Con 194 años estimados, Jonathan se ha convertido en el animal terrestre más longevo del mundo. Esta tortuga gigante pertenece a la especie de Aldabra y reside en la isla de Santa Elena, un territorio británico situado en el Atlántico Sur.
Jonathan despertó el interés de un equipo de investigadores que decidió analizar su material genético para entender qué hay detrás de una vida tan prolongada.
El estudio, que vio la luz el 7 de octubre de 2026 en la revista Science Advances, detectó en su material genético varios rasgos ligados a tres frentes: la capacidad de reparar el ADN, el buen desempeño de las mitocondrias y ciertas defensas frente al desgaste celular propio del envejecimiento.
Esos tres elementos combinados podrían ser la clave de que el reptil continúe vivo pasado el siglo y medio desde su nacimiento.
Un genoma con 287 variantes únicas
Al comparar su material genético con el de otros ejemplares de su especie, el equipo halló 287 genes con variantes exclusivas de este animal. Entre los hallazgos más llamativos figura la metilación del ADN, un mecanismo químico que regula la actividad de los genes sin alterar su secuencia.
Ese proceso puede activar o silenciar genes concretos a lo largo de la vida, y los autores lo señalan como una pieza clave para entender la resistencia biológica del reptil. Todavía no hay, sin embargo, una relación causal definitiva entre ese mecanismo y la longevidad observada.
Regiones genéticas estables durante décadas
Tras comparar al ejemplar con otras cuatro tortugas de Aldabra, los científicos detectaron 272 regiones reguladoras que mantenían una organización especialmente estable. Buena parte de ellas estaba relacionada con la producción de energía celular y con el procesamiento del ácido ribonucleico.
Esa estabilidad podría sostener mecanismos esenciales para conservar las células en buen estado durante un periodo tan largo. Según los autores, su longevidad podría explicarse por la suma de tres factores: que el organismo repare bien su material genético, que las mitocondrias funcionen adecuadamente y que esta regulación se mantenga estable con el paso del tiempo.
Muestras bucales en lugar de sangre
Las autoridades de Santa Elena no permitieron extraer sangre al animal para proteger su salud, así que el equipo tuvo que recurrir a muestras bucales para completar el análisis genético. La decisión condicionó el tipo de pruebas disponibles, aunque no impidió identificar los patrones genéticos descritos en el estudio.
Los propios investigadores reconocen que hacen falta más estudios para confirmar estos resultados y establecer con mayor precisión qué papel desempeña cada uno de los mecanismos identificados.













