¿El Mundial más feo de la historia?

jueves, 19 julio 2018 - 03:03
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    Según Infantino, Zar de la FIFA, “el mejor  Mundial de la historia” (Cruyff se vuelve a  morir, ahora de risa) ha servido para lavar en  el mundo “el rostro de Rusia”. Si quería referirse a  Putin, legítimo líder popular en la mortal acepción  de lo popular como zombis mediatizados por el  clientelismo, la religión y el mercado, ha dado en el  clavo. Este no fue el Mundial más feo de la historia,  sólo uno de ellos. Entretenido y al alcance de los  grandes públicos, se pareció a una serie de Netflix:  mucho suspenso, desenlaces semi asombrosos,  actores secundarios cabales, emociones a raudales y  poca calidad artística.
     
    Según esto, Bélgica y Croacia practicaron el mejor  juego; pero Perú o Marruecos, eliminadas en primera  ronda –con la injusticia propia inherente al fútbol–,  podrían reclamar ese cetro. Francia, la justa y tediosa  campeona, reactualizó el método Bilardo/Mourinho/ Simeone: renuncia a la posesión y a los volantes de talento  a favor de un medio campo físico y espera paciente  al error del adversario para contraatacar con eficacia.
     
    En el Mundial del VAR, para los conservadores:  un dispositivo que amenaza con desnaturalizar  al fútbol arrastrándolo a los impuros terrenos  de la NBA o la NFL, se dio un pasito más en el  recorte de distancias entre las potencias y la clase  media y baja del fútbol, en gran medida gracias a  un nuevo giro de tuerca de su artemarcialización:  como el judo, la escuela de esta Francia fue convertir  la energía del rival en su kryptonita.
     
    El fútbol y todo fenómeno y espectáculo de masas  como dispositivo de control no se agota en ser  un make-up del fascismo (además de la bendición  planetaria a la hospitalidad y la eficacia putiniana  para borrar del mapa a sus hooligans, el jolgorio  machista imperante no se cansó de enfocar a la  ultraconservadora presidenta croata). La crisis de  las estrellas encarna la crisis del extravío de la representación  del Estado Nación en el contexto de  la globalización capitalista y de la expropiación del  cuerpo del trabajador/jugador más allá de un calendario  casi inhumano.
     
    Transnacionalizadas las ligas, manejados los  clubes por jeques del petróleo árabe, la mafia rusa  o la especulación inmobiliaria española -el magnate  Florentino Pérez y su Real Madrid, otrora representante  de la españolidad, birlaron a España su  entrenador dos días antes del inicio del Mundial,  sin despeinarse-, los jugadores ya no son simples  futbolistas, sino “verdaderas empresas”, por todo  el dinero y la política que “se mueve” a su alrededor  más allá de su trabajo en el campo de juego.
     
    ¿A quiénes representa Messi, a qué o a quiénes  puede representar? En el caso de Ronaldo la respuesta  parece más sencilla: a sí mismo. Pero eso sólo  desde el maniqueísmo romántico que ha querido  manejar la oposición Messi-Ronaldo como la contradicción  binaria entre el pibe que sólo sabe/quiere  jugar y el cíborg prefabricado por la competencia.  Rusia confirmó que ambos, con distintos humores y  programas, se han robotizado.
     
    Devastados humanoides, como los replicantes  de Blade Runner, ellos y Neymar arrastraron la  melancolía de querer seguir siendo “hombres nacionales”  pese a haber mutado ya hacia “consorcios  transnacionales”. No en balde sus gestos y sus cuerpos  parecen cada vez menos reales y cada vez más  próximos a los de sus avatares de la Play Station. 

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