Santiago Roldós

Muera la inteligencia

A un miembro de la supremacía blanca en la Alabama de los años 50 no se le ocurría odiar  a los negros, él sólo vivía de acuerdo a lo que  su congregación religiosa y política consideraba el orden  natural de su evidente superioridad, sustentada  en interpretaciones bíblicas y estudios biológicos que  confirmaban la proximidad de los negros a los animales  no racionales.
 
Para no ir tan lejos, en una navidad inolvidable,  personas de mi más grande afecto humillaron a su empleada  doméstica por el crimen de haberse duchado  en el baño del padre de la casa. No lo hicieron por animadversión,  sino por higiene. Para sus beneficiarios y  defensores, la segregación jamás nace en el odio, sino  en lo que ellos enuncian como lógico o natural.
 
Que la misma empleada doméstica, igual que la  negra de ese racista blanco de Alabama, entrara por  la puerta trasera de su casa para cuidar, alimentar,  bañar, limpiar el culo, brindar afecto y aún enseñarles  buenos modales a sus blancos hijos, no implica  contradicción alguna, sino la continuidad de la preservación  de los lugares del amo y el esclavo.
 
La buena conciencia se prodiga en retóricas y estrategias.  Cuando las primeras parejas interraciales  comenzaron a asomar su desvergüenza en las metrópolis  impías de Norteamérica, hubo defensores de su  no criminalización a cambio de que se mantuviesen  clandestinas: para estos singulares demócratas, ninguna  razón avalaba su derecho a exhibirse en público.
 
No tengo la menor duda ni de la buena intención  ni de la enorme ignorancia de gran parte de  quienes marcharon en las principales calles de  Ecuador en nombre de la defensa de la familia  (tradicional) y de su derecho, faltaba más, de elegir  el tipo de educación (obsesivamente la sexual)  que reciben sus hijos (habría que decir: los hijos y  las hijas de todas y de todos). 
 
Créanme que les entiendo. Yo me he tenido que  fajar para que en la escuela laica donde estudia mi  hijo la profesora de la clase extracurricular de Religión  deje de acosarlo a él y a nuestra familia por lo  que, a sus ojos, es normal: equiparar a crimen, tara, o  enfermedad contagiosa el tener otras creencias.
 
El problema, tal como confesaron en rueda de  prensa posterior a la marcha, es que para estas asociaciones  lideradas y/o manipuladas por religiosos  corruptos que privilegian ver pajas en ojos ajenos,  en lugar de las vigas con que sus instituciones  buscan perpetuar la esclavitud de su grey, su bienestar  no sólo depende de un democrático apartheid  que mantenga lejos de sus vidas a homosexuales,  transexuales, intersex, feministas e incluso heterosexuales  que vivamos en paz con la diferencia y la  posibilidad de que nuestros hijos escojan, elijan o  asuman su vida.
 
No. Se trata centralmente, y en Ecuador la reacción  lo está diciendo con meridiana transparencia,  de que el famoso bienestar de la supuesta mayoría  consista en derribar toda iniciativa en contra de la  violencia de género que no se fundamente en la visión  “complementaria” de la mujer. Así como se oye:  combatir la violencia contra la mujer perpetuando,  de raíz, la violencia histórica de su subalternidad. 
 
Bisabuelos ideológicos de las universidades del  Opus Dei donde hoy obtienen maestrías gran parte de  los cachorros de nuestra burguesía, los fascistas nacional  catolicistas españoles acuñaron en la Guerra Civil  una sentencia al parecer desgraciadamente válida para  estos tiempos: "¡Muera la inteligencia!"

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