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Juliette

jueves, 8 abril 2021 - 05:52
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Tengo la oportunidad de tener una columna de opinión y si escribo no quiero que sea tibio, recitado ni esperado. Escribir es sentir y contar tu verdad aunque te desnude y te haga quedar mal. Estamos viviendo el mes del amor y la amistad y las redes sociales se llenan de declaraciones, de fotos con filtros, de romances idealizados y todo huele a amor correspondido. Yo prefiero contar una historia tan linda como compleja porque el amor verdadero duele, emociona y enseña. No cabe en una foto o una cena.  
 
¿Pero qué es el amor? Nace de la nada y llena todos los espacios sin que te des cuenta. Un día te levantas y estás rendido a los pies de alguien. Voy a contar mi parte del misterio. Hace 20 años nació mi hija. Nunca quise tener hijo aunque adoro los bebés y los niños. 
 
Siempre fui temeroso, al mismo tiempo idealista y romántico, la idea de tener un hijo me parecía una misión de vida pero no era para mí. Siempre me sentí inconcluso, algo como un niño que no crece, que quiere detener el tiempo y aplazar las decisiones. 
 
Cuando nació Juliette la recibí en brazos y no sentí nada. Había imaginado una emoción que no llegaba. Juliette era hermosa, tenía los ojos grandes, me miraba, había sufrido con unos fórceps que le habían lastimado la cara pero éramos como dos extraños. Los días pasaban, la cuidaba, le hablaba, le cambiaba los pañales, me despertaba de noche… y un día pasó algo cursi pero para mí fue el nacimiento del amor. Juliette me dijo: Pa pá, pa pá. Lo dijo una y otra vez y yo lloré de inmediato. En ese momento surgió la conexión que tanto anhelaba.
 
"¿Pero qué es el amor? Nace de la nada y llena todos los espacios sin que te des cuenta"
 
Hablábamos, nos reíamos, paseábamos y cuando se despertaba de noche la colocaba sobre mi pecho, ponía música y terminábamos dormidos los dos en el sofá de la sala. Mi “gorda” creció con la sensibilidad y los permisos ilimitados de su papá y el rigor y la responsabilidad de su mamá. 
 
Con ella iba a pasear a los malls y la sentaba en Pibes para que le hagan un peinado extravagante, luego le contaba de las vitrinas, de la gente, de los colores. Éramos dos seres que se maravillaban de todo. Juliette fue una niña feliz, pero cuando creció tuvo que lidiar con una realidad que la golpeó: vivir en una sociedad conservadora con un padre europeo, una madre latina y convivir en medio de dos idiosincrasias opuestas, andar con el deseo de ser única, distinta y el miedo de ser rechazada por el grupo. Yo siempre le decía: “Juliette, ser distinta es lo máximo” pero la sociedad le decía: “Solo la familia y la pertenencia al grupo te dará paz y felicidad”. Nadie estaba equivocado pero Juliette empezó a titubear.
 
Me divorcié de su mamá y Juliette nos dio una lección a todos. Decidió vivir lo suyo. Se fue a Francia a estudiar arte. Es una excelente alumna. Es temerosa y sensible como el papá pero tiene la fortaleza de su mamá y se está convirtiendo en una artista única. Se fue sin saber bien el idioma, llegó el covid y sigue avanzando. Si no fuera por ella no tuviera esas ganas de vivir, de amar y de ser mejor ser humano, periodista y pareja. Mi hija me enseña a ser feliz, es mi norte, mi inspiración. Gracias, te quiero Juliette.
 
 

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