Isla Puná y la promesa incumplida del agua potable
Aunque se anunció un sistema de agua potable con cobertura permanente, en la isla Puná, una de las parroquias rurales de Guayaquil, la realidad es distinta. Un equipo de Vistazo visitó cinco de sus más de 20 comunas y constató cómo viven sus habitantes.
Puná es la tercera isla más grande del Ecuador en extensión, solo superada por la isla Isabela y la isla Santa Cruz, en Galápagos. Es una de las parroquias rurales de Guayaquil y para llegar a su cabecera, desde la ciudad, hay que tomar una lancha en el Mercado La Caraguay, al sur.
Pero Puná no sólo es ese punto céntrico; de hecho la integran 22 comunas, muchas de ellas también accesibles desde Posorja, que es otra de las parroquias rurales de Guayaquil. En todas, en mayor o menor medida, las necesidades abundan: falta de luz, recolección de basura, educación de calidad y acceso seguro al agua potable.
Hace casi cuatro años, un equipo de periodistas de Vistazo visitó varias de las comunas de Puná y constató cómo las necesidades básicas no eran cubiertas. Algo casi similar a lo que sucede ahora, confirmado en una visita a mediados de este mes de marzo, a cinco comunas del sur de Puná: Bellavista, Estero de Boca Alto, Estero de Boca Bajo, Cauchiche y Subida Alta. En esta última incluso se pasó la noche para confirmar los comentarios de los habitantes.
La alegría y el cálido recibimiento de sus habitantes se desvanece cuando hablan del agua. “Si nos dieran a elegir entre ser millonarios y tener agua potable, elegiríamos el agua. Es lo más indispensable para sobrevivir y lo que necesitan nuestros animalitos y las plantas. No hay dinero que pueda reemplazar eso”, dice Mirna Chalén, presidenta de la Comuna Subida Alta.
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En el 2025, el Municipio de Guayaquil anunció la llegada de ese servicio a estas zonas. “Con la puesta en marcha de la planta potabilizadora, la Isla Puná inicia una nueva fase de desarrollo integral que beneficiará a cerca de 5.000 habitantes, al garantizar agua potable disponible las 24 horas”, publicaron en un comunicado en agosto de ese año.
Esto, en la práctica, no se cumplió. Además de pagar la factura del servicio de agua potable, Mirna debe comprarla de otra manera: cada semana adquiere dos tanques en una comuna cercana que cuenta con un pozo. Cada tanque puede costarle hasta seis dólares; con esa agua se bañan, limpian y lavan ropa porque el servicio, que debería ser continuo, se corta todos los días. En cambio, para cocinar y consumo humano, deben viajar hasta Posorja a comprar botellones.
CIERRE DE POZOS COMUNITARIOS
Cuando se llega a la comuna Estero de Boca Alto, lo primero que aparecen son los chivos y burros, la vegetación verde, las zonas terrosas y un sistema de agua, que pertenece a Interagua, que parece lo suficientemente nuevo como para funcionar sin problema.
Antes de tener ese sistema, la comuna se abastecía de un pozo cercano, al igual que otras zonas como Estero de Boca Alto, Bellavista y Cauchiche. Pero aunque el cierre del pozo llegó con la promesa de cambiarlo por un servicio de agua permanente, solo trajo problemas. “Ahora tenemos agua de cañería, pero es bastante mala y la presión es deficiente. Tenemos por la mañana y en la tarde ya no hay. Usted sabe que en Ecuador todo comienza con bombos y platillos y después baja la calidad de las cosas. Ya me da vergüenza de tanto llamar a pedir que solucionen el problema”, explica Elvis Salazar, de 66 años, morador de Estero de Boca Alto.
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Vistazo contactó a los voceros de Interagua, la compañía concesionaria que da el servicio de agua potable para todo Guayaquil, incluida la parroquia Puná. Aunque no dijeron si planean reabrir el pozo comunitario como una medida de contingencia frente a la escasez, señalan que EMAPAG, la empresa pública que la regula, ejecuta un proyecto para extender el servicio a recintos alejados que, por las condiciones geográficas y la falta de fuentes de agua dulce, dificultan la dotación de agua potable. Entre esos recintos que mencionan están todos los visitados para este reportaje.
Pero la intermitencia del agua no es el único desafío. Para habitantes como Manuela Medina, de 77 años, el verdadero reto es sostenerse económicamente. Ella es jubilada voluntaria, vive sola y subsiste con 200 dólares al mes. Es decir, tiene alrededor de seis dólares diarios para comida, necesidades básicas, medicinas y, sobre todo, agua porque de lo contrario no podría comer.
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Esto hace que, además de pagar la cuenta del servicio de agua, ella debe comprar botellones en Posorja. En ese costo no solo está el valor del agua, sino también el traslado de ida y vuelta en lancha. A veces, incluso, debe pagar para trasladarse en una camioneta cuando el acceso por el manglar está seco y hay que entrar directo desde la playa.
AGUA DE LLUVIA Y AGRICULTURA
Entre las alternativas que tienen los habitantes de Puná, para sortear sus días sin agua, está la lluvia. Esta imagen se repite en el recorrido de Vistazo por las cinco comunas, con sistemas artesanales para su captación. En la época invernal, los habitantes aprovechan las precipitaciones para almacenar esa agua y utilizarla en sus actividades diarias.
En algunos hogares, incluso, tienen filtros que fueron donados por una organización estadounidense hace mucho tiempo, y que utilizan para mejorar la calidad de esa agua y así consumirla. Pero esta práctica no está exenta de riesgos.
Jimmy es agricultor y ganadero; su labor depende de la época. En la estación lluviosa aprovecha al máximo sus plantaciones de sandía, yuca, choclo, entre otros productos. Cuando llega la época seca se debe desplazar a zonas donde los animales puedan alimentarse y encontrar agua. Su supervivencia depende de qué tanta agua pueda conseguir.
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EL AGUATERO
Frente a esto, hay soluciones que nacen desde las organizaciones de la sociedad civil para hacer frente a estos problemas. Uno de ellos es el proyecto de “El Aguatero”, de la Fundación The Social Project, que con el apoyo de una empresa privada, lleva equipos que generan agua atmosférica. Es decir, agua a partir del aire y la humedad.
¿Cómo funciona? El equipo capta la humedad del aire, la condensa y la convierte en agua purificada a través de un sistema de filtrado y ozono. Este produce 50 litros diarios de agua y fue instalada en la Escuela John F. Kennedy, en la comuna Cauchiche, para que casi un centenar de niños tenga agua en toda su jornada escolar.
Pero este proyecto no sólo se limita a los estudiantes. Cuando el equipo está inutilizado, los fines de semana, queda a cargo de los padres de familia. Ellos sacan los 100 litros de agua generados en esos dos días y con otro equipo llamado Clortech, también entregado por la fundación, generan cloro a partir de esa agua, sal y electrodos.
“El cloro lo utilizas para mejorar los reservorios y evitar todo el tema de microorganismos. Esa es la misión de El Aguatero”, destaca Ezequiel Castro, director de la Fundación The Social Project.
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Cada seis meses, los equipos son sometidos a pruebas por una empresa externa para evaluar la calidad del agua que generan y verificar que no tenga ningún microorganismo presente. Hasta la fecha, han instalado equipos de agua atmosféricos en cuatro comunidades y la meta para este 2026 es tener veinte equipos operativos para purificar cerca de 365 mil litros de agua.
La Organización Mundial de la Salud indica que cada persona adulta debe ingerir entre 1,5 y 3,3 litros de agua al día. En la isla Puná, eso es cuestión de suerte. El acceso a agua segura es una preocupación diaria y una aspiración que sólo se concretan con soluciones comunitarias o el apoyo de entidades externas con proyectos como El Aguatero.
En este Día Mundial del Agua, el mayor pedido, y también el sueño, de los habitantes de las cinco comunas visitadas es uno: que se cumpla la promesa de tener agua segura las 24 horas del día, los 7 días de la semana.