Santiago Roldós

Ruido e insensatez

La Insensata es un circo contemporáneo que,  con todas las de la ley, intenta proyectar su  carpa en y desde Tumbaco, en uno de los  valles más poblados de Quito, en el papel una de  nuestras ciudades más abiertas y democráticas,  pero hace tiempo colapsada en agudo proceso de  “samborondización”.
 
Distintos medios han registrado la ofensiva  del condominio “Casas Alpha” contra la vecindad  de La Insensata. En su perturbación se juntaron  trasnochados prejuicios contra la profesión teatral  (la Agencia Metropolitana de Control realizó una  inspección en busca de sustancias prohibidas), y  una legítima defensa contra el exceso de ruido.
 
Descartado que el proceso de ensayos del espectáculo  “Cantina” estuviese en el origen de la  denuncia, producida el mismo día de su estreno,  vale decir que sus funciones concluirían, cuando  mucho, sobre las 21h00. Y en todo caso, lo que  pudo derivar en una hipotética mejora de dispositivos  de la carpa, quedó en una censura de facto:  los y las vecinas se han negado sistemáticamente  al diálogo y la mediación.
 
En Quito han ironizado sobre cómo las mismas  clases sociales gustosas de pagar casi 300 dólares  por una entrada al Circo del Sol están en contra  de vivir cerca de uno, por supuesto cuando se es  rascuachamente ecuatoriano. Por supuesto, gustar  del fútbol no implica querer vivir cerca de un  estadio; pero en nuestra sociedad el fútbol es un  sacramento aparte, sólo comparable a la religión.
 
Hablando de dictaduras, levante la mano quien  haya paseado por el río Guayas u otro paraje de  nuestra Costa a bordo de una embarcación turística  sin sufrir la criminal contaminación sonora de  musicalizaciones estridentes, literalmente fuera  de lugar: lo que debería o podría ser una experiencia  extra cotidiana y extraordinaria de contacto  con la naturaleza, termina enturbiada y mutilada  por la lógica y la violencia de todos los días.
 
Dichos atentados –realizados también contra  las faunas endémicas de esos lugares– suelen contar  ciertamente con la complicidad o inconciencia de  usuarios y usuarias educadas y regidas por los modus  operandi y vivendi de los centros comerciales.
 
Ellos no sólo han invadido hasta el monopolio  del espacio nuestras ciudades, valles y playas, todo  hay que decirlo: gracias al matrimonio desarrollista  entre el neoliberalismo y el Socialismo del Siglo  XXI, la especulación y el blanqueo de dinero (no es  baladí ni casual que el imperio del narco en México  estuviera precedido de una impactante proliferación  de malls).
 
Se trata de que la cultura del mall es hoy nuestra  cultura. En ella aceptamos un zumbido permanente  donde no oímos nada y lo oímos todo  a la vez, y exportamos esa atmósfera a nuestras  relaciones afectivas y a la hora de no entrar en  contacto ni con la naturaleza ni con nosotros mismos,  más bien en nuestra contra.
 
Simulacro de afuera por excelencia, y dispositivo  por antonomasia de nuestra sociabilidad  atrofiada, el mall es el lugar al que salimos para poder  continuar encerrados. Que La Insensata haya  encontrado, irónica y temporalmente, cobijo a sus  producciones en una sala situada precisamente  dentro de un mall, sólo acentúa que lo que intranquiliza  a las “Casas Alpha” quizá no sea el barullo  de un circo, sino el de la diferencia.

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