Publicidad y propagandia

viernes, 1 junio 2018 - 07:33
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    Lo peor que podría pasarle al filme “Propagandia”  de Carlos Andrés Vera no es la censura  de Supercines, sino que su crítica al culto a  la propaganda como método de silenciamiento y  despotismo se limite a la promoción/la propaganda  de otro sujeto político. Es de sobra conocido que  Carlos Andrés no sólo trabaja para Guillermo Lasso,  sino que –según él, se interesa en relatar y propagar–  lo admira y considera un entrañable amigo.
     
    Que Carlos Andrés integre el reducido porcentaje  de pobladores mundiales que realmente  disfrutan y creen en su trabajo no es un problema.  El problema es que un filme de dos horas dedique  la cantidad de minutos que dedica a la sin duda  criminal agresión contra Lasso en el Estadio Atahualpa  antes de la segunda vuelta 2017, mientras  despacha en sendas secuencias asesinatos políticos  del correísmo acallados por su aparato de volver  zombis a los ciudadanos.
     
    José Tendetza fue asesinado por defender la soberanía  shuar frente a las mineras chinas a las cuales  Correa vendió la misma Patria a la que su publicidad  infame decía defender; y la nunca investigada ejecución  sicaria del general Gabela nos habla de la corrupción  total no sólo del sistema de justicia en el Ecuador,  sino de la de las mismísimas Fuerzas Armadas.
     
    Dicho esto, y aunque quizás hubiese sido mejor  que se llamase “El fraude contra Lasso y el Estado  de Propaganda”, un título menos marketero, pero  también más coherente con su contenido, “Propagandia”  tiene al menos tres grandes méritos: 1) hilar  una serie de hechos y criterios que, de otra manera,  quedarían sin relacionarse, y que ahora tienen una  nueva fuente donde criticarse; 2) dar efectivamente  testimonio no sólo de un probable fraude electoral,  sino de una ominosa forma de monopolizar y destruir  las funciones del Estado en nombre del ideal  del desarrollo; 3) lanzar una pregunta que no termina  de contestar.
     
    Seguir la huella de esa pregunta quizás le hubiera  permitido al filme ser más eficaz, en la medida de  tomar distancia de su procedencia política. En todo  caso, ahí nos deja suelto un imperativo democrático  que trasciende la película: ¿cómo permitimos,  como sociedad, tanta arbitrariedad? En otras palabras,  aludiendo a la obra de Ilich Castillo ganadora  del Salón de Julio de Guayaquil 2005: ¿cómo se  encienden los discursos populares?
     
    En los diez años de Correa no sólo gobernó  un autócrata delirante, sino también la ansiedad  –frustrada o traicionada– de un cambio popular;  una clase empresarial vieja y otra emergente, ambas  transaron en mayor o menor medida, ¿qué más  podían hacer?, con el sistema de coimas, también  barrido bajo la alfombra de la publicidad; una clase  media intelectual y tecnocrática que postró a las  universidades a su servicio y auto promoción; y, entre  otras muchas por aludir, la misma industria de  la publicidad que, en estos días de mayo de 2018,  acaba de conmocionar a la ciudadanía con una  campaña de pañales en la que agredía a las madres  solteras, con el cuento de suscitar “un debate” y  “cambiar en tres días” al Ecuador...
     
    Al menos fue lo que en su defensa arguyeron  sus creativos: de tres días para acá, gracias a su  provocación, nuestro país “ya era otro”. Curiosa  similitud con la devoción al cambio “rápido y radical”  proclamado por Correa y sus creativos. Lo  cual coincide con lo que apuntado por el poeta Iván  Carvajal en el documental: el correísmo no sólo no  se ha desmontado, y no sólo en la macro política.  Es un fenómeno que antecede al propio Correa y  articula la estupidez, inmediatez, mediatización  y corrupción imperantes en nuestra Nación. ¿Durante  cuánto tiempo? Tanto como la publicidad y el  patriarcado gobiernen.

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