El dicho popular "hecha la ley, hecha la trampa" resume con precisión la historia de los partidos políticos nacionales. Ya la Constitución de 1979 fijó una regla básica: aquellas organizaciones que no alcanzaran al menos el 5 % de los votos en dos elecciones consecutivas debían ser eliminadas del registro electoral.
En 1978, durante el retorno a la democracia, Osvaldo Hurtado lideró la comisión encargada de estructurar las leyes de referéndum, elecciones y organizaciones políticas. El objetivo era claro: construir un sistema de partidos moderno y dejar atrás la vieja costumbre de crear membretes personalistas, regionales o armados exclusivamente alrededor de un caudillo de turno.
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Casi medio siglo después, seguimos atrapados en el mismo punto de partida.
Un sistema electoral en declive
A lo largo de las décadas, la normativa acumuló cinco reformas y constantes maniobras de las autoridades electorales para mantener con respirador artificial a partidos sin respaldo ciudadano. El resultado es una democracia enferma:
235 organizaciones políticas activas entre escala nacional y local.
Partidos "de alquiler", listos para negociar su personería jurídica al mejor postor.
Estructuras caciquiles, donde el dueño del movimiento impone candidatos a dedo, burlando los procesos de democracia interna.
Vulnerabilidad institucional, un terreno fértil para que el dinero ilícito y el narcotráfico financien campañas y ubiquen fichas en las listas.
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El costo de la dispersión
Con las reformas vigentes al Código de la Democracia, el próximo ciclo electoral abre una oportunidad real para iniciar el saneamiento. Si la ley se aplica con rigor, numerosas agrupaciones que hoy están "en capilla" perderán su registro.
No se trata de borrar organizaciones por decreto ni de restringir el pluralismo, sino de exigir un umbral mínimo de representatividad real.
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Los partidos de papel fragmentan el voto, encarecen los procesos electorales para el Estado y operan como focos de corrupción. La depuración del padrón no resolverá por sí sola la profunda crisis de representación que vive el país, pero marca el inicio necesario.
Que los intereses de siempre no vuelvan a levantar a los muertos.