Santiago Roldós

Pueblo, conducción y democracia

Las últimas festividades han vuelto a teñir al  Ecuador de sangre, orfandad y desamparo.  Cada año nuestras carreteras intensifican la  naturalizada violencia y zozobra de ciudades donde  impera algo menos primitivo y más salvaje e irracional  que la ley de la selva: la ética infantil, baldada  y criminal del más fuerte, en la que el más grande  posee más derechos, y la sociedad y el otro solo existen  como adversarios u obstáculos a ser rebasados,  agredidos, fulminados.
 
Los sucesivos endurecimientos de las sanciones  no han frenado ni frenarán la forma criminal en la  que conducimos, tal vez porque dichas regulaciones  se enfocan más en la sanción, la apariencia y cierta  defensa de la productividad, y menos en la seguridad  y la aplicación del sentido común y la deliberación: la  desproporción entre ciertas multas –120 dólares por  exceso de velocidad y 375 por bloquear una bocacalle– parece hablar de ello.
 
También el caso del agente quiteño que, al aplicar  a rajatabla la ley, obstaculizó la pronta atención de  un perro envenenado. Tras su lapidación vía redes  sociales, la autoridad competente resolvió castigando  y dejando sin trabajo al agente, reafirmando así  el mismo autoritarismo obtuso previamente hecho  carne, piel y cerebro en él.
 
¿Alguien estudió la posibilidad de una disculpa  pública? ¿Una posibilidad de reentrenamiento? Lo  más revelador del video del incidente es la imposibilidad  de sostener un diálogo. ¿Por qué entonces  no propiciar al menos uno, o varios recorridos del  agente y el dueño del perro por escuelas, colegios,  universidades, dando testimonio de la posibilidad  de paz y futuro? De eso se trata problematizar nuestros  códigos, tanto los penales y civiles como los de  conducta.
 
Pero acá la justicia consiste en dar correa a los  perros y a los proletarios, e impedir cualquier cuestionamiento  de la asimetría estructural que hace  de toda dependencia o cargo público una especie de  señor feudal, amo o patrón.
 
Si en el campo de la educación superior el CEACES  y la Senescyt fueron la encarnación del secuestro  de la inteligencia a manos de la tecnocracia, en la  convivencia cotidiana requerimos algo que no se fragua  en los vehículos ni en el asfalto: menos manuales  y códigos operativos, y más una conciencia similar a  la que nos asombra cuando, de visita a otros países,  los automotores ceden el paso a los peatones, aún  con el semáforo en verde.
 
No es cuestión de idiosincrasia que ecuatorianos  y ecuatorianas actuemos permanentemente a la defensiva,  que no por casualidad nombra la técnica de  manejo orgullosamente propagada por algunas de  nuestras mejores academias de manejo, como si salir  a la calle fuese salir a la guerra, y en donde las tácticas  y estrategias utilizadas en nombre de la autodefensa  (ahí están Trump y Kim Jong-un) muy pronto derivan  en herramientas para la masacre y la ofensa.
 
Tal asimilación signa toda una experiencia histórica  (la del feudalismo capitalista colonial que aún  nos vertebra), y un programa ético y político transversal:  abusa de los otros antes de que ellos abusen  de ti primero. Una deriva agotadora, evidentemente  relacionada con nuestros índices de cáncer y otras  dolencias. Por supuesto, todo esto es más fácil decirlo  y analizarlo que transformarlo: en las calles y carreteras  ecuatorianas uno experimenta la necesidad  pragmática de dejar a los demás atrás lo más lejos y  lo más pronto posible.

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