Alfredo Pinoargote

Rescate

El desenlace en cámara lenta de la crisis venezolana se desparrama en muchas aristas,  pero es evidente que el núcleo del problema  es la corrupción en sus más diversas manifestaciones. Ahí está el precio del rescate de una república de papel que tiene dos ropajes. El general en  servicio pasivo Hamilton Mourao, vicepresidente  del Brasil, tuvo el desparpajo de decirlo. Se le está  buscando una vía de escape a Maduro, marioneta  de una fuerza armada sostén de esa dictadura  corrupta, y a todo su séquito de criminales uniformados que prostituyeron los ideales de Bolívar,  los principios de una revolución, que podía ser  acertada o equivocada, y el futuro de una masa  popular paupérrima vegetando sobre riquezas  naturales de leyenda.
 
Es tan evidente el precio del rescate que negociado por la comunidad internacional pagará de por  vida el pueblo venezolano, que ni el Santo Padre  en sus fallidas mediaciones ni la larga lista de exmandatarios que desfilan por la pasarela aluden a  sancionar la corrupción. Enarbolan con florida fraseología los principios abstractos de la democracia  y algunos profetizan recuperación con la aplicación  del liberalismo capitalista ansioso de los recursos  naturales venezolanos. Entre tanto solo Guaidó  machaca contra la corrupción… ¿para lavarse las  manos, ganar popularidad, o perseguirla con una  justicia domesticada por 20 años de dictadura?
 
Esto no es una visión pesimista de un tortuoso proceso sino la apreciación realista de una  evolución concreta en la región. Que cabalga en el  círculo maldito que dibuja el péndulo histórico de  la política. Esta evolución del péndulo dictadurademocracia, derecha-izquierda, o civiles-militares,  poco a poco se ha enraizado en el denominador  común de un valor político cada vez más robusto.  El antivalor moral de la corrupción.
 
Los últimos 30 años de política latinoamericana  transitaron del gorilarium, que justificaba la guerra fría como una defensa contra el totalitarismo  comunista, a la restauración de la democracia civil  con sus dictaduras plebiscitarias. Entre las reliquias  que se conservan, como la dictadura cubana, detrás  de la coreografía de ocasión sobresalen dos muchachos de origen humilde. Dos destinos y un solo  dios verdadero. Pablo Escobar y Lula da Silva junto  al tótem de la corrupción. Del narcotráfico apoderándose del derecho constitucional para consagrar  la no extradición de nacionales, porque es mejor la  muerte antes que una cárcel en EE.UU. según pontificaba el patrón del mal, hasta un banco off shore  exclusivamente para pagar sobornos a izquierda y  derecha en 12 gobiernos democráticos de la región  con el líder de la democracia más grande haciendo  de jefe de ventas.
 
Con un entorno así es normal que el vicepresidente de derecha de esa democracia plantee que  Maduro caerá cuando se le encuentre una vía de escape. Lo que viene después es pan comido, encuestas pagadas para que pregunten qué es lo que más  preocupa al pueblo, la corrupción o el empleo…

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