Sector camaronero activa planes de prevención por el fenómeno El Niño

Se estima que el nivel de afectación por el evento climático dependerá de la intensidad de las lluvias y de las condiciones de cada granja. Los especialistas coinciden en que el mensaje debe ser de preparación y no de alarma.

La presencia del fenómeno de El Niño ha encendido las alertas en el sector acuícola por las po­sibles amenazas fitosanitarias y los daños en infraestructura que po­dría generar. De acuerdo con el Informe Ejecutivo ENOS 2026, a escala nacio­nal existen 3.431 predios camaroneros, de los cuales 2.977 se encuentran en áreas con algún nivel de susceptibilidad a inundaciones.

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La Cámara Nacional de Acuacultura (CNA) estima que alrededor de 110.000 hectáreas de cultivo están potencial­mente expuestas a inundaciones, princi­palmente en las provincias de Guayas, El Oro, Santa Elena, Manabí y Esmeraldas.

Sin embargo, aclara que el nivel real de afectación dependerá de la intensi­dad y duración de las lluvias, el nivel de los ríos y estuarios, las mareas, la eleva­ción del terreno y, particularmente, de las condiciones de infraestructura de cada granja.

Las lluvias prolongadas, explica la CNA, pueden de­teriorar o saturar muros y caminos, así como erosión, filtraciones, desli­zamientos y rotura en los bordes de las piscinas, lo que pue­de ocasionar la pérdida parcial o total de la biomasa cultivada. Asimismo, el mal temporal puede volver intransitables los caminos inter­nos y accesos a las granjas.

Las camaroneras con muros bajos o deteriorados, con reducido bordo li­bre, deficiente capacidad de drenaje, es­taciones de bombeo vulnerables y cotas topográficas bajas presentan una mayor exposición”, advierte el presidente ejecu­tivo de la CNA, José Anto­nio Camposano.

Las estaciones de bom­beo de las camaroneras también pueden presentar problemas por el aumen­to del nivel del estuario, la acumulación de basura, se­dimentos y vegetación en las tomas, además de daños eléctricos o mecánicos.

Riesgos fitosanitarios

La infraestructura no es lo único que preocupa al sector. En el ámbito sanita­rio, se prevé que las lluvias intensas re­duzcan la salinidad de las piscinas, es­pecialmente en las capas superficiales. Esto puede generar cambios simultá­neos en pH, alcalinidad y desestabiliza­ción del fitoplancton, provocar morta­lidad de algas, incrementar la materia orgánica y elevar el consumo de oxígeno.

Cuando esto ocurre, el crustáceo gasta más energía para mantener su equilibrio osmótico y puede desarro­llar estrés fisiológico y disminuir su re­sistencia frente a bacterias como Vibrio y otras afectaciones que comprometen las branquias y el tracto digestivo.

El problema no es solo cuánto llue­ve, sino la velocidad con la que cambian las condiciones de la piscina, explica el docente investigador de la Facultad de Ingeniería Marítima y Ciencias del Mar de la ESPOL, Adrián Márquez. Duran­te estos periodos se debe incrementar el monitoreo de salinidad, temperatura, oxígeno, pH y alcalinidad y evitar ma­nejos que añadan más estrés al cultivo.

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El especialista aclara que el fenóme­no de El Niño o las lluvias no generan enfermedades ni provocan que un vi­rus determinado se multiplique. Lo que pueden producir las fuertes precipita­ciones es un cambio en el equilibrio en­tre el camarón, los microorganismos y el ambiente, por lo que recomienda vigilar las bacterias del género Vibrio y patógenos como el virus de la man­cha blanca, WSSV e IHHNV.

En el caso de WSSV, estudios ex­perimentales han demostrado que des­censos bruscos y extremos de salinidad pueden aumentar la susceptibilidad del ca­marón a la infección, particularmen­te cuando estas condiciones coinciden con periodos fisiológicamente vulnera­bles como la muda”, resalta.
$!Se prevé que las lluvias intensas disminuyan la salinidad de piscinas de baja profundidad o con poca capacidad de recambio.

Planes de contingencia

Durante El Niño de 1997–1998, alrede­dor de 3.400 hectáreas de camaroneras sufrieron pérdidas por cerca de ocho millones de dólares, equivalentes en 2026 a cerca de 17 millones de dólares.

Aunque en ese entonces el sector lo­gró compensar parte de los daños me­diante incrementos de producción aso­ciados a condiciones oceanográficas favorables, el evento evidenció la vulnera­bilidad física de las granjas frente a inun­daciones y daños en infraestructura.

El investigador de la ESPOL indica que la historia de la camaronicultura ecuatoriana muestra que se debe tener cuidado al calificar a El Niño únicamen­te por su intensidad.

El evento de hace 29 años, por ejem­plo, fue uno de los más intensos y pro­dujo graves daños en carreteras e in­fraestructura. Sin embargo, el sector se había preparado con meses de anticipa­ción, con refuerzo de estructuras, plani­ficación logística y una relación cercana entre productores e investigadores.

“Hubo daños y riesgos importantes, pero también condiciones productivas favorables y, sobre todo, una respuesta preventiva del sector que ayudó a redu­cir las pérdidas”, resalta Márquez.

En aquel entonces, las altas tem­peraturas favorecieron el crecimiento del camarón y la disponibilidad de lar­vas naturales, que antes se capturaban del medio ambiente. Sobre este pun­to, el coordinador de la Unidad Acua­cultura del Instituto Público de Inves­tigación de Acuicultura y Pesca (IPIAP), Milton Montúfar, indica que, si bien un calentamiento moderado puede favore­cer el crecimiento de los animales, esta ventaja se pierde cuando coincide con hipoxia, una disminución rápida de la salinidad o una biomasa cercana a la ca­pacidad de carga.

“El efecto favorable de la tempe­ratura sobre el crecimiento del camarón tiene un límite. Bajo determinadas condiciones, el mejor equilibrio entre crecimiento, supervivencia y produc­ción se ha observado en alrededor de 28 a 30º C, con salinidades entre 33 y 40 por ciento. Sin embargo, cuando la tem­peratura aumenta demasiado, ese bene­ficio se pierde”, alerta.

Los especialistas recalcan que no todos los fenómenos de El Niño fuertes producen el mismo efecto en Ecuador. Por ejemplo, en el 2015 - 2016 se pre­sentaron eventos muy intensos en el Pa­cífico central, pero tuvieron un impacto menor sobre las costas.

Lo determinante no es solo cuánto se calienta el Pacífico central, sino dón­de está localizado ese calentamiento, qué ocurre cerca de las costas y cómo responde la atmósfera.

El efecto final dependerá de la evolución oceano­gráfica, la distribución de las lluvias, la respuesta de las cuencas, la salinidad, el oxígeno, la biomasa y la capacidad operativa de cada finca. “La fortaleza del sec­tor dependerá de su ca­pacidad para convertir información cli­mática, productiva, sanitaria, energética y comercial en decisiones oportunas”, enfatiza Montufar.

Para Adrián Márquez, las condicio­nes de este y el próximo año justifican una preparación seria. Sin embargo, toda­vía no sería científicamente correcto afir­mar que se repetirá un escenario como el de 1982–1983 o 1997–1998 solo porque el océano está muy caliente.

El mensaje para el sector camaro­nero debería ser de preparación y no de alarma. Tenemos mejores sistemas de monitoreo, mayor capacidad tecnológi­ca y mucha más experiencia que hace 30 años, pero precisamente esa experiencia nos enseña que las medidas preventivas deben tomarse antes de que comiencen los impactos”, recomienda.

Más información del sector camaronero en la edición 87 de Revista Enfoque.