El Premio Nobel de Química 2026 reconoció a Kenso Soai y Henri B. Kagan por explicar por qué la vida eligió una sola configuración molecular para construirse.
El hallazgo responde a un enigma que desconcertó a la ciencia durante décadas: por qué las moléculas biológicas se decantan por una sola orientación en lugar de repartirse en partes iguales entre dos formas especulares. Los galardonados comparten el Premio por aportaciones que, aunque separadas en el tiempo, terminaron por complementarse.
En 1986, Kagan descubrió una manera de manipular reacciones químicas para producir un exceso mayor de una de las formas especulares de una molécula. Ese paso previo abrió camino a los avances posteriores.
Manos que no encajan
Pensar en una mano izquierda y una derecha ayuda a entender el fenómeno premiado. Ambas comparten los mismos componentes, pero jamás llegan a superponerse de manera perfecta por más que se giren.
Ciertas moléculas se comportan de forma parecida y existen en dos versiones reflejadas entre sí, conocidas como enantiómeros. Durante años, nadie lograba explicar cómo un sistema que arranca casi equilibrado terminaba inclinado hacia una sola de esas dos configuraciones, tal como ocurre en los procesos ligados a la vida.
Una reacción que se copia a sí misma
En 1995, Soai describió una reacción con potencial para volverse homoquiral mediante autocatálisis. Un mecanismo en el que un alcohol quiral no solo es el resultado de la reacción, sino que también impulsa su propia formación. Ese ciclo de retroalimentación amplifica diferencias diminutas entre las dos orientaciones moleculares posibles.
Cuando una de las dos formas aparece con una ventaja inicial, por mínima que sea, tiende a favorecer la aparición de nuevas moléculas con esa misma orientación. En 2003, Soai logró una reacción en la que únicamente se formó una de las dos configuraciones especulares posibles, una demostración experimental de ese efecto.
El mecanismo detrás de «una sola mano»
Bajo ciertas condiciones, el proceso agranda ese desequilibrio inicial hasta dejar una mezcla cada vez más dominada por uno solo de los enantiómeros. Una inclinación mínima al comienzo no tiene por qué quedarse pequeña: puede terminar imponiéndose casi por completo al final de la reacción.
Esa capacidad de transformar una diferencia ínfima en una preferencia molecular marcada es, en esencia, el corazón del descubrimiento. En una entrevista de 2008, Soai señaló que habían resuelto el misterio de por qué la vida eligió una sola mano para construirse.
Dos trabajos que se completan
La investigación de Kagan sobre la amplificación de pequeñas diferencias quirales en la síntesis orgánica asimétrica había sentado una base teórica años antes del experimento decisivo. Lo que Soai aportó fue la demostración práctica de que esa amplificación puede llevarse al extremo, hasta producir homoquiralidad casi total.
En conjunto, ambas contribuciones explican no solo cómo surgen las diferencias entre moléculas especulares, sino también cómo la química las amplifica hasta volverlas decisivas.













