La pérdida gestacional de Valbonesi, la muerte de Sensi Contugi y el fallecimiento de Silvia Buendía revelan cómo el odio político ha quebrado la empatía básica en el entorno digital.
LEA TAMBIÉN: La próxima batalla contra las mafias: ¿Cómo blindar los municipios ?
La crueldad no tiene bandería política ni militancia exclusiva. Ataca por igual: desde la oposición ciega hasta el fanatismo moral. En el debate público actual, parecemos incapaces de reconocer la humanidad de aquellos que piensan distinto, que incomodan por el lugar que ocupan o por lo que representan.
Tres tragedias, la misma miseria moral
En semanas recientes, tres hechos distintos confirmaron la gravedad de este deterioro:
El duelo íntimo convertido en burla: La pérdida gestacional de Lavinia Valbonesi, esposa del presidente Daniel Noboa, provocó mofas y comparaciones absurdas en redes. Se asumió, con pasmosa frialdad, que el dolor de una pareja puede ser desestimado por el rol de poder que ostenta.
El festejo de una tragedia aérea: En Kenia, el director de Inteligencia, Michele Sensi Contugi, y su esposa, Stephanie Hollighan, murieron en un accidente de aviación. Sus muertes repentinas y la orfandad de dos niños quedaron reducidas, para varios sectores, al festejo de que él ya no ocuparía el cargo.
LEA TAMBIÉN: Depuración política: que los intereses creados no revivan a los muertos
El desprecio póstumo a la disidencia: El fallecimiento a causa de cáncer de la activista de derechos humanos Silvia Buendía fue respondido con el veneno de la intolerancia ideológica y la mezquindad frente a su trayectoria.
Estos episodios evidencian que ni siquiera la muerte es capaz de recordarnos nuestra fragilidad compartida.
"Si no se tiene nada bueno que decir ante la muerte o el dolor ajeno, lo mínimamente humano es el silencio"
El negocio del fango y la dopamina del like
¿Cómo llegamos a esta condición deshumanizadora? ¿Por qué la conversación pública se libra en el lodo?
Una parte fundamental del problema radica en la arquitectura de las plataformas digitales: el algoritmo premia la controversia y monetiza la indignación. Detrás de una pantalla —a veces dando la cara, otras en la cobardía del anonimato— se busca la dopamina rápida del like, ese aplauso efímero que alimenta el costado más oscuro de quien escribe.
En esa dinámica destructiva, se olvida que detrás de cada tragedia o fallecimiento hay una familia, amigos y deudos que sufren una ausencia real e irreparable.
LEA TAMBIÉN: El nuevo mandato de la Alianza Público-Privada
Si no se tiene nada compasivo que decir ante la muerte, lo humano y decente es guardar silencio, no desfogar resentimiento e intolerancia. Mientras sigamos normalizando la crueldad como herramienta de debate, el tejido social seguirá roto.