El obispo que no calló: Antonio Arregui frente al correísmo
Antonio Arregui no fue un prelado de perfil bajo ni un actor político convencional. Desde la Iglesia, con lenguaje jurídico y convicciones firmes, protagonizó uno de los choques más tensos entre poder religioso y poder político en el Ecuador reciente.
La voz era pausada, casi didáctica, pero el contenido solía incomodar. En el púlpito, en entrevistas o en comunicados oficiales, Antonio Arregui Yarza hablaba como quien sabe que cada palabra tiene consecuencias. No levantaba la voz ni buscaba aplausos. Prefería la frase bien armada, el argumento jurídico, la advertencia moral. Así se forjó la imagen pública de uno de los arzobispos más influyentes y discutidos del Ecuador contemporáneo.
De Oñate al Ecuador: “obispo abogado”
Antonio Arregui nació el 13 de junio de 1939, en Oñate, en el País Vasco español, cuando España salía de las ruinas de la Guerra Civil y entraba en el régimen ultraconservador del generalísimo Francisco Franco. Esa infancia marcada por la disciplina, el orden y la reconstrucción influyó en su carácter. Primero se encaminó hacia la ingeniería, siguiendo la tradición familiar, pero el encuentro con el Opus Dei terminó por reorientar su vida. Optó por el sacerdocio, se formó en Derecho Canónico y Jurisprudencia, y en 1964 fue ordenado sacerdote.
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Un año después llegó al Ecuador, un país que entonces le recordó, según contaría más tarde, a la España austera de su infancia. Quito fue su primera casa pastoral. Enseñó, predicó, formó sacerdotes y se involucró en tareas que iban más allá del altar. En la capital, fue él quien recibió al ahora San Josemaría Escrivá de Balaguer, el fundador de la prelatura del Opus Dei. También actuó como coordinador de la visita del Papa Juan Pablo II en 1985. La nacionalización ecuatoriana, en 1986, no fue un trámite simbólico: selló una pertenencia que ya se había construido en décadas de trabajo eclesial.
Ese perfil jurídico, poco común en la jerarquía católica local, lo convirtió pronto en una figura clave para la Iglesia. No hablaba desde la intuición pastoral, sino desde una lógica institucional que combinaba doctrina, derecho y administración. Para algunos, esa fue su mayor fortaleza; para otros, el origen de una rigidez que lo acompañaría siempre.
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Guayaquil y la gestión de la fe social
Tras ser obispo auxiliar de Quito y luego obispo de Ibarra, donde mantuvo una relación cercana con comunidades indígenas y proyectos sociales concretos, Arregui llegó en 2003 al Arzobispado de Guayaquil, la diócesis más grande y compleja del país. Allí consolidó la etapa más visible de su liderazgo.
Guayaquil fue, en sus propias palabras, “su último amor”. No solo por el dinamismo urbano, sino por una Iglesia que él percibía menos burocrática y más apostólica. Durante esos años impulsó obras sociales que buscaban responder a la pobreza desde la organización y no solo desde la caridad inmediata. El Banco de Alimentos Diakonía, la Red Educativa de la Arquidiócesis, los dispensarios médicos y los programas para migrantes y sectores vulnerables reflejaron una idea constante: la Iglesia debía actuar donde el Estado no llegaba, sin pretender sustituirlo.
Esa gestión le dio un fuerte capital moral y una presencia pública ineludible. Arregui entendió pronto que, en una ciudad como Guayaquil, la Iglesia también era un actor social y político, aunque no partidista. Esa convicción lo colocó en el centro de debates nacionales que ya no tenían que ver solo con la pastoral, sino con el rumbo del país.
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Montecristi y el choque con el correísmo
El momento de mayor tensión llegó con el gobierno de Rafael Correa, especialmente durante la Asamblea Constituyente de Montecristi, entre 2007 y 2008. Como presidente de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, Arregui se convirtió en uno de los principales voceros de la Iglesia frente al proceso constitucional.
El conflicto no fue personal, aunque terminó siéndolo en el discurso político. Se trató de una tensión estructural entre Iglesia y Estado en torno a temas sensibles como la protección de la vida desde la concepción, la concepción de familia y el alcance del Estado laico. Arregui defendió públicamente lo que llamó “puntos no negociables” y cuestionó la concentración de poder que, a su juicio, se estaba gestando con el nuevo diseño institucional. Concretamente, estaba “molesto” por el hecho de que no se reconozca claramente el derecho a la vida “desde la concepción”. De allí que los obispos del Ecuador, en un comunicado aclararon que “sin mencionar la palabra aborto, el proyecto deja la puerta abierta a la supresión de la nueva criatura en el seno materno”.
Desde el Gobierno se respondió con dureza. Correa lo acusó de politizar la fe y de alinearse con sectores conservadores. Funcionarios del régimen lo señalaron como un actor opositor.
Arregui respondió sin estridencias, pero sin retroceder. Durante una entrevista con Alfredo Pinoargote, en Ecuavisa, dijo una frase que sintetizó su postura: “el Cesar no es Dios tampoco. El Cesar tampoco puede tomarse atribuciones divinas y entrar en la conciencia de la gente y tratar de bloquearla o modelarla”. Para él, el Estado no podía invadir la conciencia ni moldear valores morales por decreto. El costo de ese enfrentamiento fue alto. El desgaste físico y emocional terminó pasándole factura, y en 2011 sufrió un grave infarto que lo obligó a reducir su actividad pública.
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Un legado entre la coherencia y la controversia
Arregui se retiró en 2015, al cumplir la edad canónica, y decidió quedarse a vivir en Guayaquil. En el retiro habló poco, fiel a su idea de que quien deja una misión debe permitir que su sucesor gobierne sin interferencias. Murió el 5 de febrero de 2026, a los 86 años, cerrando una vida marcada por la fe, la gestión y el conflicto.
Su legado no es sencillo ni unívoco. Para muchos dentro de la Iglesia fue un pastor coherente, un administrador eficaz y un defensor firme de principios que consideraba irrenunciables. Para sus críticos, representó a una Iglesia demasiado rígida frente a los cambios culturales y sociales del país, y poco empática en algunos debates sensibles, como los derechos sexuales o la gestión de casos de abuso dentro del clero.
Quizá ambas lecturas sean ciertas. Antonio Arregui fue un hombre de convicciones claras, poco dado a los matices públicos, que entendió la Iglesia como una institución con voz y responsabilidad en la vida nacional. No buscó unanimidades ni simpatías. Buscó consistencia. Por eso, más allá de adhesiones o rechazos, su figura seguirá siendo referencia obligada cuando se analice el papel de la Iglesia en el Ecuador del siglo XXI.