Santiago Roldós

Feliz 2018, 19, 20, 21…

Las consultas populares, al menos en el Ecuador  reciente, han servido sistemáticamente para  erigir al nuevo cacique de turno. Con ese propósito  las convocó Correa, en el clímax de su popularidad,  pero también el impopular Fabián Alarcón,  necesitado de legitimar su presidencia de trapo.
 
La consulta trampa de Lenín es una mezcla de  ambas: aparentemente es un presidente popular,  pero al mismo tiempo goza de la enorme debilidad  y flaqueza de carecer de una base sólida, percibido  como un traidor por la mitad del movimiento que le  alquiló la presidencia, a la espera del retorno de su  verdadero Mesías.
 
En medio de este ajedrez burocrático, lo que las  y los ciudadanos vamos a deliberar en las preguntas  planteadas por Moreno es un simulacro, un sainete  similar a los ofrecidos durante los 10 años de “socialización  de los procesos de cambio”, eufemismo con  que los gobiernos de Correa, con participación directa  de Lenín, disciplinaron y acallaron la disidencia.
 
Evidentemente Moreno es más sutil y de algún  modo más hábil, pues ha convertido a su debilidad  –el fantasma de su antecesor y exaliado y padrino–  en su mayor virtud y fortaleza. Como si el Ecuador  no hubiese caminado ni cambiado un ápice en los 20  años transcurridos desde las protestas y el golpe de  Estado contra Abdalá Bucaram, la única razón realmente  válida para votar siete veces SÍ –dada la manipulación  y pobreza de las preguntas de Lenín– es que  el triunfo del NO supondría un triunfo de Correa.
 
La adhesión de las élites empresariales y mediáticas  a favor de la consulta de Moreno debería ser una  mala noticia y un mal augurio: si yo fuera de esos  periodistas que cambiaron el casete de la abominación  hacia el individuo Rafael por los elogios hacia el individuo  Lenín, mejor me quedaría callado, y no haría  demasiados aspavientos promoviendo el SÍ. En las últimas  décadas, ahí donde las élites han promovido delfines,  apadrinado consortes o simplemente colocado  su apoyo, el resultado ha sido generalmente negativo.
 
Quizás la única excepción en 20 años en la brecha  entre la lógica de las élites y la de las mayorías  históricas haya sido el primer Rafael Correa. Gracias  a la aberración política de su contendiente (Álvaro  Noboa) y a la acumulación de crisis que habían sumido  al Ecuador en una severa depresión, ese joven  tecnócrata aparentemente antisistema –pero de franco aspecto lasallano/salesiano–, logró el apoyo  casi incondicional de empresarios de derecha que privilegiaron  sus promesas de cambio y correazos por  encima de su retórica de izquierda.
 
Lula da Silva, todo hay que decirlo, había abierto  pocos años antes desde Brasil el camino para que el  socialismo del siglo XXI fuese percibido por las clases  dominantes de Latinoamérica menos como un riesgo  que como un pragmático aliado de los capitalismos  nacionales. La trama transnacional de Odebrecht  no es un accidente ni una anécdota, sino una masa  tumoral, entre otras, en el corazón de la estructura  misma del sistema.
 
Esta es la segunda razón de la poca confianza que  me inspira la adhesión de seguidores del Opus y otras  feligresías parapolíticas hacia Moreno, y mirando  hacia adelante, hacia personajes tan peculiares como  Gustavo Larrea, por quien incluso la aristocracia  guayaquileña ya deshoja margaritas de cara al 2021.  Como si la elección de Correa, Moreno, Glas, Larrea,  etc., fuera un reality show en busca del mejor patriarca  de la componenda posmoderna. Siempre en nombre  del progreso y la estabilidad, por supuesto.

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