Guardiola o las trampas de la fe

lunes, 7 mayo 2018 - 04:01
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    Convengamos en que el Real Madrid es el  lado oscuro de la fuerza, no sólo porque los  del Imperio y los de Florentino  Pérez se uniformen igual, sino que, al contrario de  las falsas ilusiones del cine de simulacro, Trump,  Correa, Darth Vader y Putin gobiernan la realidad  con la misma impunidad con que el Madrid gana  Champions tras Champions.
     
    El Barça en cambio es la melancolía hecha fútbol.  Si no fuera catalán sería portugués, y no al modo de  Cristiano Ronaldo, sino de Pessoa y el fado. Trágico  hasta el límite fársico del teatro del absurdo, un día cae  humillado por un comparsa del Calcio y acto seguido  ejecuta una de las sinfonías más bellas de los últimos  tiempos… en la final de una copa difícil de valorar.
     
    Pasolini, un homosexual amante del fútbol, como  tantos futbolistas homosexuales de clóset, vio que el  Mundial de México 70 Brasil se lo ganó a Italia porque,  mientras su país jugaba en prosa, los brasileños  jugaban en poesía. Un alto entendimiento herido de  muerte en España 82, tras perder una de las selecciones  más bonitas de la historia, la Brasil de Zico, Sócrates,  Toninho Cerezo y Falcao, a manos de la prosaica  Italia de Rossi, Dino Zoff, Altobelli y Gentile.
     
    Desde entonces Brasil ha ganado otros dos mundiales,  jugando más o menos horrible, y a los campeones  de Estados Unidos 94 y Corea Japón 2002 les pasa  lo mismo/lo contrario que a los subcampeones holandeses  de Alemania 74 y Argentina 78: gracias a Maradona  y a Messi, es decir gracias a Dios, no siempre se  recuerda a los que ganan, sino a los que mejor juegan.
     
    Ahí están los históricos dos no-goles de Pelé en  México 70: el cabezazo imposible que le saca Gordon  Banks en la línea; y la finta sin balón que termina  esquinando demasiado, tras mandar al arquero rival  a buscar la pelota a la cancha de Magic Jonhson.
     
    La muerte del jogo bonito fue el primer signo y  el más clarividente de la muerte de las utopías y los  grandes relatos, muy anterior a la caída del Muro de  Berlín. Pero en esos mismos años de desintegración  del socialismo del siglo XX, uno de los hippies de la  Holanda de los 70’s volvió al Barça como entrenador,  y desde ahí nos devolvió la fe en la belleza.
     
    Muerto hace bien poco, Johan Cruyff fue el padre  de la transformación, no sólo del Barça de su época,  sino de los del porvenir, en la Brasil + La Naranja Mecánica  de la posmodernidad. De la mano de ese estilo  Barça, amante de la posesión del balón y de defender  atacando, España trocó su patriarcal e ineficaz “furia”  por el mucho más femenino “tiki-taka”.
     
    El “tiki-taka” era el “ven toca tuya mía triangula  desdóblate ofrécete acompáñame que a su modo y  en su tiempo practicaron dos insignes exjugadores  del Atlético y el Madrid: Luis Aragonés y Vicente  del Bosque, respectivamente. Ambos hicieron de la  medular del Barça la base de los triunfos de España.
     
    Pero el heredero más directo de Cruyff se llama  Pep Guardiola. Jefe de máquinas del “dream team” de  Stoichkov, Laudrup, Koeman o Romario, construido  sobre el tesón de extraordinarios vascos (Zubizarreta,  Bakero, Begiristain, etc.), el Guardiola ya entrenador  hizo que mucha gente se preguntara si Víctor  Valdés en el arco; Dani Alves, Piqué, Puyol y Abidal  en defensa; Busquets/Yaya Touré, Xavi e Iniesta en  la media; y Messi, Eto’o y Henry adelante, no fue el  mejor equipo de todos los tiempos.
     
    Difícil comparar épocas, el presente siempre  inclina la cancha a su favor. Más interesante e importante  resulta preguntarse cómo se muere de éxito, y  cómo la belleza también intoxica.

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