencia”, explica.
Actualmente unas 40 mujeres integran la agrupación. La experiencia de los distintos casos revela que hay un patrón. El autor del crimen por lo general busca evadir la justicia viajando hacia otro país.
Eso ocurrió con el autor intelectual del crimen de Valeria. Sin embargo, la triangulación de las llamadas telefónicas y las múltiples contradicciones en que incurrió durante sus versiones terminaron confirmando el femicidio. Él había golpeado a Valeria cuando vivían en España y ella tomó la decisión de separarse. Inclusive había levantado un acta de auxilio. Entonces, optaron por volver al país.
Él fue uno de los cinco responsables de femicidio extraditados al país durante el año 2025, relata Anabel. Se encuentra en la cárcel 4 porque el país europeo desde el cual fue enviado exigió garantías para su vida e integridad. A Valeria nadie le protegió.
Entre enero y diciembre de 2025 hubo en el país 411 femicidios, según la Alianza Feminista para el Monitoreo de Femi(ni)cidios del Ecuador. Se trata, según la organización, de un “registro alternativo y autónomo que visibiliza la violencia femicida en el país frente a la opacidad de las cifras oficiales”.
El documento, según sus autoras, revela patrones alarmantes y la falta de una política integral de prevención y de acceso a justicia.
Al menos 50 de las víctimas eran niñas y adolescentes, cita el estudio. La edad promedio: 35 años.
19 de ellas habían reportado ante las autoridades antecedentes de violencia. Seis tenían boleta de auxilio. 11 sufrieron abuso sexual.
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El 29% de los femicidas tenía un vínculo sentimental con la víctima. En el caso de Valeria, su esposo y padre de su hijo, quiso engañar a la justicia. Hoy enfrenta una pena de 26 años, mientras los autores materiales y colaboradores cumplen 22 años.
El estudio revela que entre 2014 y 2025, quedaron en orfandad 2.058 niños, niñas y adolescentes. Son también víctimas del femicidio.
Anabel cuenta que su nieto recibe terapia para procesar el crimen de su madre. A ella aprendió a llamarla por el nombre de pila, mientras que a su abuela le dice ‘mami’. “Es muy duro porque ya crié tres hijos y ahora debo sacar fuerzas para este niño, pero el recuerdo de mi hija me impulsa”.
No olvida esa llamada telefónica del 6 de octubre de 2019. Fue la última vez que habló con su hija por celular. Ella soñaba con recibir a su nieto por unos meses. Se lo dijo. Valeria le contestó: “Si yo muero, mamita, usted se hará cargo de mi hijo”. Ahora sabe que muchos femicidas cumplen una frase fatal: "Si no estás conmigo no estarás con nadie". Al parecer, el divorcio iba a concretarse en cuestión de semanas.
Anabel llegó a tener tres trabajos distintos para acceder a terapias sicológicas. Con el recuerdo de su hija, como motor, hoy impulsa a otras mujeres a seguir los procesos judiciales en contra de los femicidas, los responsables de las muertes de otras mujeres.
“Siempre digo, todas quedamos con un tornillo zafado luego de vivir esto, unas más que otras, pero la terapia nos sirve para exigir justicia y verdad. Reparación ya no es posible. Nos arrancaron a nuestras hijas, pero en memoria de ellas vamos a las audiencias, preparamos altares para que se vean sus rostros, para que se visibilice el problema”.
En su camino encontró manos amigas. Cita el caso de la doctora Soledad Angus, que la apoyó en todo el proceso legal sin recibir honorarios. Menciona a la doctora Vanesa Justicia, de Léxar Abogados, quien apoya a la organización y ha creado espacios para que familiares de las víctimas tengan acompañamiento sicológico.
La presión de estas mujeres fue determinante para que se realicen mesas interinstitucionales, en forma periódica, a fin de detectar los nudos críticos que fomentan la impunidad. El Consejo de la Judicatura impulsa esta iniciativa. Además, Cancillería y Ministerio del Interior articulan esfuerzos para que los responsables de estos crímenes no evadan a la justicia.
Las mujeres deben aprender a amarse, ésa es una de las enseñanzas de este proceso, recalca Anabel. En talleres, las madres socializan herramientas para detectar si una relación puede escalar a niveles de violencia.
El violentómetro es una manera de identificar situaciones de alerta, reacción y peligro, a partir de indicadores.
Alerta: la pareja chantajea, miente, ignora, ofende, humilla, intimida, amenaza, controla, prohíbe.
Reacciona: la pareja puede destruir cosas personales, manosear y agredir.
Peligro: si la pareja empuja, golpea, patea, encierra, aísla, amenaza con objetos, viola, amenaza de muerte, para finalmente concretar esa amenaza.
“No importa en qué grado te identifiques, la violencia mata”, es el lema de esta campaña, impulsada por “Madres Coraje” y Léxar Abogados.
Nadia Tapuy nació en Tena hace 46 años. Hace un año y 11 meses que su expareja se llevó a sus dos hijos, que hoy tienen ocho y siete años, para los días de visita pactados previamente.
No le permite verlos y adoptó una serie de medidas judiciales que le impiden acercarse a sus hijos.
Este tipo de violencia se denomina vicaria. Se ejerce a menudo contra los hijos, para causar daño a la mujer.
“Nuestros hijos son huérfanos de madres que estamos vivas”, dice, mientras explica que tiene una “vida judicializada”.
Los niños suelen ser manipulados y se les hace creer que la madre los abandonó. Este colectivo busca visibilizar este fenómeno; las madres piden que el sistema judicial deje de tratarlas como amenaza y permita que se reúnan con sus hijos.
Frente a los procesos judiciales Nadia ha perdido el empleo pero debe reunir fondos para cubrir las gestiones judiciales. Además, y esta es la parte más irónica, la justicia dispone que ella pase mensualmente una pensión alimenticia, bajo el argumento de que no vive con sus niños.
Mauricio Burbano, de la Pastoral y Dirección de Identidad y Misión de la PUCE, explica que la universidad apoya iniciativas como éstas. El fenómeno es invisibilizado por el Estado, advierte el colectivo que realizó el informe de 2025.