Gabriel Brito

Deus Nōn Ex Machina: El Papa León XIV y el giro humanista en tiempos de tecnocracia

Hace casi un mes, el Papa León XIV publicó su primera encíclica, la cual nos recuerda un hecho crucial que el brillo de las luces de la innovación tecnológica ha enterrado en el olvido: la justicia debe seguir siendo la brújula de la vida en sociedad. En medio del entusiasmo por la inteligencia artificial, mundos virtuales y la promesa de eficiencia absoluta, el Papa nos invita a salir de la pantalla, sacudir la cabeza y despertar de esa ilusión de sonidos, colores y estímulos que poco a poco nos roba la consciencia.

La carta papal titulada Magnifica Humanitas nos llama a recordar—a partir de relatos bíblicos como la Torre de Babel—los errores del pasado, reconectarnos con nuestros valores, tomar nuevamente el timón y volver a poner a la humanidad y a la vida en el centro de este sistema tecnocrático que nos ha absorbido y ha esterilizado la creatividad humana.

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El texto es valioso porque nos recuerda que el problema tecnológico no es exclusivamente técnico o de infraestructura sino que detrás del acero y el cilicio hay capas espirituales, políticas y morales que debemos descubrir y examinar juntos como sociedad. Hoy urge abrir la tapa del pesado hardware para descubrir el riesgo civilizatorio que lleva años incubándose entre cables y circuitos: la humanidad se está convirtiendo en un apéndice del sistema. Hemos creado herramientas para servir a la vida, pero hoy nos encontramos organizando la vida para servir a las herramientas.

En ese camino, la diversidad cultural e intelectual se ha convertido en una molestia. Incluso muchas veces se la trata como un error del sistema, una traba que debe ser corregida, aplanada o estandarizada. Pero desde el nuevo humanismo que hoy propone la Iglesia, la diversidad no es un obstáculo para la inteligencia humana sino una de sus condiciones más profundas. Sin diversidad de experiencias, culturas, lenguas, memorias y formas de habitar el mundo, la inteligencia pierde su propósito.

Por eso una inteligencia artificial colocada por encima de la inteligencia humana sería, en el fondo, una inteligencia estéril. Puede procesar información, acelerar decisiones y encontrar patrones invisibles para nosotros, pero no puede reemplazar aquello que da sentido a la inteligencia: los valores, la justicia, la compasión, el amor y ese asombro existencial que desde el génesis nos ha llevado a preguntarnos qué hay más allá. La inteligencia no existe en el vacío; existe en función de una orientación moral que habita en el centro de la condición humana.

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Para América Latina, esta discusión no es secundaria. Históricamente, nuestra región ha sido espectadora de revoluciones tecnológicas diseñadas, financiadas y disputadas desde centros hegemónicos de poder. Nos hemos acostumbrado a adaptarnos a plataformas, infraestructuras y hoy, a sistemas de inteligencia artificial, con una ciega fe en aquellos que las producen bajo la premisa de que la tecnología es neutral, apolítica e intrínsecamente justa. Pero conforme cae el velo del tecnodeterminismo va quedando en evidencia que detrás de cada nueva tecnología vienen arraigados intereses, valores y formas particulares de entender el mundo que ponen a un puñado de gurús tecnológicos en el asiento del conductor del destino de nuestra especie.

Este proceso que podemos denominar tecnocolonización no consiste solamente en depender de tecnologías extranjeras. Consiste en aceptar, sin deliberación propia, los valores que esas tecnologías traen incorporados. Consiste en permitir que otros automaticen por nosotros las respuestas a preguntas que deberían seguir siendo profundamente nuestras: qué es justo, qué tiene valor, qué merece cuidado, qué tipo de sociedad queremos construir.

Para cambiar el curso actual que nos conduce a la profundización de la injusticia e incluso al riesgo existencial los países latinoamericanos deben dejar de actuar como usuarios pasivos de tecnologías ajenas. Nuestros gobiernos no pueden limitarse a digitalizar trámites o comprar soluciones importadas y ponerle la etiqueta propagandística de “transformación digital”. Ya pasó la época donde las innovaciones tecnológicas se vendían como panaceas que resolvían todos nuestros problemas. Tan solo con ver cómo innovaciones digitales se utilizan en el presente para hacer guerra y automatizar el genocidio queda en evidencia que ese discurso naíf ya quedó obsoleto. En su lugar, los gobiernos de nuestra región tienen la responsabilidad de promover un uso crítico de las nuevas herramientas digitales, reducir dependencias, fortalecer capacidades propias y construir infraestructuras que respondan a los intereses, culturas y necesidades de cada nación.

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Pero la responsabilidad no es solo de los Estados. Como ciudadanos tenemos más agencia de la que creemos, incluso en estos temas que a primera vista parecen requerir conocimientos especializados. Ya no podemos refugiarnos en la frase cómoda: “es muy complejo, que lo resuelvan los expertos”. El enfoque cientificista es siempre necesario, pero este jamás podrá reemplazar al clamor político de una sociedad que necesita hacerse escuchar para que la democracia prevalezca. Si la tecnología define cómo trabajamos, aprendemos, nos informamos, nos relacionamos y participamos, entonces la tecnología debe ser discutida democráticamente, tanto en un palacio legislativo como en plazas y avenidas.

Resistir, en la era digital, tampoco significa rechazar la tecnología y su potencial transformador. La resistencia en este contexto exige recordar constantemente cuál es su propósito. Resistir al tecnocolonialismo significa utilizar tecnologías como la inteligencia artificial como herramienta de justicia y no como maquinaria de manipulación y dominación. Significa entender que no todo lo técnicamente posible es moralmente aceptable. Antes de automatizar la forma en que pensamos el mundo, deberíamos preguntarnos qué clase de pensamiento estamos automatizando.

La encíclica de León XIV llega a tiempo porque nos recuerda que aún podemos recuperar el timón de nuestro destino. La gran pregunta que se tiene que hacer la humanidad ya no es si la inteligencia artificial puede pensar. La atención de todos debe estar en revelar qué valores se ocultan detrás de largas y complejas líneas de código que ingenuamente estamos dejando correr y propagarse en automático y más importante, qué podemos hacer para escribirlas nosotros.

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