La hora de Lenín, la hora de la sociedad

viernes, 20 abril 2018 - 01:22
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    No voté por Lenín Moreno. Creo que su  triunfo pasó por el fraude, fraguado por  las líneas más duras y corruptas del mismo  correísmo que destrozó y manipuló toda institucionalidad  en el Ecuador. Desde su elección  como compañero de Correa en 2006, Lenín ha  sido antes que nada una apariencia, la simpática  figura mediática encargada de equilibrar la irrefrenable  y sacrosanta violencia y prepotencia de  su exlíder. Y su grado de protagonismo y complicidad  con él, aunque sólo fuese por omisión, no  se limita a sus seis años como vicepresidente.
     
    Dicho todo esto, nunca como hoy entiendo  la lógica y la obligación de desearle todo el bien  posible al gobierno de turno, aun cuando uno no  comulgue con él. El desafío que tiene delante es  demasiado grande como para dejarlo peor que  solo, tan mal acompañado como está.
     
    ¿Cómo se traduce eso pragmáticamente? No  abrigué expectativa alguna sobre el Consejo de  Participación Ciudadana y Control Social transitorio,  cuya existencia me parece cuestionable.  Sin embargo, su conformación actual echa luces  de las reformas necesarias en el gobierno y el gabinete  de Lenín, empezando por algo tan simple  como la ubicación de nuevas funcionarias y funcionarios  del talante de Julio César Trujillo, Luis  Macas, el coronel Hernández, etc.
     
    Enfocada exclusivamente como guerra y exclusivamente  contra el narco, esa guerra está  perdida. La desatención a las fronteras encarna  la jerarquía demencial que puso a la Secretaría  Nacional de Inteligencia a perseguir a contendores  políticos, y se despreocupó de cuestiones tan  básicas como enviar municiones no caducadas a  cuerpos de seguridad integrados por trabajadores  que deben reembolsar al Estado el costo de  cada bala disparada.
     
    Como recordó Decio Machado en entrevista  en Radio Visión, se trata de crear las condiciones  materiales para que la población de esos problemáticos  lugares limítrofes tenga otras opciones  de producción y subsistencia: igual que en México,  Bolivia, Perú y Colombia, la guerra contra  el narco ha de ser también y principalmente una  guerra contra la precariedad y la pobreza.
     
    Siguiendo a Decio, estamos viviendo el cruel  despertar del sueño narcotizado y falaz del jaguar  latinoamericano que intelectuales y políticos  de otras latitudes debían conocer. Eso nunca  tuvo nada que ver con la realidad del desinterés  o incapacidad de desarrollar algún tipo de incentivo  o política agrícola a favor de los pequeños  productores de cacao en la región, por ejemplo.
     
    Mi hijo de 10 años me pregunta si es verdad  el rumor escuchado en un almuerzo de domingo,  relativo a que alias “Guacho” ya ha sido detenido.  “Me sentiría más seguro si esto fuera cierto”, dice  mi hijo, intempestivamente envejecido.
     
    Mientras cotejo que contestarle, para no  mentirle y a la vez no colocar sobre su cuerpo  una carga inmerecida, imagino a los niños y a  las niñas de esa frontera herida, donde no sólo  faltan tres compañeros de diario El Comercio y  cuatro infantes de marina, sino innumerables e  innumeradas vidas anónimas, de este y el otro  lado. Y fuera de ahí también nos faltan centenas  de mujeres asesinadas y maltratadas, niñas y  niños violados dentro del sistema de enseñanza,  y otros miles de atropellos.

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