Santiago Roldós

Real politik

¿Dónde estará la muchacha con y sin nombre que apenas pasadas las 12 del día del sábado 16 de septiembre de 2017 secuestraron, en la puerta del Parque Forestal de Guayaquil, al menos tres encapuchados a bordo de un Hyundai Santa Fe?
 
Qué logo más atinado, Santa Fe, para la preservación y perseverancia en la acción y el viaje fundacional del aún venerado violador, perdón, explorador llamado Cristóbal Colón.
 
El grito de auxilio de la muchacha no atravesó la puerta de nuestra sede teatral, literal y metafóricamente la dinamitó, mientras nos preparábamos para ensayar nuestro próximo juguete en medio de la violencia.
 
Ya en la vía pública, enterados de los hechos, algunos tapamos con las manos nuestras bocas, otros las llevaron hacia sus cabezas, como si pese a vivir en esta ciudad-celda nos costase acreditar una noticia, por desgracia, tan común y corriente; o tal vez intentando encajar el dolor ante el daño ya procurado y el todavía no realizado contra una extraña, a quien sólo el crimen nos había vuelto cercana.
 
Un ciclista nos dijo: “Yo lo vi todo, el carro casi me atropella, después de eso frenaron, se bajaron armados y la treparon”.
 
Parece que no fue como otras veces, tiempo no hubo ni para ver a otro lado: todo ocurrió en las narices de vendedoras de churros y carne en palito, a vista y miedo, más que paciencia, de transeúntes y guardias privados, que por su sueldo y entrenamiento jamás pondrán el cuerpo para algo que no sea vigilar y castigar a quienes se besan o descalzan en nuestros parques vallados.
 
Señores del crimen organizado, para quienes el secuestro exprés, el sicariato y la trata de personas son calderilla de guardaespaldas y negocios transnacionales más importantes, como el narcotráfico y la explotación de nuestros recursos naturales, abran bien sus antenas (esto es retórica pura, lo que voy a decir ustedes lo saben mejor que nadie): en Guayaquil, Ecuador, Sudamérica, se puede ultrajar y violar a las personas, pero jamás al Manual de Carreño. Ese libro es aquí, junto a la religión y la corrupción de los que mandan, lo único sagrado.
 
 
En los segundos siguientes al secuestro, casi nadie pudo hacer otra cosa que llamar a la Policía, o rogar que las cámaras de vigilancia sirvan, por una vez, para hacer algo bueno. Sin embargo, algunos vecinos corrían de un lado a otro, sin mucho sentido, quizás tratando de emular, aún sin saberlo, al Superman de Christopher Reeve que de tanto girar y girar alrededor de la Tierra, logró resucitar a Luisa Lane, volviendo de ese modo atrás las manecillas del reloj. Pero lamentablemente la vida no es un cómic. 
 
Y nosotros, que en el teatro intentamos trabajar con los materiales de la realidad, precisamente buscando deconstruirla y alterarla, en el duro y ulteriormente imposible camino de vuelta a nuestro entrenamiento de ese día enmudecimos, varios minutos, ante la pregunta de nuestra directora de grupo: “¿Y cómo abordamos ahora nuestro trabajo?” ¿Cómo estará ahora mismo la familia de la muchacha secuestrada en el Parque Forestal ? ¿Dónde y cómo estará ella?
 
Su noticia no apareció al día siguiente en la prensa, eclipsada por decenas de otras notas de la llamada crónica roja y diversos cables cruzados, provenientes no sólo desde Bélgica.

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