Desde una bicicleta suspendida a varios metros del suelo, se extiende un manto de árboles que parece no tener fin y cubre las montañas del noroccidente de Pichincha. Por unos minutos, la sensación es la de avanzar entre las nubes. Sin embargo, la vista ofrece mucho más que un paisaje imponente: cada árbol, que puede alcanzar los 40 metros de altura, forma parte de la Reserva Mashpi-Tayra, ubicada en el Chocó Andino, una región donde confluyen el bosque húmedo del Chocó y los bosques nublados de montaña.
Esta zona protegida se extiende aproximadamente entre los 600 y los 1.300 metros sobre el nivel del mar. Aquí, la humedad, las lluvias y la altura crean una de las regiones con mayor diversidad biológica del planeta y conserva especies que no existen en ningún otro lugar del mundo.
Nuestro país no es el único en albergarlo. El Chocó Andino es una extensa región biogeográfica que va desde Panamá hasta el noroccidente de Ecuador y alcanza sectores del norte de los Andes peruanos. Se estima que cerca del 25 por ciento de sus especies son endémicas.
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Pero esa riqueza enfrenta una amenaza: la pérdida de hábitat. En Ecuador, por ejemplo, queda una porción mínima de su bosque original. Esteban Calvache, biólogo residente del Mashpi Lodge, calcula que los remanentes en el país representan alrededor del tres por ciento de la cobertura original.
Esta pérdida no es menor. Un bosque continuo ofrece alimento, refugio y rutas de desplazamiento para la fauna. Cuando desaparece o queda dividido por cultivos, caminos y zonas intervenidas, las especies pierden espacio y sus poblaciones pueden quedar aisladas.
Por eso, conservar los fragmentos no basta si no se protege también la conexión entre ellos. Su valor no solo se limita a las especies que alberga. Sus árboles capturan carbono para purificar el ambiente, sus plantas ofrecen alimentos que nutren a la población de grandes ciudades como Quito, es refugio de numerosos animales, la vegetación mantiene el suelo estable y lo más importante: ayuda a regular el ciclo del agua del que dependen las comunidades cercanas.
Secretos sin descubrir
En el territorio del Chocó ecuatoriano, la investigación ha permitido descubrir una parte de lo que permanece escondido entre las hojas, el suelo y las copas de los árboles. Los registros actuales incluyen más de 400 especies de aves, cerca de 300 especies de mariposas y polillas, y alrededor de 50 especies de mamíferos.
Pero los descubrimientos están lejos de terminar. Un estudio realizado con trampas para insectos voladores identificó cerca de 8.000 posibles especies nuevas a escala molecular. Todavía hace falta describirlas de manera formal para confirmar cada una.
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Mateo Roldán, director de Investigación de Mashpi Lodge, explica que el hotel ayuda a sostener esa labor. La investigación y la conservación existían antes de su construcción; pero el turismo aportó una forma de financiarlas y mantenerlas en el tiempo. Hoy, el equipo científico está integrado por seis personas y trabaja con investigadores de distintas instituciones.
Alrededor de 20 proyectos siguen activos en la Reserva Mashpi-Tayra, mientras otros avanzan hacia la publicación de sus resultados. Algunos equipos estudian arañas y mariposas; otros se concentran en pumas, magnolias, temas de polinización y dispersión de semillas. El resultado de este trabajo es tangible: hasta ahora, 28 especies han sido descritas a partir de investigaciones realizadas en esta reserva. Alrededor de 12 son endémicas del lugar. Entre los hallazgos hay plantas, insectos, anfibios y otros organismos.
Una de esas especies es una magnolia que solo se encuentra en esta zona. Su flor tiene una particularidad: puede calentarse unos tres o cuatro grados centígrados por encima de la temperatura del ambiente para atraer a pequeños animales que ayudan a llevar el polen de una flor a otra.
Esta no es la única forma en la que ayuda a los animales. El bosque también funciona como una red. El musgo que cubre los troncos en las zonas más húmedas retiene agua y crea pequeñas superficies donde pueden crecer otras plantas. Sobre ellas aparecen nuevos refugios para anfibios, reptiles y otros organismos.
La ciencia permite observar esas conexiones. Con las cámaras trampa, por ejemplo, se registran animales que rara vez aparecen ante los visitantes. En la reserva hay 10 estaciones fijas y se instalaron tres cámaras adicionales después de un registro importante de un oso de anteojos en terrenos de un vecino. Según Roldán, no existían registros de este animal en la zona desde hace unos 10 años.
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El hallazgo motivó nuevas observaciones junto con su aliado Fundación Futuro, que trabaja con guardabosques y comunidades del área.
Los equipos de grabación acústica amplían esa vigilancia. Seis dispositivos prestados a la fundación captan sonidos de aves, anfibios, insectos y murciélagos, incluso aquellos que el oído humano no percibe. La meta es comparar los registros a lo largo de los años y conocer mejor los cambios en la fauna.
La tecnología también ayuda a proteger el bosque de amenazas directas. En el perímetro de la reserva hay 10 dispositivos conocidos como Guardianes del Bosque. Sus micrófonos detectan sonidos asociados con actividades como la tala o los disparos. Este sistema que funciona con inteligencia artificial analiza las señales y envía alertas a los teléfonos de los guardabosques.
Así pueden orientar las patrullas hacia los lugares que requieren atención, en vez de depender únicamente de recorridos que pueden tomar hasta dos semanas.
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El desafío continúa
La conservación enfrenta un problema que ninguna cámara puede resolver por sí sola: la presión sobre la tierra. El Chocó Andino es un territorio habitado. En esta zona existen fincas, caminos y comunidades que necesitan ingresos para sostenerse. Para algunas familias, mantener un bosque puede parecer menos rentable que convertirlo en un cultivo.
Calvache advierte que la presión sobre la tierra es constante. Un terreno cubierto de vegetación puede transformarse en un cultivo de cacao si esa actividad ofrece una fuente de ingresos más segura para una familia. En otros casos, la tala forma parte de una historia local que no se resuelve con prohibiciones. Los conflictos por la propiedad y las herencias también dificultan los acuerdos para proteger nuevas áreas.
Ante este panorama, la Fundación Futuro trabaja con propietarios que aceptan mantener el bosque a cambio de una compensación económica. La estrategia también busca abrir oportunidades de formación y nuevas actividades para las comunidades como el turismo o los bioemprendimientos de mermeladas o frutos secos con ingredientes de la zona. Así, se consigue que el bosque tenga un valor económico sin necesidad de talarlo.
La conservación también depende de mantener conectados los bosques. Cerca de esta zona existen áreas protegidas y de gran valor natural, como Cotacachi-Cayapas y Mindo-Nambillo. Entre ellas quedan terrenos privados y sectores intervenidos. El objetivo es que esos espacios vuelvan a conectarse.
¿Por qué? Los corredores permiten que los animales se desplacen entre diferentes áreas y mantienen el intercambio entre poblaciones. Pero eso no tiene que significar la expulsión de las personas. La propuesta es que las comunidades formen parte de ellos y encuentren actividades que les permitan obtener ingresos sin destruir el bosque.
De hecho, el territorio ecuatoriano del Chocó Andino fue reconocido como Bosque Modelo, una categoría que promueve la gestión sostenible y el trabajo conjunto entre actores locales. Las cifras coinciden con este reconocimiento: en esta región se han recuperado alrededor de 16.000 hectáreas de bosque degradado por el trabajo con comunidades.
Pero recuperar un área no significa que el problema haya terminado. La fragmentación continúa como una amenaza y el cambio de uso del suelo puede modificar el paisaje en pocos años en áreas que aún sobreviven fuera de la reserva.
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Y aunque desde las alturas el Chocó Andino parece una extensión interminable de bosque, entre ese verde existen caminos y cultivos que separan hábitats que antes estaban unidos.
La pérdida de estos espacios no solo amenaza a las especies que viven allí: también pone en riesgo los servicios que sostienen a las comunidades, como el agua, la fertilidad del suelo y la regulación del clima. Lo que queda es una oportunidad: todavía existen especies por descubrir y relaciones ecológicas que apenas comienzan a entenderse.