Alfredo Pinoargote

Reinstitucionalización

La descorreización de la  república de papel es una  acción política lógica y  saludable simultánea a la  reinstitucionalización de la democracia sodomizada, por una década  de dictadura.
 
Pero la clase política, de gobierno  y oposición, a la que más le agrada  estar cómoda, según perifoneaban  los chulos de la partidocracia, prefirió solo quedarse en descorreización. Para el efecto en dos años se  ha intoxicado a la república con una  denunciología cuyo mérito es darle  validez a lo que se denunció en la dictadura, pero cuyo demérito yace en  el incumplimiento del mandato de la  consulta popular 2018, de sancionar  a los corruptos y recuperar lo robado.
 
Mientras el INEC reporta crecimiento imparable de desempleo y subempleo a la oferta de crear empleo, respondiendo así a la cruda realidad al  lavamanos de que según encuestas la  corrupción no le importa al pueblo.  Pero el empleo y las sanciones se  fueron juntos de vacaciones.
 
Esta dura e inmensa tarea de  reinstitucionalizar y sancionar a los  corruptos pretendió resolverse con  el cómodo simplismo de una consulta popular diminuta, revistiendo al  Consejo Transitorio de Participación  Ciudadana de la facultad de cesar en  sus cargos y designar reemplazos en  las funciones Electoral, de Control, y  de Justicia. La justicia quedó intocada y todos los días le saca la lengua  a la ciudadanía con fugas a la carta  y cero sentencias en firme contra el  crimen organizado que subyugó a la  administración del Estado. Mientras  en el lavamanos colectivo de la Asamblea se siguen juicios políticos contra  exfuncionarios a quienes ya no se  puede destituir, y gozan en el extranjero de sus fortunas mal habidas.
 
La inauguración de la denunciología elevó credibilidad y popularidad  pero al mismo tiempo la carencia de  sanciones ha provocado tal desmoralización que ha llegado a la categoría  de convicción que la mejor forma de  hacerse rico sin trabajar es como funcionario público. Entre tanto la gran  mayoría popular carece de conciencia  de que es a ellos que les robaron su  plata para escuelas, hospitales, universidades o carreteras, porque como  nunca han tenido ni en qué caerse  muertos es imposible que crean que  el crimen organizado a ellos se les llevó montañas de millones de dólares.
 
Esta situación anómala llegó al  paroxismo cuando después de enmendar la Constitución, con la consulta diminuta, para que el pueblo  elija a los consejeros de Participación Ciudadana, inmediatamente,  se propone suprimir ese Consejo  mediante otra consulta diminuta,  por parte de los mismos líderes que  pidieron el voto en apoyo de la enmienda que dejó con vida a un ente  que no justifica su existencia.
 
De allí que es un destello de cambio, a la tónica predominante de que  todo cambia pero nada cambia, la  propuesta del comité de institucionalización democrática, que fundó  Julio César Trujillo, para suprimir el  Consejo de Participación Ciudadana  y en su lugar crear un Senado elegido  por el pueblo que tenga la competencia del control político y la lucha  contra la corrupción.

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