Santiago Roldós

No es Cataluña, el problema es España

El mismo domingo 1 de octubre mucha gente que se  temía lo peor en Cataluña no dejaba de preguntarse  cómo había podido llegarse tan lejos. Siguiendo las  órdenes de la Fiscalía y el programa de Rajoy de judicializar  toda tentativa cívica y política catalanista, las fuerzas de seguridad  del Estado dieron a los sectores más extremistas del  independentismo la foto que tanto querían: la de violenta  represión a mujeres, ancianos, jóvenes y niños por ir a votar.
 
Si la ilegalidad del referéndum era tan palmaria, y  los vicios del llamado procés invalidaban de antemano  sus delirantes resultados, imposibles de esgrimirse como  válidos por la ausencia de un poder electoral constituido e  independiente, ¿por qué caer a la gente a mamporros? Tal  vez por la misma razón por la que PP y PSOE se han convertido  en la más eficaz maquinaria de independentistas,  y los partidos separatistas en la mejor fábrica de neonazis  posfranquistas en el resto de España: la comodidad de  reducir el problema del Estado español y la democracia  europea a un enfrentamiento identitario, aún en términos  de reparto fiscal y financiero.
 
Durante los seis años que viví entre Madrid y Barcelona  siempre tuve la sensación de que los fantasmas de  la Guerra Civil estaban demasiado cerca de invocarse a la  mínima provocación. Imagen no sólo relativa a los miles  de muertos del bando perdedor, los republicanos, que aún  hoy permanecen sin identificar en fosas comunes a la vera  de caminos de pueblos habitados por una mezcla de calma  chicha y resentimiento, sino sobre todo al estancamiento  de la concordia consagrada por la Constitución posfranquista  de la Transición de 1975-78.
 
Ella sentó las bases de la España de las Autonomías,  un sistema que, a fuerza de anquilosarse como inmutable,  y no proyectarse como punto de partida y desarrollo de  un Estado federal, que ulteriormente adviniera en una  República contemporánea, terminó siendo percibido  por las nuevas generaciones (nietos y nietas de abuelos  humillados y ofendidos) como una suerte de limosna a su  diversidad, no sólo plurinacional, a cambio de perpetuar  a una Monarquía Parlamentaria, brazo político y rostro  amable del poder de la oligarquía y la milicia.
 
Durante décadas el mayor desafío secesionista fue el  del nacionalismo abertzale de ETA, que por su proceder  jamás pudo aglutinar a una mayoría social. Mientras ETA  existió, los distintos nacionalismos eran o bien satanizados  por cualquier falaz presunción de cercanía a ella, o  bien utilizados como garantes de la gobernabilidad del bipartidismo  hegemónico en Madrid: Partido Nacionalista  Vasco y Convergencia y Unión de Cataluña, ambos de derecha,  fueron los principales socios de PP y PSOE, a cambio  de canonjías en sus autonomías, reducidas a feudos.
 
Y mientras académicos liberales intentaban, sin éxito,  refundar el también conservador nacionalismo español  en los términos del patriotismo constitucional de Habermas,  el imaginario y el relato romántico quedó en  manos de nacionalistas de derecha en todas partes, al  punto de que incluso viejos anarco-independentistas de  izquierda, más cosmopolitas y antinacionalistas que otra  cosa, terminaron engrosando las filas de la defensa de la  identidad.
 
La emblemática Esquerra Republicana de Catalunya,  que como su nombre indica debería ser primero de  izquierda, luego republicana y finalmente catalana, hoy se  concentra sólo en el último de sus significantes.
 
Entonces el desafío catalanista ni siquiera se zanjará  con la justa y necesaria renuncia de Rajoy a la Presidencia,  por incompetente, sino en la medida en que se termine de  asumir la crisis nuclear del modelo de una transición eficaz  en su tiempo para recuperar la democracia formal y cierto  grado de convivencia, pero incapaz de ofrecer a sus múltiples  ciudadanías un proyecto que las cobije. Aunque suene  pasado de moda: abajo la Monarquía, viva la República.

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