El agujero de ozono sobre la Antártida alcanzó 25 millones de kilómetros cuadrados en septiembre de 2026, casi el doble de la extensión del continente helado. Esta cifra se aproxima al récord histórico de 29,6 millones de kilómetros cuadrados registrado en 2006.
El fenómeno revela una conexión inesperada: cuanto más se calienta la superficie del planeta, más se enfría la estratosfera en las regiones polares. Ese enfriamiento extremo crea las condiciones ideales para un tipo especial de nube, donde se acelera la destrucción química del ozono.
Un crecimiento acelerado en 2026
Durante las primeras semanas de septiembre, el Servicio de Monitoreo de la Atmósfera Copernicus registró una expansión rápida del agujero. El 12 de septiembre, el área afectada llegó a cerca de 25 millones de kilómetros cuadrados, aproximadamente cinco millones por encima de la media histórica para esa época del año.
A finales de agosto, la zona dañada ya superaba los 15 millones de kilómetros cuadrados. Pocas semanas después, casi duplicó su extensión y se situó entre los fenómenos más significativos de las últimas décadas. También subrayó la necesidad de un monitoreo que sea continuo para comprender la interacción entre las alteraciones provocadas por la actividad humana y los procesos naturales.
Cómo el calentamiento global congela la estratosfera
A primera vista, un planeta más cálido debería reducir el agujero de ozono. Sin embargo, en la estratosfera, donde se concentra la mayor parte del ozono, ocurre lo contrario. Cuando aumentan en la atmósfera, los gases de efecto invernadero calientan la troposfera cercana al suelo y, al mismo tiempo, enfrían la estratosfera que está por encima.
Este aire más frío genera condiciones ideales para la formación de nubes estratosféricas polares, poco frecuentes. Así, un aumento de los gases de efecto invernadero enfría la estratosfera, favorece la formación de más nubes polares y acelera la destrucción química del ozono.
Las nubes que destruyen el ozono
Las nubes estratosféricas polares son formaciones excepcionales que aparecen entre 15 y 25 kilómetros de altitud, principalmente durante el invierno polar sobre la Antártida y, ocasionalmente, sobre el Ártico. A diferencia de las nubes ordinarias hechas de gotitas de agua, estas están compuestas por cristales de hielo, ácido nítrico y vapor de agua congelado.
Estas nubes actúan como plataformas químicas donde compuestos que contienen cloro y bromo se vuelven altamente reactivos. Sin la formación de estas nubes, gran parte del cloro en la estratosfera permanecería en formas químicamente inofensivas.
En los cristales de estas nubes, el cloro se activa y comienza un ciclo de destrucción que se repite cada año entre agosto y noviembre.













